Entradas populares

martes, 29 de enero de 2013

Afuera la noche pasa


Afuera
la noche pasa,
se va en pequeños instantes
medio muertos.
Los perros ladran
y la vieja canción se deja oír
como un lejano eco.

Un susurro interior
quiere convencerme
de que aún no es tan tarde,
pero pasa la noche,
el día,
la vida...
y yo sigo mirando el reloj.


Luz

miércoles, 9 de enero de 2013

Al final del viaje


Casas... mares y mares de gente.
Nada más.

Multitud. La gente espera, tal como se espera algo que nunca llega. El sol está en su punto, es octubre pero igual quema. Niños que lloran de cansancio, madres que piden que el ruido acabe. 
   Pasan uno, dos, tres, más… perdí la cuenta. Pasan tantos pero ninguno es el indicado. El día se ha vuelto tan fastidioso que lo único que quiero es descanso, carretera, un baño, un poco de sueño… y sobre todo lo primero, descanso. 
   Mientras estoy aquí, con los fuertes rayos del sol en la cara no puedo más que pensar que el viaje no fue lo que yo esperaba, ni lo que Karen esperaba: lo comentamos ayer; tal vez nuestras expectativas eran demasiado altas. Pienso que es verdad que comenzó bien, todo estaba a nuestro favor; la central de autobuses de León no nos hizo esperar mucho y ya en Guanajuato no necesitamos más que una hora para llegar al centro histórico y encontrar hospedaje. Ya aquí, nos agradó caminar por la ciudad mientras llegaban aquellos que vendrían a nuestro encuentro, y la comida fue buena. Sin embargo, no fue lo que esperábamos. 
   Llega uno entre tantos, y la gente se amontona a la entrada como si sus vidas dependieran de subirse o no al transporte público. Entonces pienso en cuál pudo ser uno de los problemas de este viaje. Gente, el principal factor. Así como ahora se amontona y se corre el riesgo de ser aplastado, de estar incómodo y de ser pisoteado. 
   No se pueden distinguir las caras, no me preocupan las caras; quiero descanso, sólo eso. Entre empujones subimos al camión urbano y una vez arriba suspiro con fastidio en medio del calor sofocante que provoca la multitud, el camión ha rebasado su capacidad. 
   Nos toca estar de pie. 
   Miro por una de las ventanas y veo a quienes no alcanzaron lugar en el vehículo. Afuera hay tanta gente, en toda la ciudad hay gente, y de pronto me doy cuenta de que este festival no es más que mares y mares de gente, de que la mayoría de los que vienen no disfrutan de los eventos oficiales; y no los disfrutan porque aquí, como en todas partes, la cultura es para quienes pueden pagarla. 
   El camión arranca y de reojo veo un gesto de alivio en la cara de Karen. Para ella lo único bueno del viaje es ahora, ahora que está por terminar. Comprendo que para ella fue una pérdida total de tiempo y vagamente comprendo la razón. A ello se suma la decepción ante los cobros en los eventos – mató por completo sus expectativas acerca del viaje, acerca del Festival Internacional Cervantino. 
   También las mías. 
   Entre tanta gente es imposible moverse; cada quien cuida sus pertenencias y trata de acomodarse lo mejor posible, pero resulta que eso también es casi imposible. El calor es demasiado. Golpes, empujones, gente que cede el asiento a personas mayores, gente que baja, gente que sube. Mientras el flujo se mueve, Karen se queda casi al frente, yo termino en la parte media, aún de pie. 
   “Disculpa – dice un joven que rosa su codo en mi hombro – no fue intencional, es que está llenísimo”. Le digo que no se preocupe, que no dolió y sonrío levemente. Entonces noto cómo me mira por unos segundos, después se gira un poco hacia mí y me pregunta si soy de “aquí”, lo cual me extraña y le contesto con un “No”. “¿De dónde?”; y yo, que ahora sé que quiere hacerme plática, contesto algo indecisa: 
   - De Jalisco, Lagos… de Lagos de Moreno… 
   - ¡Oh…! sí, la piel clara lo demuestra, je – agrega. 
Con extrañeza aún pero casi por inercia le hago la misma pregunta, con un “¿y tú?”: 
   - También de Jalisco, pero de Zapopan. 
   - Ah, qué bien… “piel clara” jaja, también – le digo mientras reímos. 
Él parece ser muy cuidadoso con sus movimientos, todo el tiempo revisa a su alrededor para percatarse de que no está molestando a nadie. “Trato de ir así – dice mientras me hace una seña que indica que va un poco de lado – para que no vayan a malinterpretar mi postura, sobre todo las mujeres…” Sonrío mientras pienso que quizá eso es algo que no debió decir, pero después de meditarlo por unos segundos decido contestar, entre risas: 
   - No te preocupes, ja, está bien… de hecho está muy bien. Qué bueno que lo consideres, no cualquiera lo hace. 
Sonríe. Y entonces puedo verlo bien. Veo sus ojos color café muy claro, casi verde, y su sincera sonrisa. Después me doy cuenta de que viste de negro, una camisa estilo guayabera con algunos adornos de colores en el cuello, por su estilo, probablemente la compró en esta ciudad. 
   Me pregunta cuántos años tengo, le digo que veinte; él me dice que me veo más joven, río, comienza a apenarme hablar con él. Le digo que entonces me diga de cuántos y contesta que de 16 o 17; le digo que no invente, y me dice que no, que pensándolo bien, de 18 o 19. Sonreímos. Parece que mis preguntas se reducen al “¿y tú?”, así que lo vuelvo a hacer, me contesta que tiene 23 años. El vehículo avanza entre calles que suben y bajan, los movimientos en momentos son muy bruscos. 
   - Dime si esto no es como una montaña rusa improvisada – dice. 
   - Je, sí, eso parece… 
   - ¿ya de regreso? 
   - Sí, al fin. Tú igual, supongo. 
   - Sí… 
El flujo vuelve a modificarse y, para mayor comodidad de quienes van al frente, nos separamos un poco. Ahora me intriga la situación y ya no pienso en lo malo que fue el viaje, no, porque ahora sólo pienso en cuál podrá ser su nombre. 
   En la siguiente parada bajan varias personas y eso nos permite acercarnos otra vez; nuevamente me regala una sonrisa y me observa por un momento. “Yo no conozco Lagos, ¿si se llama así tu ciudad no?”, le respondo que sí y entonces me pregunta si ahí, en Lagos, hay tantas subidas como las de Guanajuato. Yo le digo que sí hay pero que no son como las de aquí: “no son tan cansadas, y son menos. De hecho la universidad en la que estudio está en una colonia empinada”, agrego. 
   - Supongo que Lagos debe ser muy tranquilo. 
   - Pues sí, algo, más que Zapopan o Guadalajara, sí… 
   - Suena interesante ¿está muy lejos?
   - No, como a dos horas de aquí, más o menos. 
Otra parada, más gente que baja, un asiento se desocupa y él me hace la seña de que lo use, lo hago y coloco en mis piernas mi mochila. Él permanece sujeto de la barra y de un asiento, un poco adelante para no “molestarme” con su postura, supongo. Sigue sonriendo, confirmo que sus ojos son muy claros cuando la luz de sol le da a la cara. 
   Permanecemos en silencio por algunos minutos y mientras tanto puedo ver que Karen también encontró un asiento libre. Después, con algo de timidez, el chico me dice “y a todo esto… ¿cómo te llamas?”, le digo mi nombre y agrego mi pregunta por excelencia: “¿y tú?”, él responde pero no puedo entender lo que sus labios dicen, es un nombre extraño y el ruido no ayuda. Le vuelvo a hacer la pregunta y ahora responde con un “Octavio, mi otro nombre es muy raro, soy Octavio”, y me extiende la mano. Nos saludamos. “¿Sólo Luz?”, dice. “No, Luz María, pero déjalo en Luz”, contesto viéndole hacía arriba. “¿Por qué?, mi abuela se llama igual que tú, es bonito nombre”, y nos soltamos de las manos. 
   El edificio de la Central de Autobuses de Guanajuato se puede ver muy cerca desde la ventana, la mayoría de quienes abordamos bajaremos en la siguiente parada, Octavio (pienso que ya sé su nombre) me sonríe otra vez. El camión se detiene. Todos comienzan a descender, me entretengo con mis cosas y Karen me hace una seña que indica un “espérame”. Lo hago. 
   Bajamos, he perdido de vista al chico. Entramos al edificio y compramos dos boletos con destino a Lagos de Moreno. Cuando hacemos fila para subir al autobús, lo ubico con la mirada; cuando estoy a sólo dos personas de llegar a la puerta, él voltea y me mira, vuelve a sonreír y con un gesto de “ni modo” me dice adiós con la mano, le contesto de la misma manera. En dos horas, el viaje habrá terminado por completo.
   - El viaje terminó, al fin – le digo a Karen cuando tomamos asiento, 
Ella responde con una sonrisa cargada de ironía y mira al techo, como agradeciendo a dios que el martirio haya concluido. 
   Y entonces comprendo que para mí también fue mejor el final del viaje.



Luz