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sábado, 31 de marzo de 2012

Moriré por dentro, siempre me pasa



A David Selig

Ella al fin entendió,
sabe que puedo entrar en su mente,
creo que siempre lo supo.
Me pregunto cómo es que no lo sentí jamás.

Yo era el ser extraño
que intentaba camuflajearse
para no ser sorprendido,
y hasta ahora todo iba “bien”,
pero el desequilibrio debía llegar,
jamás volveré a entrar en ella
sin que lo note.
Será mejor alejarse.

Mundo, mundo,
nunca confié en ti
pero esperaba, al menos,
algo más de tu parte…

Entraba en todos, todos…
cada persona que se cruzara en mi camino;
y ahora sin preverlo,
me descubrió.

Tomó como arma el rencor.
Las cosas, por más insoportables
que me parezcan a diario,
no serán lo mismo
si ahora alguien sabe mi secreto.
Toda una vida consumiéndome:
Vivir – morir.
Morir – vivir.
  

Nuevamente una ilustración proveniente de The red tree, de Shaun Tan.
  
*Leer una de esas novelas que inspiran escribir... gran efecto, quizá causado por pocos. Releí por gusto el capítulo número quince  - lo elegí al azar - de Muero por dentro, del autor estadounidense, Robert Silverberg, y no pude evitar escribir algo relacionado: producto de meras sensaciones recordadas gracias a la bendita relectura.

domingo, 11 de marzo de 2012

Finge demencia

En un lugar como éste
lo mejor es fingir
que no existes.
Caminar por las calles
creyendo que no eres tú
quien camina.
Correr sin dar importancia a lo demás.

Ya no dar patadas en vano,
es momento de callar y andar.

En una sociedad
tan corrompida como la nuestra
lo mejor es  fingir demencia:
la gente no le hace daño a los locos,
y los locos son los únicos
aptos para sobrevivir ante
un caos de esta calaña.

Cuando los de tu especie se extinguen,
no hay más qué hacer…
sigue al resto,
síguelos si deseas resistir,
síguelos si no hay más por cuestionar…


Luz

Ilustración de The red Tree (Shaun Tan)

sábado, 3 de marzo de 2012

Quizá algún día lo comprendas…


Caminaba por alguna plaza de mi ciudad, era un día soleado; tenía los auriculares puestos y de mi hombro colgaba el mismo bolso de siempre. El sol había alterado un poco mis sentidos, no me sentía muy bien. Deseaba llegar pronto a casa, la jornada de trabajo había sido pesada.  Mientras sentía que cada paso que daba era en vano y escuchaba una de mis canciones favoritas, vi de espaldas a Josué. Sí, estaba segura de que era él; caminaba unos diez o doce metros delante de mí, de verdad, sé que era él. Aun con los años que habían pasado él era inconfundible. Dejé el paso lento y traté de caminar más rápido para poder alcanzarlo y saludarlo; hacía tanto tiempo que no lo veía ni sabía de él que de pronto comencé a correr. Grité su nombre y lo tomé del brazo en cuanto tuve la oportunidad. Volteó hacia mí su cabeza y dijo:
 
       - ¿Se te ofrece algo?
       - Hola Josué – le dije esbozando una tímida sonrisa.    
       - Disculpa, ¿te conozco? ¿cómo es que sabes mi nombre…? – pude ver confusión en su rostro.
      - Ah, entonces no me recuerdas… estuvimos juntos en el bachillerato, soy Isabel, Isabel Delgado ¿te suena?
      -  Lo siento, no sé quién eres.

Mi cara cambió de expresión al escuchar sus palabras. Me parecía realmente increíble que no me recordara si habíamos sido grandes amigos. Se rascó una oreja. Noté su incomodidad, “no ha cambiado nada”, pensé.
    
       -  Olvídalo – le dije, algo desilusionada – quizá es una equivocación mía. Adiós.


No hizo más que mirarme un momento, sin decir nada. Continué mi camino y decidí ir lo más rápido posible sin mirar atrás, pues él se había quedado parado. Me sentía tan avergonzada y decepcionada por lo que acababa de ocurrir.
      Cuando llegué a mi departamento me di cuenta de que había dejado abierta la ventana de mi habitación, había decenas de papeles en el suelo gracias al viento; ignoré el suceso y me quité el calzado, tenía hinchados los dedos de los pies por usar esas zapatillas de tacón que tanto odio – el día las había requerido, “asista con vestimenta formal Isabel, nos visitará alguien importante” había dicho mi jefe un día antes –, pedían refrescarse a gritos. Tenía la espalda tensa y me moría de calor. Caminé descalza hasta el baño y abrí la llave de agua. Me quité la ropa, me recogí el cabello y me sumergí en el agua de inmediato, cerré los ojos para relajarme un momento.
       Intentaba eliminar de mi mente lo de Josué, trataba de pensar que aquél chico no era él, pero me era imposible. En verdad, estaba segura de que era él. Lo que me tenía inquietada era por qué no me recordaba. De pronto tuve la sensación de estar dormida, pero aún consciente. Comencé a soñar despierta o algo por el estilo.

Tenía 17 años aún. Estaba recostada en el pasto y escuchaba una canción en unos discman, sólo tenía un auricular, compartía el otro con alguien más. La canción era triste, aunque no recuerdo cuál. Mis manos descansaban en mi estómago y tenía los ojos cerrados. Sin duda mi acompañante era Josué, no podría ser alguien más; esa imagen era algo borrosa…
     
  - ¿No te has puesto a pensar que esta canción podría definir nuestra vida? – abrí los ojos en cuanto él habló.
   - ¿Definir nuestra vida? – contesté –  ¿por qué lo dices? Nuestras vidas no son tan trágicas ni hemos pasado por cosas como esa.
    -  Pues… quizá algún día lo comprendas. Nuestra vida está determinada por esta canción…

Regresé de esa ensoñación gracias al ruido del agua, que empezaba a desbordarse de la tina, cerré la llave y volví a mi posición anterior. ¿Qué canción era esa?, me pregunté varias veces. Los acordes sonaban en mi cabeza pero no podía recordarla, ¿Cómo es posible que la haya olvidado? ¿Cómo es posible que Josué no me recuerde? Me hacía tantas preguntas pero a ninguna le encontraba respuesta. Me envolví en la toalla y fui a mi habitación; comencé a sacar del armario mis discos viejos, dispuesta a encontrar esa canción. En alguna de las cajas aún sin desempacar después de la mudanza, me encontré aquellos viejos discman, estaban empolvados y tenían un disco adentro. Sospechaba que no funcionarían pero aun así lo intenté. Y ocurrió, la música de aquella canción comenzó a sonar, y yo seguía sin recordar cuál era.

Josué siempre decía cosas que me dejaban pensando, parecía que tenía siempre algo que decir para cualquier situación: “quizá algún día lo comprendas. Nuestra vida está determinada por esta canción”.  

     Me senté en el suelo, recargué mi cuerpo en la pared y permanecí un buen rato escuchando esa canción (una y otra vez) hasta quedarme dormida. Desperté a media noche con la sensación de haber soñado algo pero no recordaba qué. Los discman ya no funcionaban pero la canción había penetrado en mi cabeza.