Entradas populares

domingo, 14 de agosto de 2011

"..."

Ese día, algo frío, con viento como cualquier domingo en otoño, por la mañana; desperté agotada después de un desvelo (un desvelo sano que en esa ocasión no incluía alcohol). Me dirigí a la planta baja de mi casa para entrar al WC. Mi hermano, al parecer acabando de despertar, bajaba las escaleras delante de mí.

Nuestros padres nos llamaron a la sala después de un rato:

--Hoy es nuestro aniversario de bodas – dijo mi padre – espero que nos acompañen a la iglesia. Sólo están ustedes dos, me gustaría que por lo menos hoy nos acompañen.

Hubo un momento de silencio, en realidad no sé cuanto duró, pero durante este periodo de tiempo evoqué a una parte de mi vida: en familia…
 
Cuando era niña, íbamos todos los domingos a misa, algo que desde siempre me pareció aburrido, pero lo que venía cuando ésta terminaba me agradaba y no había objeción de mi parte. Cuando mi padre tenía algo de dinero extra en la cartera, solía comprarnos una nieve, una paleta helada o algún antojo. Para mí, eso representaba más que el solo placer de comer algo de lo que no había siempre, lo que realmente me emocionaba era el hecho de pasar un momento agradable con mi familia (siempre incompleta).

Al cabo de un tiempo cada quien tomó su rumbo y creencias (incluso costumbres, a pesar de vivir mis padres y la mayoría de mis hermanos juntos).

Solíamos, aparte, asistir a la iglesia juntos cuando era día del padre, de la madre, la familia… o cualquier día que – según la devoción de mis padres – ameritara hacerlo, pero en algún punto de nuestra vida las caras cambiaron de semblante. Sí, íbamos casi todos, pero en realidad, sólo iban mis padres…

Recuerdo perfectamente la cara molesta de algún miembro de la familia (no siempre, y no todos al mismo tiempo) por tener que estar presente en una iglesia en lugar de poder hacer cualquier otra cosa.



La ya común cara de inconformidad ante este tema se plasmo en nuestros rostros, mientras nos lanzábamos mutuamente una mirada, mi hermano y yo.



--Son las 8:00 – continuó mi padre insinuando con su estricta puntualidad como de costumbre – la misa es a las 9:00, espero que nos acompañen…

--Aún hay tiempo – concluyó mi madre, y los dos se dirigieron a su habitación para cambiarse.



Sentada, como ida, aún con los recuerdos flotando en mi cabeza; con cara de fastidio y recostada en el sillón, escuché por fin la voz de mi hermano:



--¿Irás?

--No quiero – respondí.

--mmm… ni yo

--Tampoco quiero problemas ¿sabes? Me harta el hecho de pensar que el resto del día tendré que soportar un ambiente tan tenso si digo que no voy – dije después de unos segundos.

Tras meditar un poco, mi hermano contestó:

--Si tú vas, yo voy. Quizá sea una especie de engaño, pero hay que darles el gusto de vez en cuando ¿No crees? Trata de ponerte en su lugar.

--Pues sí, vamos… qué lastima que sólo estemos tú y yo. No es justo. – dije, y reímos irónicamente.



Subimos cada uno a su habitación para cambiarnos de ropa y así concluir con lo que nuestros padres pedían.

Retrasados, como siempre, gracias a mi madre (que siempre tarda horas en salir) y a una visita repentina que terminó enseguida, salimos a las 9:00 en punto. Mi padre actuando con su impaciencia ante la impuntualidad, encendió la camioneta y arrancó a gran velocidad para llegar a tiempo.



--Llegaremos tarde – dijo.

--Los sacerdotes no inician la misa exactamente a la hora que dicen – dijo mi hermano.

--Eso es porque siempre confiesan gente antes de iniciar la misa – terció mi madre a modo de excusa.

Siempre encuentran algo para justificar mientras se trate de religión, pensé.

--Deberían acercarse y confesarse – continuó – se supone que es por lo menos una vez al año, y ustedes… ¿Cuántos años hace que no lo hacen?

--Es que eso no hace falta – murmuró mi hermano.

Si Dios nos escucha, porqué hablar con alguien más, me pregunté en silencio a modo de sarcasmo y pensé cuánto se contradecía la religión católica.

--Es como si no ordenaras tu habitación – dijo mi padre – hay un completo desorden, todo está sucio… llega un momento en que tienes que limpiar. Así es la conciencia.

Mi cara expresó una mueca inconforme.

--Aunque no hayan cometido delitos deben hacerlo – agregó mi madre.



Hubo otro instante de silencio: mi mente le daba vueltas a todo lo que acababan de decir.



No podemos solucionar nuestros problemas familiares ni convivir un momento en armonía, ¡pero eso no importa! Porque somos católicos y mientras tengamos fe, todo estará bien. ¡Vamos a la iglesia! ¡Recemos! ¡Alabemos al señor! ¡Aleluya, aleluya!

¿Y nosotros? Donde, ¿Dónde estamos nosotros? Eso no importa…



El recorrido hacia el templo estuvo lleno de argumentos expresados por mis padres: confesión, penitencia, los mandamientos. Salvación, perdón de los pecados…



Después de una pequeña pero significativa reflexión y explicación por parte de mi hermano, acerca de lo que había leído recientemente con respecto a la religión católica, y agregándole un poco de su cosecha (de vez en cuando criticando y cuestionando), mi padre estacionó el vehículo:



--¡Llegamos tarde! Ya inició la misa.



El rostro de mi hermano y el mío nuevamente se mostraron inconformes.



¿De qué sirve discutir sanamente sobre el tema con ellos? No hay manera de hacerlos cambiar de opinión o de que por lo menos comprendan y acepten nuestros puntos de vista al respecto.



Avanzamos hacia el templo, ellos entraron, mi hermano y yo permanecimos de pie junto a la puerta por un momento.



--Si hay lugar acá adentro – dijo mi padre, insinuando que entráramos y tomáramos asiento.

No hay de otra…, pensé.



………………………………………………………………………………………….....



Después de un interminable sermón, en el que estuve de acuerdo prácticamente en nada, me encontraba totalmente ansiosa por que terminará de hablar aquél hombrecillo con vestido que estaba frente a todos los asistentes.



Durante el momento de la paz, me topé con caras conocidas, seres que de modo insistente o no, constante o no tanto, se han dedicado a jodernos la vida a mí y a mi familia… pero ahí estaban, demostrando su ferviente fe cristiana, enfrentándose al qué dirán y haciéndose pasar por gente honrada. Respetados por aquellos que en realidad no los conocen, vanagloriándose de lo que son o fueron en algún tiempo; actuando fingidamente y estirando su mano hacia mí para dar “la paz”, con su típica sonrisita hipócrita… sí, como si hubiese paz, como si desearan “la paz”. Como si todo lo que han cometido fuera digno de perdonarse.

Extendí mi mano sin más, un saludo fingido, aunque menos que el de ellos, tan sólo por “cumplir”, cometiendo lo que mi madre siempre espera que haga en situaciones como esta: “que no quede de ti”.



Quería ponerme de pie y salir de ahí, salir de esa farsa con la que de algún modo estaba cooperando; el simple hecho de estar ahí me hacía sentir hipócrita. Pero como siempre, el remordimiento frente a unos padres que han sido buenos conmigo y mis hermanos, me detuvo.



Permanecí perdida otros instantes, miré como un niño se aproximaba desesperadamente frente a su padre pidiéndole una moneda para introducirla en la canasta de la limosna.

Recordé que en algún momento de mi infancia hice lo mismo; antes de pensar que ese dinero ganado con tanto esfuerzo por mi padre, era, más que regalado o donado a la iglesia, arrojado a la basura, mientras él lo ofrecía con toda buena intención…



¡Dios! Si existes y eres tan bueno y misericordioso, ¿Por qué no esclareces la mente humana?



   Luz