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sábado, 29 de diciembre de 2012

Es porque no sé hacer eso

Nada en particular

No sé ordenar los días
ni las horas.
Suelo hablar en silencio,
hablo sola,
mi canto es hacia adentro:
soledad hermosa.

Charlas conmigo misma
en voz alta para no caer,
en voz baja para no ceder.

Al final del día, da igual.

Charlas inútiles,
cantos estúpidos.
No sé ordenar mi cabeza.

Creo que jamás lo sabré.

Es porque todos creerían que no es correcto,
porque a la ausencia de ruido no la llaman silencio
y porque no conocen dicha ausencia.

Es porque la abeja zumbante no ha muerto,
primero debe liberar en mí su aguijón.

Es porque siempre hablo de lo mismo,
porque los temas se han terminado
y no quiero hablar otra vez de ti.

Es porque tampoco puedo saber
qué es lo que digo.

Luz

martes, 11 de diciembre de 2012

Demonios


Los demonios atacan otra vez
¿puedes sentir su presencia?
Siempre estuvieron cerca.
 
El monstruo quiere que le dé mi alma
y mi alma no se resiste.

Le he dicho que se calme.

Le he dicho que puede y debe ser fuerte

pero es mucho su cansancio,
es demasiada la fatiga a la que la he orillado.

Y estos demonios invaden
una a una las cavidades,
uno a uno cada rincón.

Y les he dicho que no entren
pero han respondido cruelmente:

“hemos estado aquí siempre”.

Luz

viernes, 9 de noviembre de 2012

Ruido




El silencio es cuando los perros ladran,
cuando el insomnio puede más que el sueño
porque ni el ruido cesa por completo
ni la mente calma su ajetreo.

Silencio es el rumor del tren a lo lejos
mientras dos perros discuten la desdicha humana,
es dar vueltas en la cama
tratando de apagar el interruptor interno.

El silencio es creer que no hay ruido,
pero, ruido, tú siempre permaneces dentro.

Luz

domingo, 28 de octubre de 2012

Azotea


Día soleado y viento:
desde aquí puedo ver lo que me rodea,
cúpulas, torres, antenas, techos y árboles.
Lo que me ha rodeado toda mi vida,
y lo que es testigo de aquello que una vez existió.

Aquella casa no muy lejana
y los árboles de la plaza donde ocurrió.
Llega a mi memoria el recuerdo,
después de estar más que empolvado
reviven los años pasados, aun aquí arriba.

El cielo con muy pocas nubes,
el calor en los brazos
y el escalofrío provocado,
al lado del que se encarga el recuerdo:
sensación de que alguien me mira.

Olores vespertinos:
olor a sol de domingo.
La paz que no es perdonada por los vecinos,
el ruido, colonia que no conoce el silencio,
aquí nadie le conoce porque le tiene miedo.

Luz


domingo, 14 de octubre de 2012

Borrar



En ningún universo pasará.
Eliminarme es negar que pasó
y el mundo bien sabe que no fue así:
ya no hay nada,
pero alguna vez lo hubo.
Negarme es avergonzarse de lo que existió
y la indiferencia por más adecuada que sea
siempre duele.
No. No duele tanto.
Duele, pero a veces no.

Negarte, avergonzarme, eliminarte:
cosas triviales y la caída en ese abismo superfluo.
Decadencia.
Aléjate, me alejo, no sólo en ese universo inexistente,
también en la vida real.
Muere, si quieres...
muere en mí, vive en ti.

No buscar.
Paz.
Ahora la incomodidad huyó
pero la acompañó otro tipo de dolor.
Crisis otra vez.

Recuerdos, se habían vuelto banales.
Recuerdos que comprueban la debilidad carnal,
imágenes que tenían un significado, otro tendrán ya.

Arrepentimiento.
No.
Decepción.

Borrar,
no hace falta decir más.

Luz

lunes, 10 de septiembre de 2012

Ruinas



Mi ciudad está en ruinas:
somos vulnerables,
¿cómo levantarse?
Siempre hay alguien dispuesto a pisotearte.

Se ha derrumbado,
tal  vez nunca tuvo cimientos.
¿puede importarme?
A veces, también da igual caer.

Mi ciudad está en ruinas:
restos de lo que intentaba ser,
residuos de aquello que un día
intentó echarse a andar.

Mis ruinas, sólo mías,
tristes ruinas:
anhelan encontrar un agujero,
en el tiempo, por el cual arrojarse sin piedad.

Calles que no pretenden evidenciar:
“ya no hay nadie a quien culpar”,
no hay razones, soluciones…
hay ruinas, y sólo eso.

 Luz






Lo que puede ocasionar una canción, 
aun cuando mi poema no sea de amor.
Thank you Bruce!

lunes, 13 de agosto de 2012

Bitácora del mes eterno / No crean todo lo que digo




Tal vez es imposible saber cuándo el amor se convierte en costumbre; supongo que la mayoría de las veces lo ignoramos y tratamos de pensar que todo está bien. Que todo, así, está bien.

Es verdad que la despedida me había resultado realmente dolorosa y sentía que mi vida había perdido algo esencial. Buscaba en mi cabeza algo que me hiciera creer que las cosas volverían a la normalidad tarde o temprano, y lo peor fue que lo encontré sin saber por qué.

Pasé varios meses esperando una noticia, esperando un encuentro o algo que me indicara que “eso” volvería a la normalidad. Leía todo el tiempo, escribía y hacía infinidad de cosas para distraerme y hacer de la espera algo no tan largo y desesperante.
Funcionaba, de verdad que funcionaba.

Recuerdo que fui a la biblioteca acompañada de Alberto para retacarnos de libros y así no aburrirnos en vacaciones. Claro… para no aburrirnos. La señorita que atendía nos dijo que sólo podíamos tomar siete como máximo durante el verano. Eso nos entristeció.
Volvimos a creer que nos hacía falta alguien.
Sí, ese alguien.
Entonces, cuando terminamos con los únicos siete libros que habíamos tomado prestados, estuvimos de acuerdo en que debíamos tomar cartas sobre el asunto.
Le dije que tenía algo de dinero ahorrado. Entonces él recordó que también guardaba algo.
Y nos fuimos un día muy temprano a las librerías de aquella ciudad cercana que rebasaba por mucho a la nuestra.
Regresamos contentos, cada uno con una considerable provisión para las eternas vacaciones. Las vacaciones del mes que siempre me ha resultado eterno. Y en ese año lo fue más.

Sí, era julio y las vacaciones se extendían como nunca. Llegó un momento en el que mis días se habían convertido en rutina – aun sin estar en clases todavía. A diario revisaba las novedades en la Internet, me distraía un rato en la computadora, leía – mi parte favorita – y después tenía una serie de instantes extraños, de esos en los que la mente viaja a otro mundo, y muchas veces regresé sin nada.

“El tiempo se vuelve insoportablemente lento”, le dije un día a Alberto. Asintió con la cabeza y echó a andar un largo suspiro.
“Tal vez julio no termine jamás”, dijo después de un rato.

Llovía, y después el calor era insoportable. De verdad no consigo comprender por qué en mi infancia adoraba tanto este mes, este y el que le sigue.
Julio se me presentaba como algo horroroso, algo que parecía no tener fin y aunque trataba de hacerlo llevadero con varias actividades, no lo conseguía.
Y entonces me enfermé.
Un día por la mañana descubrí que no podía moverme como de costumbre, mi espalda experimentaba un fuerte dolor y cualquier esfuerzo me parecía imposible. No hice mucho caso, pues creía que se debía a que mi periodo menstrual se aproximaba – era un dolor parecido al que antes ya había experimentado cuando andaba en “mis días”, pero más fuerte. Salí de casa para distraerme de los asuntos familiares sin decir nada a nadie sobre mi espalada.
Tal vez fue un error, tal vez no.

Cuando volví, el dolor había aumentado en gran cantidad. El camino se me había hecho larguísimo, pues andaba muy despacio. No soportaba el dolor y eso comenzó a asustarme. No pude evitar soltar en llanto cuando entré a casa.
No recuerdo bien cuántos días pasaron, pero tengo la sensación de que fueron muchos. No podía hacer nada, algo le sucedía a mis ojos que se cansaban demasiado pronto cuando me disponía a leer. Ahora mi única herramienta de entretenimiento era escuchar música.
Al día siguiente fui al médico.

Sólo pueden ocurrir dos cosas: o muero, o no. La espalda no es algo que pueda reemplazar con una prótesis o que siquiera pueda amputarse. El recuerdo de una novela de Bukowski retumbaba en mi memoria.
El médico me recetó como tres tipos de pastillas diferentes y tres inyecciones para aliviar el dolor. Me dijo que no hiciera nada de esfuerzo, que ya pasaría, que sólo cumpliera con las pautas de su receta. Contractura muscular.
Recuerdo que durante los días que estuve en cama no hacía otra cosa más que pensar en aquella relación que acababa de terminar meses atrás. Parecía que durante todo ese tiempo, las distracciones y ocupaciones eventuales en mi vida, había logrado que ese asunto no me preocupara mucho y, en cierto modo, había creado un muro de respaldo en el que con letra grande y marcada descansaba la frase: “Todo está bien, ya volverás a la normalidad”.

Enfermo es cuando uno se da cuenta de cuánto necesita a las demás personas. Sí, ya sé que siempre he dicho que no necesito mucho de los otros, pero parece que cada vez que me enfermo renace el amor por ciertas personas.
Pues sí, parecía en esos días que mi amor lejos de agotarse estaba aumentando y que la distancia no estaba acariciando al olvido, todo lo contrario: reforzaba el sentimiento, o eso parecía entonces. ¿Imaginación?

Ahora no podía dejar de recordar aquél libro de Kundera.
Tenía que ser, es verdad que las cosas no pasan porque ya estén escritas o algo por el estilo pero… tenía que ser, me negaba a creer que el amor terminaba después de todo.
Me negaba, pero en el fondo lo sabía.

El dolor terminó. Mi vida volvía a la normalidad, sólo que ahora no estaba tranquila. Tenía que entablar una conversación con alguien; y tenía que hacerlo YA si quería que la tranquilidad volviera.

Estúpido amor, ¿qué no era producto de las coincidencias?
En la mente creábamos una serie de ellas. Eran siete.
Siete, como las de la levedad que es insoportable. Sí, Kundera.
¿Era el destino o no lo era?

Flashback.
El primer encuentro,
la fiesta,
la visita,
la otra fiesta,
el concierto,
el primer día de clases,
las escaleras al segundo piso.

Sí, eran siete.
Estúpido amor, parecía adolescente.

“Caras, caras, no quiero saber nada de ellas. Estoy harta de que me persigan. ¡Basta! Ya es suficiente carga la que tengo con esto, déjenme en paz, tan sólo quiero tranquilidad”.
No sex, no drugs, no love. Nothing.

La lluvia seguía, pero con más calma: ¡como si eso no me restregara en la cara que el pinche mes de julio seguía siendo eterno! Apenas era 24, o 23, o 22. A lo mejor aún era 2 o 3 de julio.
El amor es una puta costumbre. “Una vil costumbre que no me quiere dejar en paz”.

lunes, 30 de julio de 2012

Soñé



Esta noche soñé con tus brazos
y el tibio calor de tu pecho.
Soñé que mis manos tocaban tu rostro
y que tus ojos me veían como antes:
esa tierna mirada que bastaba
para comprender tu silencio.

Esta noche soñé que volvías
tú, y no era yo quien hablaba.
Tu dedo índice en los labios
me rogaba silencio,
nos invadía un natural abrazo
permitiendo el reconocimiento.

Soñé, entre otras cosas,
que todo volvía a su lugar
- lo que se supone, es su lugar.
La vida real era una pesadilla
y yo elegía estar dormida.

Estar dormida y soñarte
de tal manera
que no me pesara más:
mirarte.


Luz

sábado, 21 de julio de 2012

Este tiempo…



Este tiempo me pesa,
las horas se derraman lentamente.

Minuto a minuto
el día se hace eterno…
y día a día:
más insoportable.

Este tiempo que me odia,
me retuerce y me obliga a no evitarlo;
este tiempo que se aferra
a no soltarme.

El que podría recorrer a prisa
pero que me exige siempre
detenerme, en cada segundo:
insoportablemente lento.


Luz

miércoles, 18 de julio de 2012

II


Me quedé dormida por largo rato.
Desperté en medio de una tarde soleada, la luz se filtraba por mi ventana de una manera casi insoportable. De inmediato vino a mí el recuerdo de un sueño, el sueño que recientemente había llegado a su fin.
Era extraño, pero tenía la sensación de que el sueño era, precisamente, despertar en una tarde soleada con una luz que casi me impedía abrir por completo los ojos. Lo otro, sólo debía ser mi realidad.
La costumbre de hacer las mismas cosas todos los días me había llevado a pensar que el momento presente no era más que uno de esos sueños incómodos en los que lo único que deseas es despertar. Pero la verdad era que un ciclo terminaba y, como siempre, yo no encontraba la manera de llegar al final.
Despertar era la pesadilla y el sueño me reconfortaba al creer que todo seguía en el ligero aire de la normalidad.
Era un ciclo, en efecto, y yo sentía que sólo daba vueltas en un círculo o, mejor dicho, en una esfera… en una burbuja, pero ni siquiera tenía claro si quería o no seguir ahí.
“La tarde era bonita, después de todo”, pero esa burbuja no me dejaba salir…

Luz


jueves, 5 de julio de 2012

I



Una cucaracha caminó rápidamente por la acera cuando me acerqué a la puerta, recorrí el cerrojo y entré. El departamento estaba frío, como siempre; era el mes de mayo. Un par de platos y vasos descansaban en la mesa desde la hora del almuerzo, había demasiado silencio. Me dirigí a la puerta contigua a mi habitación, toqué dos o tres veces a manera de aviso y entré.
     Mario estaba sentado en su cama con los codos en las rodillas, era evidente que acababa de despertar. Me senté a su lado y le conté lo que había sucedido. Sin saber qué hacer, me abrazó, trató de decir algunas palabras de aliento pero su peculiar personalidad fría se lo impidió; así que sólo me abrazó fuerte, mientras en mí ya era imposible contener el llanto.
     Después de unos minutos, me separé de él y le di las gracias con un beso en la mejilla. Un beso que no era más que eso, un beso, un beso de agradecimiento. Me puse de pie. Caminé hacia la entrada de la habitación y cuando estaba frente a la puerta volteé.

           -  Deberías sacar tu guitarra, creo que debemos volver a tocar - le dije.

Me miró extrañado y esbozó una simple sonrisa, como de compasión, mientras yo daba media vuelta para ir a mi habitación.

Luz

lunes, 2 de julio de 2012

Este México triste


Este México triste *

Y en punto de las doce de la noche, sonaba en la radio el Himno Nacional de los Estados Unidos Mexicanos, después de anunciar el supuesto triunfo – en las elecciones nacionales – del  partido que durante setenta años mantuvo a México por los suelos, o por debajo. Y en la tele se veía cómo la cara sonriente del candidato inspiraba alegría a la multitud simpatizante. Y la gente lo alababa, y le gritaba “¡Presidente, presidente!”… ingenua, casi estúpidamente. Y las partes contrarias permanecían tranquilas ante un “ganador”, ya asignado desde el inicio de la campaña.
Y ese himno, como todos los días a la media noche, sonaba en la radio,  pero ahora distinto. Tristemente sonaba, sonaba…
Y se dijo que la gente coreaba el tradicional “Cielito lindo”, una burla, una vil blasfemia para el pueblo mexicano, el que mantiene la economía, el que sigue trabajando y al que esta “democracia” no beneficia nunca. Y los hubo emocionados: “¡Ganamos, sí se pudo, Enrique Peña Nieto presidente!”; mientras nuestro cansado México sollozaba, mientras solloza.
El himno, ese símbolo patrio tan “añorado y apreciado” por los mexicanos esta vez sonaba apagado, irónicamente, ante el ridículo espectáculo ideado por los medios televisivos, ante todas esas hipócritas caras sonrientes.
Se dice que los mexicanos somos muy “patrióticos”, pero ¿lo somos en verdad? Porque si es así habría que revisar qué entendemos por patriotismo; en México hasta la definición de bienestar está deteriorada. Me parece estúpido decir que amamos nuestro país y permitir que sea gobernado por alguien tan incapaz – por un títere solamente –, y me parece más estúpido decirlo y que muchos ignoren – o finjan ignorar – el más que evidente fraude electoral.
Y que estas elecciones habían sido las peores de la historia, decían: sí, tal vez, pero había un candidato en el cual algunos depositábamos nuestra confianza. Candidato al que los medios de comunicación masiva han estado atacando desde siempre, quien adquirió una pésima reputación ante gran parte de la población gracias a ello. Cierto es que el fraude electoral, como sucedió también seis años antes, fue en su contra. Los mexicanos que teníamos esperanzas para el sexenio que comienza, terminamos decepcionados. Daba vergüenza mostrar nuestros pulgares marcados con tinta indeleble: “no lo logramos, perdimos… otra vez hubo mano negra”.
Es triste ver volver a la dictadura de los setenta años, parece que nuestra nación no tiene memoria. La dictadura que provocó las peores crisis en la historia del país, una devaluación realmente aberrante en la moneda nacional. La dictadura asesina, ladrona, corrupta y estúpida que dejó en ruina a miles – millones – de mexicanos. Encabezada, claro, por el peor presidente de nuestra historia, detrás del monigote “triunfador”.
Es triste ver como los ciudadanos prefirieron apoyar al candidato que según los estándares sociales es el más simpático; es triste ser testigo de que dichos votos fueron comprados a precios hasta humillantes. Es peor saber que hay fraude: que probablemente (que seguramente…) el resultado fue alterado. Es triste ver que en nuestro país ni las revoluciones terminan con la corrupción.
Mejor que nos lo digan abiertamente, que nos impongan su dictadura, que eliminen la democracia, que nos hablen con la verdad, que nos digan que el que llegue al mando será seleccionado por unos pocos, que dejen de burlarse y de gastar dinero en campañas políticas, que nos eviten ir a la casilla…
O, ¿de algo sirve nuestro voto?

Luz



*Título inspirado en el libro y poema de Juan Bautista Villaseca: Este México triste.

miércoles, 27 de junio de 2012

Estar



Parece que no sólo se trata del orgasmo
sino de despertar con alguien;
parece que va más allá de la agitación:
es poder recostarse en un hombro a instantes.

No se trata del coito:
es la seguridad,
la confianza al desnudarse
no sólo el cuerpo,
también el alma.

No es más que la tranquilidad
que inspira el estar juntos
y la ternura que provocan las miradas constantes.
No es sólo sexo,
también se trata de dormir juntos.

Es aquel vínculo eterno
en la unión de dos seres conociéndose íntimamente.
Y sentir fría la cama,
necesitar del otro
cuando la noche reclama su ausencia.


Luz

jueves, 21 de junio de 2012

Leves sucesos


1
Adrián me ofreció entrar en su departamento, yo acepté con naturalidad. Actuamos de manera normal, como si hubiésemos entrado juntos muchas veces, como si no fuera la primera vez que yo entraba.
Su departamento era muy acogedor; era sencillo pero muy cómodo, constaba de una sola habitación, una sala comedor, cocina, cuarto de baño y un pequeño estudio. Había una terraza inmediata a la sala, desde ella se podían ver los grandes edificios de la ciudad.
           Durante el medio día habíamos recorrido las calles sin sentido alguno, por el simple gusto de caminar. Habíamos encontrado algo especial entre los dos: la compañía y las charlas – en ocasiones des-comunes – algo habían fortalecido el lazo entre los dos. Adrián era de esas personas dispuestas a escucharlo todo y ahora conocía prácticamente toda mi vida, salvo algunos detalles.
Caminábamos por momentos en silencio y de repente nos deteníamos en algún lugar a descansar, o tan sólo a contemplar. Cuando sentimos hambre, él propuso cocinar en su casa, yo acepté. Por eso estábamos en su departamento.

I
Fue curiosa la manera en que nos conocimos: yo intentaba conseguir una entrada para algún concierto y los revendedores exigían precios que rebasaban mi presupuesto. Trataba de encontrar más opciones pero estaba a punto de rendirme cuando él se acercó a mí:

         -          ¿Buscas boleto? – dijo algo incrédulo.
        -          Así es, pero estoy a punto de perderme a mi banda favorita porque no les llego al precio a los de la reventa – contesté.
         -          ¿Enserio es tu banda favorita? – dijo sorprendido.
         -          Sí, ¿Por qué la sorpresa?
       -       No, por nada – hizo una pausa y añadió – verás… – volvió a pausar – tengo una entrada extra, mi novia… bueno, mi ex vendría conmigo y pues… no sé, ¿cuánto traes?
      -          ¿De qué entrada es? Me alcanza máximo para los lugares de en medio, eso con los precios sin cargos…
        -          Dame lo que tengas, mi entrada es más cara pero no quiero que se desaproveche y no encontré ningún interesado en comprarlo.
        -          ¿Hablas enserio?
        -          Sí, es entrada general, hasta adelante ¿cómo ves?
        -          Va, acepto – dije mientras sacaba el dinero que traía en mi cartera, dejando sólo para el transporte de regreso a casa.
Después del concierto iniciaría lo que con el tiempo reconocimos como “la amistad más curiosa de nuestras vidas”; haber saltado, cantado y gritado juntos todo el tiempo nos condujo a ello. Al finalizar el evento, conversamos por varias horas, sorprendidos los dos por la facilidad con la que coincidíamos a pesar de nuestras edades. Me dijo que tenía 30 años, yo recién había cumplido 19. Me acompañó a tomar un taxi y nos pasamos los números telefónicos.
Hablábamos a menudo de nuestros problemas, él siempre sacaba a flote los líos laborales y sus recaídas emocionales, yo lo escuchaba y de vez en cuando le daba algún consejo, aunque siempre con la vaga impresión de que él creería que yo no sabía nada al respecto, o al menos eso me imaginaba.
Yo le contaba sobre la universidad y las materias que tomaba, le hablaba de mis problemas personales y en varias ocasiones reflexionábamos sobre temas y acontecimientos recientes y sobre nuestra concepción de las cosas. A veces no podía evitar sentirme tonta, pues la diferencia de edades le daba una perspectiva distinta a cada uno.  Él siempre decía:
       -          No te preocupes Rebeca, creo que tu cabecita tiene más edad que tu cuerpo. – y su rostro expresaba una sonrisa amigable, después reíamos y seguíamos en lo nuestro.
Me gustaba la manera en que llevaba su vida, era prácticamente la manera en que yo quería hacerlo. Notaba la libertad con que hacía las cosas y admiraba su madurez ante todo. Con él podía hablar de cualquier cosa y él sabía que podía hacer lo mismo conmigo. A él recurría cuando tenía problemas, de cualquier tipo, y sus consejos siempre me eran de gran ayuda. Me gustaba salir con él, no éramos más que amigos y eso nos gustaba. Por eso era “la amistad más curiosa de nuestras vidas”.


2
        -          Pon algo de música – me dijo mientras soltaba sus llaves en una pequeña mesa – tú eliges, mis discos están en el estudio – lo señaló con el dedo –, se escuchará en todo el departamento, hay bocinas.
Con una seña se asentimiento, solté mi morral en un sofá y me dirigí al estudio, él entró a la cocina para verificar qué tenía para comer. Había muchos discos, lo cual me sorprendió; comencé a revisar y escogí uno de una banda típica de los años noventa, me encantaban por su pesimismo ante todo y por la fuerza de sus guitarras. Lo coloqué en el estéreo y se reprodujo al instante.
        -          ¡Uy! Buenísima elección – dijo Adrián desde la cocina.
Le sonreí después de acercarme y dije:
        -          ¿Qué comeremos hoy señor?
        -          Patrañas… tú siempre queriendo que me sienta viejo.
        -          Y tú que siempre te lo crees – reímos.
        -          Tengo bistec de pollo en el refrigerador y hay arroz, podemos cocerlo.
        -          De acuerdo, ¿Hay verdura? Puedo hacer una ensalada si quieres.
        -          ¡Oh, perfecto! Sí, sí hay.
Sonaban aquellas guitarras estridentes y la voz desgarradora de aquel vocalista ya muerto. Preparamos la comida y nos dispusimos a consumirla.

II
Siempre creí que Adrián era un poco resrvado, de los que suelen entablar amistades con pocas personas, por su difícil carácter; era de aquellas personas que encerraban demasiadas sorpresas y que pocos llegaban a escubrirlas. Él era feliz así y estar dentro de su vida me hacía sentir privilegiada. Realmente valoraba su amistad.
          Muchas veces no podía comprender su temperamento, pero con el paso del tiempo fui advirtiendo que yo era igual que él. “Por algo simpatizamos”, pensaba a menudo. Nos conocíamos mutuamente.
            Jamás pretendimos ser más que amigos, el eterno tema de la edad nos hacía ver el asunto como algo imposible y hasta con algo de gracia – cuando por las calles percibíamos las miradas sorprendidas de la gente. Lo descartábamos por completo, los dos sabíamos que no podía suceder y que no iba a suceder. No había problema alguno, pues ninguno de los dos lo pretendía; nunca había recibido piropos de su parte, ni él de la mía. Precisamente por eso nuestra amistad crecía cada vez más.
               
3
Terminábamos de comer cuando se escuchó la última canción del disco que yo había elegido. La tarde se había vuelto silenciosa y me di cuenta de que comenzaban a caer algunas gotas de lluvia allá fuera.
      -          Parece que será una lluvia intensa, mira esas nubes – dijo Adrián señalando la ventana con el dedo. Nos acercamos a ella y miramos cómo algunos relámpagos iluminaban de tanto en tanto aquella tarde que parecía estar cerca de convertirse en noche gracias al efecto de las espesas nubes.
    -          El día – dije – se ve justo como se veían aquellas tardes de junio hace algunos años. ¿Recuerdas la historia que te conté?
     -          Sí.
     -          Así eran los días, no sé por qué llovía tanto, durante varias semanas el cielo estuvo nublado y yo, aunque triste, disfrutaba la hermosura de ese clima momentáneo. Solía estar sola en casa la mayoría del tiempo y reproducía en el estéreo, a un volumen alto, algún álbum tranquilo, casi siempre era el mismo: me encantaba, aún me encanta. Me recostaba en la alfombra de la sala, apagaba todas las luces y lo escuchaba completo, con los ojos cerrados. Algunas veces lloré, otras sólo me invadía la nostalgia en la garganta – suspiré.
Adrián se acercó a mí y me abrazó, me fue imposible contener las lágrimas.
     -          Tranquila, – susurraba en mi oído – tranquila.
Permanecimos así un buen rato. De pronto, me soltó lentamente y dijo:
   -          Creo que sé de qué álbum hablas, y lo tengo entre mis discos. ¿Quieres escucharlo con las luces apagadas, en la alfombra?
     -          Bueno…

Entró al estudio, yo caminé un momento por el departamento. Me detuve ante un mueblecito y observé el retrato que descansaba ahí; era una foto, y en ella estaban Adrián y su ex novia, o al menos suponía que era ella.

III
La historia que le había contado – la de las tardes lluviosas – había ocurrido antes de que David y yo iniciáramos una relación, él también sabía de esos momentos de nostalgia, y solía decirme: “En ocasiones, uno necesita sentirse triste para valorar las cosas, supongo que a eso se debe que a veces extrañemos la soledad”.
Pero aquellas tardes lluviosas eran tristes por otra persona, alguien que después de todo me había lastimado y que a la fecha le había el rastro: Jorge. Apenas recuerdo algo de él, de hecho me he llegado a preguntar por qué mi vida parecía un tormento cuando él se fue. Era muy joven entonces y él me llevaba tres años; parecía buscar algo serio pero siempre algo lo arruinaba.
Fue él quien me dio a conocer las drogas; no es que me haya vuelto adicta o algo por el estilo, de hecho fueron raras las veces que la consumí. Gracias a él la conocí, que era distinto. Probé LSD y marihuana en compañía de él, dos o tres veces, y aun después de la desilusión que me llevé cuando me di cuenta de que jamás podríamos estar juntos “en forma”, me había hecho del mismo contacto con el que se surtía. La verdad es que sólo lo busqué en dos ocasiones – cuando ya me encontraba con David – y jamás lo volví a hacer, no era lo mío eso de depender de sustancias extrañas.
                Pero justo ese sábado por la mañana, antes de encontrarme con Adrián, me topé a dicho contacto.
     -          ¿Qué hay Rebeca? Qué bueno que te veo, necesito ayuda.
     -          ¿Qué sucede?
     -        Mira, necesito algo de dinero, traigo un apuro… qué pena decirte esto: mi novia podría estar embarazada y me pidió que le lleve una pastilla… la verdad es que no ajusto y… pues, salí a ver si encontraba a alguien que me compre estas – y me mostró tres pastillas, que al instante reconocí como LSD. Te lo dejo barato – continuó – sólo quiero salir de este apuro.
Pensé decirle que no traía dinero, pero después creí que podría ser una buena idea despejarme un rato al llegar a mi casa. Así que le tendí un billete de doscientos pesos.
     -          ¿Es suficiente? Es lo único que puedo darte –dije.
     -          ¡Perfecto! No sabes cuánto te lo agradezco Rebeca, de verdad. Toma.
Tomé las pastillas, las guardé en el bolsillo del pantalón y nos despedimos.

4
La primera canción inició, en efecto: era el álbum del que yo le hablaba. Creo que me conocía tanto que le era fácil adivinar mis debilidades musicales. Adrián salió del estudio con el control remoto y me miró observar la foto.
     -          No la he quitado porque me gusta pensar que aún existe una esperanza – dijo – pero en el fondo sé que ya todo está perdido con ella.
Hice una mueca y le di unos golpecitos en el hombro. Nos recostamos en la alfombra de su sala y cerramos los ojos, disfrutábamos una canción tranquila.
De pronto sentí algo de comezón en el vientre, después de rascarme metí las manos en los bolsillos del pantalón. Sentí algo en el bolsillo derecho, lo tomé extrañada, abrí los ojos: eran las pastillas que había conseguido en la mañana:
     -          Adrián…
     -          ¿Qué pasa?
     -          ¿Has consumido drogas alguna vez?
     -          Sí… ¿Por qué la pregunta?
     -          ¿Te agradan? ¿Has probado LSD?
     -          Pues, algo. Sí, lo he probado, en alguna reunión cuando tenía como veintidós años… la verdad es que no me considero consumidor constante pero he probado de varias, ¿por qué la pregunta?
     -          Porque tengo tres pastillas… – abrió los ojos, se enderezó un poco y me miró algo sorprendido.
Entonces le dije:
     -          No estaba entre mis planes, pero hoy en la mañana coincidí con un conocido, traía un apuro, necesitaba dinero, me ofreció tres pastillas de LSD. Acepté.
     -          ¿Y estás segura de que es LSD?
     -          Sí.
     -          ¿Enserio, y cómo lo sabes? – dijo en tono incrédulo.
     -          Porque ya lo he probado… ¿quieres?
Volvió a recostarse y miró hacia el techo, se quedó pensativo un momento. Después habló:
     -          No estaría mal. Mañana es domingo, no trabajo, y eso me permite reponerme del efecto, pero la que me preocupa eres tú, imagina que tienes un mal viaje y no puedas llegar a casa, o peor, que tus padres te vean bajo el efecto.
    -          Daaah, no hay problema por eso – dije en tono burlesco. No están en casa, salieron a visitar a mis abuelos este fin de semana. Además, hace tiempo que se conforman con que les lleve buenas calificaciones.
Reímos.
     -          De acuerdo, acepto. Necesitamos algo líquido. ¿Agua, jugo o refresco? No creo que quieras alcohol ¿o sí?
     -          No, con jugo está bien.
     -          Muy bien – dijo mientras se ponía de pie.
Me enderecé y comencé a destapar las pastillas mientras Adrián regresaba con dos vasos a la mitad de jugo de naranja. Le di una pastilla y tomé otra para mí. Nos miramos un momento y después la ingerimos. Sonaba la pista número once, mi canción favorita del disco, una letra desgarrante acompañada de notas desgarrantes.
Seguimos como si nada hasta que comenzó el efecto.

IV
Ni Adrián, ni yo habíamos podido superar nuestras recientes desilusiones. Tal vez mostrábamos tranquilidad pero sabíamos que aún faltaba tiempo para que cualquiera de los dos pudiera reponerse. Faltaba aún más, al menos de mi parte, para que pudiéramos considerar estar con alguien más en. Ni a él ni a mí, nos preocupaba mucho estar con alguien que no fuera, en mi caso David, en el suyo su ex.
De saber que esas pastillas que conseguí por casualidad aquella mañana provocarían algo como lo que provocaron, quizá jamás le hubiese dicho a Adrián que las tenía o, simplemente, le hubiese dicho a aquel contacto que no podía ayudarlo y evitarnos la tentación de ingerirlas. No me arrepiento – a veces – de lo que pasó aquella tarde – casi noche – pero sí me arrepiento de no haber actuado de la manera adecuada.

5
De pronto las cosas cambiaron, la música sonaba mejor, las cosas tomaban nuevas formas. Todo era tan tranquilo y acogedor que hubiera deseado estar así para siempre.
           Adrián – que estaba recargado en un sofá – me miraba de una manera distinta y me acariciaba el cabello. Yo estaba recostada en sus piernas y le observaba en medio del efecto. Algo ocurría y ninguno de los dos podíamos adivinar qué era. El estado de confort nos hacía reír de vez en cuando.
           De pronto, casi sin verlo venir, nos besamos. Como quien no es dueño de sus propios movimientos, como quien olvida ser dueño de su propio cuerpo; como quien no puede resistirse y continúa hasta llegar lejos. Muy lejos.
6
Salí del departamento de Adrián sin que él lo notara. Eran como las tres de la mañana, aún lloviznaba. Decidí caminar porque quería hacer un recuento de las cosas que había hecho en el día. No me importó mucho la hora, la ciudad era tranquila en esos días; además, siempre me ha gustado caminar cuando la calle está completamente sola.
            Intentaba recordar en qué momento habíamos perdido la noción de las cosas y habíamos roto lo que con el tiempo construimos. No lograba entender por qué había pasado lo que pasó y me remordía haber conseguido LSD justo ese día.
       Por mi cabeza daba vuelta un sinnúmero de posibilidades, estaba tan confundida que ya ni mis prioridades estaban claras. “Todo fue una serie de acontecimientos, pensaba, las cosas fueron apareciendo cronológicamente, desde hace tiempo, desde hace algo de tiempo…”
           Y así era, porque parecía que tanto las pequeñas como las grandes cosas que me habían sucedido desde años antes de conocer a Adrián, estaban ligadas y sólo llevaban a un lugar. Claro que yo me resistía a aceptarlo por completo.
           En un mismo día había recorrido por lo menos cinco años de mi vida. Había comenzado por la época en la que había conocido las sustancias alucinógenas, había pasado por las tardes lluviosas de junio y por las conversaciones al respecto con mi anterior pareja y, de algún modo, por gran parte de los estragos que me había dejado. Llegaba a un lapso no muy largo, en el que había adquirido “la amistad más curiosa de mi vida”. Y me detenía ahí: justo en el momento en el que recorría el trayecto descrito, justo en el momento en que esas tardes lluviosas de junio, acompañadas de unas pastillas, provocaban algo inesperado; algo tan inesperado que no hacía otra cosa más que confundirme. ¿Qué pretendía o a dónde me dirigía esa serie de acontecimientos?

7
Mi teléfono celular sonó cuando me encontraba a dos cuadras de casa. Casi eran las cinco de la mañana. Había caminado mucho pero no lo sentía tanto, las gotas de agua seguían insistiendo y comenzaba a verse algo de tráfico por las calles. El teléfono sonaba y yo no sabía si contestar: era Adrián. ¿Qué le diría si lo hacía? ¿Qué estaba pensando él? ¿Por qué marcaba?
Decidí no contestar: ninguno de los dos sabría qué decir y era mejor evitarlo. Seguí caminando hasta llegar a mi puerta. El teléfono sonaba de nuevo. “Una serie de acontecimientos que llevan a un solo fin – pensaba –, una serie de acontecimientos que probablemente indiquen lo que debo hacer… tal vez los últimos cinco años de mi vida han estado trabajado para encontrar una sola cosa, una sola cosa… una sola cosa de la que ni siquiera puedo estar segura, ¿Por qué me llama? ¿Debería volver?”. Y pensar que aquellas tardes lluviosas de un año que comenzaba a borrarse de mi memoria habían ocasionado todo. Estaba empapada, de pie frente a la puerta de mi casa con el celular en la mano, seguía sonando…