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domingo, 10 de julio de 2016

No te enamores

Ella solía decir que tenía un extraño talento para que la dejaran de querer. Que todo hombre con quien alguna vez lo había intentado había terminado por aburrirse de ella. Vivía diciéndole al mundo que enamorarse no estaba más en sus planes, porque de ningún modo aceptaría volver a perder el control y el orden en su vida por alguien que terminaría huyendo.

Eso me dijo el día que estuve con ella por primera vez. Y desde entonces, parecía repetirlo sólo con la mirada cada que nuestros ojos se encontraban al fornicar. Quería que quedara claro, quería no enamorarse, quería evadir cada oportunidad para ello.

Y yo tampoco pretendía eso, no. Yo tampoco buscaba enamorarme. Disfrutaba charlar con ella, pasear con ella, comer juntos. Buscar algún sitio que visitar algunos fines de semana. Ir a algún concierto. Y claro, acostarnos… coger era lo que más disfrutaba de ella y era en sí el motivo por el que ambos continuábamos haciendo todo lo anterior. Sexo sin compromiso, sin ataduras, libertad absoluta.

Pero no puedo decir que disfrutaba, por ejemplo, el modo en el que se desprendía de mí después de cada encuentro.

“Finge que somos algo y duerme toda la noche a mi lado, sólo por hoy”, le decía a veces. 

Cuando por alguna razón sentía la necesidad de creer que el amor funcionaba, porque sí, en muchos sentidos yo era como ella: evasivo, indiferente, ermitaño.

Y ante eso todo lo que ella hacía era sonreír irónicamente y continuar con el movimiento casi involuntario, casi inconsciente, de levantarse de la cama y caminar hacia la ventana. Fumaba un cigarrillo, o simplemente se quedaba mirando hacia afuera, sentada en el suelo mientras la cortina acariciaba levemente su silueta.

Algunas veces la sentí recostándose, algunas veces despertamos juntos. Pero en esos momentos ella evitaba siempre el contacto de sus ojos con los míos:

“No, no me mires al despertar. No te enamores de mi aspecto somnoliento. No dejes que yo me enamore del tuyo…”

La rutina, si es que había realmente una rutina, consistía en hacer algo juntos durante el día, actividades que siempre variaban, casi siempre emborracharnos por la noche a veces en bares tranquilos y charlando de la porquería en la que se había convertido el país. Otras veces en bares arrabaleros en los que con una suficiente cantidad de alcohol en el cuerpo terminábamos bailando o saltando y gritando al ritmo de alguna banda de rock. Luego, seguía su departamento, o el mío, o el hotel, según la ciudad en la que estuviéramos.

Y entonces sexo… salvaje, experimental, erótico, varias posiciones, varias veces. Hasta el sudor, hasta agotarnos, hasta los múltiples orgasmos. Y entonces todo, y entonces nada.

Se recostaba por un momento, mientras recuperaba la respiración, reía y hacíamos comentarios plagados de palabras obscenas sobre el acto mismo, sobre el acto de hacerlo sin compromiso y sobre el claro hecho de que ni ella me pertenecía, ni yo a ella.

“Si tuviéramos algo serio esto ya no sería tan divertido”, comentaba yo en el mismo tono de complicidad con el que todo comenzaba.

Y se repetía: luego ella se ponía de pie y caminaba hacia la ventana, hacia cualquier ventana en cualquier lugar, en donde quiera que estuviéramos.

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