Entradas populares

lunes, 13 de agosto de 2012

Bitácora del mes eterno / No crean todo lo que digo




Tal vez es imposible saber cuándo el amor se convierte en costumbre; supongo que la mayoría de las veces lo ignoramos y tratamos de pensar que todo está bien. Que todo, así, está bien.

Es verdad que la despedida me había resultado realmente dolorosa y sentía que mi vida había perdido algo esencial. Buscaba en mi cabeza algo que me hiciera creer que las cosas volverían a la normalidad tarde o temprano, y lo peor fue que lo encontré sin saber por qué.

Pasé varios meses esperando una noticia, esperando un encuentro o algo que me indicara que “eso” volvería a la normalidad. Leía todo el tiempo, escribía y hacía infinidad de cosas para distraerme y hacer de la espera algo no tan largo y desesperante.
Funcionaba, de verdad que funcionaba.

Recuerdo que fui a la biblioteca acompañada de Alberto para retacarnos de libros y así no aburrirnos en vacaciones. Claro… para no aburrirnos. La señorita que atendía nos dijo que sólo podíamos tomar siete como máximo durante el verano. Eso nos entristeció.
Volvimos a creer que nos hacía falta alguien.
Sí, ese alguien.
Entonces, cuando terminamos con los únicos siete libros que habíamos tomado prestados, estuvimos de acuerdo en que debíamos tomar cartas sobre el asunto.
Le dije que tenía algo de dinero ahorrado. Entonces él recordó que también guardaba algo.
Y nos fuimos un día muy temprano a las librerías de aquella ciudad cercana que rebasaba por mucho a la nuestra.
Regresamos contentos, cada uno con una considerable provisión para las eternas vacaciones. Las vacaciones del mes que siempre me ha resultado eterno. Y en ese año lo fue más.

Sí, era julio y las vacaciones se extendían como nunca. Llegó un momento en el que mis días se habían convertido en rutina – aun sin estar en clases todavía. A diario revisaba las novedades en la Internet, me distraía un rato en la computadora, leía – mi parte favorita – y después tenía una serie de instantes extraños, de esos en los que la mente viaja a otro mundo, y muchas veces regresé sin nada.

“El tiempo se vuelve insoportablemente lento”, le dije un día a Alberto. Asintió con la cabeza y echó a andar un largo suspiro.
“Tal vez julio no termine jamás”, dijo después de un rato.

Llovía, y después el calor era insoportable. De verdad no consigo comprender por qué en mi infancia adoraba tanto este mes, este y el que le sigue.
Julio se me presentaba como algo horroroso, algo que parecía no tener fin y aunque trataba de hacerlo llevadero con varias actividades, no lo conseguía.
Y entonces me enfermé.
Un día por la mañana descubrí que no podía moverme como de costumbre, mi espalda experimentaba un fuerte dolor y cualquier esfuerzo me parecía imposible. No hice mucho caso, pues creía que se debía a que mi periodo menstrual se aproximaba – era un dolor parecido al que antes ya había experimentado cuando andaba en “mis días”, pero más fuerte. Salí de casa para distraerme de los asuntos familiares sin decir nada a nadie sobre mi espalada.
Tal vez fue un error, tal vez no.

Cuando volví, el dolor había aumentado en gran cantidad. El camino se me había hecho larguísimo, pues andaba muy despacio. No soportaba el dolor y eso comenzó a asustarme. No pude evitar soltar en llanto cuando entré a casa.
No recuerdo bien cuántos días pasaron, pero tengo la sensación de que fueron muchos. No podía hacer nada, algo le sucedía a mis ojos que se cansaban demasiado pronto cuando me disponía a leer. Ahora mi única herramienta de entretenimiento era escuchar música.
Al día siguiente fui al médico.

Sólo pueden ocurrir dos cosas: o muero, o no. La espalda no es algo que pueda reemplazar con una prótesis o que siquiera pueda amputarse. El recuerdo de una novela de Bukowski retumbaba en mi memoria.
El médico me recetó como tres tipos de pastillas diferentes y tres inyecciones para aliviar el dolor. Me dijo que no hiciera nada de esfuerzo, que ya pasaría, que sólo cumpliera con las pautas de su receta. Contractura muscular.
Recuerdo que durante los días que estuve en cama no hacía otra cosa más que pensar en aquella relación que acababa de terminar meses atrás. Parecía que durante todo ese tiempo, las distracciones y ocupaciones eventuales en mi vida, había logrado que ese asunto no me preocupara mucho y, en cierto modo, había creado un muro de respaldo en el que con letra grande y marcada descansaba la frase: “Todo está bien, ya volverás a la normalidad”.

Enfermo es cuando uno se da cuenta de cuánto necesita a las demás personas. Sí, ya sé que siempre he dicho que no necesito mucho de los otros, pero parece que cada vez que me enfermo renace el amor por ciertas personas.
Pues sí, parecía en esos días que mi amor lejos de agotarse estaba aumentando y que la distancia no estaba acariciando al olvido, todo lo contrario: reforzaba el sentimiento, o eso parecía entonces. ¿Imaginación?

Ahora no podía dejar de recordar aquél libro de Kundera.
Tenía que ser, es verdad que las cosas no pasan porque ya estén escritas o algo por el estilo pero… tenía que ser, me negaba a creer que el amor terminaba después de todo.
Me negaba, pero en el fondo lo sabía.

El dolor terminó. Mi vida volvía a la normalidad, sólo que ahora no estaba tranquila. Tenía que entablar una conversación con alguien; y tenía que hacerlo YA si quería que la tranquilidad volviera.

Estúpido amor, ¿qué no era producto de las coincidencias?
En la mente creábamos una serie de ellas. Eran siete.
Siete, como las de la levedad que es insoportable. Sí, Kundera.
¿Era el destino o no lo era?

Flashback.
El primer encuentro,
la fiesta,
la visita,
la otra fiesta,
el concierto,
el primer día de clases,
las escaleras al segundo piso.

Sí, eran siete.
Estúpido amor, parecía adolescente.

“Caras, caras, no quiero saber nada de ellas. Estoy harta de que me persigan. ¡Basta! Ya es suficiente carga la que tengo con esto, déjenme en paz, tan sólo quiero tranquilidad”.
No sex, no drugs, no love. Nothing.

La lluvia seguía, pero con más calma: ¡como si eso no me restregara en la cara que el pinche mes de julio seguía siendo eterno! Apenas era 24, o 23, o 22. A lo mejor aún era 2 o 3 de julio.
El amor es una puta costumbre. “Una vil costumbre que no me quiere dejar en paz”.