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jueves, 20 de octubre de 2011

¿Ver?

“Veo el mundo, siento su presencia”

Tenia siete años cuando mi madre me llevó por primera vez al oculista, después de tanta insistencia de mi entonces maestra de primaria. Entramos a un edificio de dos plantas (muy colorido) y subimos al segundo piso, donde tuvimos que esperar como veinte minutos fuera del consultorio. Tomamos asiento. Mientras esperábamos, me dediqué a observar los posters que estaban pegados en la pared; si mal no recuerdo, tenían muestras de aproximaciones a la vista de cada persona según la enfermedad que tuviera en los ojos. Yo no sabía nada de eso, me dediqué únicamente a ver las caras, mientras la secretaria veía una telenovela de mal gusto.
Entonces salió el oftalmólogo, un hombre alto, de unos treinta años y de tez clara, portaba una camisa azul semi oscuro y una bata blanca encima, usaba lentes. Nos hiso pasar. Se portó muy amable con mi madre y conmigo; le hiso algunas preguntas como, ¿es la primera vez que la trae a consulta? ¿Qué es lo que le han observado, para creer que ocupa lentes?
Después de que mi madre le contó toda la historia, me preguntó a mí, qué dificultades tenía al ver (le contesté que ninguna, al menos yo, no notaba algo significativo) y procedió a aplicarme el examen de agudeza visual, donde tuve que describir una serie de letras y números en un cartel; después pasó al examen computarizado, donde tuve que describir un paisaje (eran unas montañas y cerca de ellas había una pequeña casita, a lo lejos se veían animales, como corriendo, creo que eran ovejas. Atrás se veían otras formas, las cuales, según recuerdo, me fue imposible reconocer). Después de un momento hiso algunas anotaciones y por fin habló:

-          Sí señora, su hija ocupa lentes, los tendrá que usar en la escuela y cuando esté frente a la televisión. Digamos que no es mucho lo que ocupa pero si es muy necesario que los utilice, para que su problema no aumente.



Después le explicó a mi madre que la enfermedad que yo padecía era astigmatismo (la curvatura irregular de la córnea, que impide ver de manera clara los objetos cercanos) y llenó la ficha para encargar mis lentes.
Cuando salimos, miré nuevamente los posters, vi el que decía astigmatismo; me pareció exagerada la forma en que representaba como veía. Yo no veo así – pensé.

Días después regresamos a recoger los que serían ahora mis ojos…
El oftalmólogo me llevó hacia una ventana que daba a una plaza y me dijo:

-          Fíjate bien como ves ahora – hiso una pausa – ahora cierra tus ojos, te pondré los lentes; vas a abrirlos, cuando lo hagas dime cómo ves, si te gusta o no. ¿De acuerdo?
-          Sí – respondí.

Miré la plaza, vi que tenía varios árboles: bultos verdes entre un pasto más descolorido y algunos niños corriendo ahí. Después, como se me había indicado, cerré los ojos. El oculista me colocó los lentes. Cuando volví a abrir los ojos, miré más detalladamente todo. Ahora no sólo veía los árboles, también veía sus hojas y sus distintos tonos, podía distinguir las caras de algunos niños. Me quedé impresionada, no sabía qué decir o qué hacer. Tan sólo miré. Vi gente sentada en las bancas, algunos perros jugueteando y un puesto de golosinas, entre otras cosas. Distinguí con todo detalle lo que veía.


Contemplé cómo era todo en verdad, algo que se me había ocultado antes. Las cosas que yo creía que eran así o eran igual para todos, ahora tomaron su forma, de una manera mas detallada; cosas que no podía ver antes a menos que forzara mucho la vista (sin ser consciente de ello).
No hice nada, tan sólo miré; hasta que mi madre fue a buscarme, recuerdo que el oculista soltó un risita amistosa. Mi madre le dio las gracias, nos despedimos y fuimos a casa.

A lo que voy con esto, es, que siempre creí que todos veían como yo lo hago, no sabia que las cosas podían ser vistas más fácilmente para otras personas. Yo creía ver bien, pero con mis anteojos nuevos, veía mucho mejor. Es cierto que recibí burlas en la escuela (el típico apodo de cuatro ojos o cegatona) y fue duro afrontarlo, claro, pero después de un tiempo llegué a la conclusión de que, al menos para mí, era bueno ocupar lentes, y es que todos aquellos que no los necesitaban y se burlaban, nunca apreciarán verdaderamente lo que es ver, mirar, observar, contemplar, darte cuenta de que las cosas son de una manera, admirar la belleza de un simple objeto, que por el hecho de no verlo como es y después hacerlo con todos sus detalles, se vuelve hermoso. Sí, ese momento, esa plaza, nunca se borrará de mi memoria. Aprecio ver algo cuando no uso los lentes y después mirarlo con ellos, puedo percatarme de que no es exactamente como yo creía y disfruto demasiado notar esa diferencia.
Ahora, no me imagino una vida en la que vea todo perfectamente; si así fuera, creo que el hecho de ver perdería para mí, gran parte de su sentido…

Lo que temo y siempre he temido es quedar completamente ciega. Y aunque, como ya dije, me encanta poder notar la diferencia de traer o no lentes; hoy, me cuesta demasiado, en verdad, escuchar de la oculista la desagradable noticia:

-          Aumentó la graduación que necesitan tus ojos, no te preocupes, hay quienes necesitan más.

Sí, claro, como si eso me confortara…







Luz