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miércoles, 23 de diciembre de 2015

Es tarde, y éstas son mis últimas palabras para ti

2013

¿Cuántas veces has creído que vives en una fantasía?, ¿cuántas veces te has detenido ante una persona y le has atribuido el mejor de los adjetivos… para luego canjearlo por el más negativo? ¿Cuántas veces has creído que te encuentras frente al ser indicado? Y sólo… ¿cuántas veces has terminado desmintiéndote?

Trataré –sólo trataré– de no caer por completo en la ya tan recurrida subjetividad.



Comencé a hablar de ti como un sueño. Como un ser que se había atravesado tal vez fortuitamente en mi existencia. Como un desconocido que de pronto se volvía la persona que más conocía de mí, y al mismo tiempo la que más se me parecía. Ello, a pesar de la enorme distancia que en kilómetros y en años me separaba de ti.

Sí, comencé a hablar de ti como un sueño, como un sueño que se hizo recurrente durante algunos días tras ser consciente de una pequeña probabilidad de encontrarte y no saber qué hacer, cómo hacer.

Y es que el solo hecho de nombrarte me ha demostrado que sigues ahí, aunque es obvio que no como antes ni como el antes del antes. No en presencia física, ni siquiera en esencia: sólo en recuerdo… tan sólo como un eco que de vez en cuando resuena, que rebota de pared en pared y que en ocasiones se expande y envuelve todo mi alrededor.

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Le dije que hasta cierto punto me molesta recordarte. Le dije que odio pensar que sigues presente y que ante cada recuerdo continúa revolcándose en mi cabeza la duda, la inexistencia de una explicación.

“Es algo que no terminó –me dijo. Quizá te hizo falta, y aún crees necesaria, su confesión, su versión, o cuando menos su derecho de réplica. Pero una cosa: debes convencerte de que eso no está en tus manos”.

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Y en este momento, yo podría odiar incluso aludirte, dedicarte unas últimas palabras podría serme insoportable. Podría odiarlo con todas mis fuerzas, porque voluntaria o involuntariamente –lo creas o no– causaste uno de los peores daños a mi ser. Revolviste mi mundo atrapándome en el sueño sin advertir que el despertar no iba a ser como hubiera querido que fuera. No tenía que serlo, ciertamente, pero es verdad que el ensueño impidió ver las cosas como realmente eran.

En este momento, podría insultarte, golpearte y reclamarte, y luego insultarme, golpearme y reclamarme a mí misma. Pero no, no lo haré. Lo primero porque no tiene caso. Lo segundo porque he aprendido que no soy la única que tendría que detenerse antes de lanzar una primera piedra.

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Y entonces… es por ello que prefiero continuar hablando de ti como un sueño. Como ese sueño del que era necesario despertar, como un sueño que después de todo estuvo ahí porque tenía que estar, porque era clave para aprender tantas cosas, porque aunque la realidad iba a presentarse por instantes como la peor, siempre era bueno mantener los pies sobre la tierra. Porque mi realidad ahora es otra, que por inestable que parezca, sin titubeos la acepto, la adopto, la abrazo y me aferro a sus pequeños y largos instantes de alegría.

Por eso, aun sin la certeza de qué fue para ti mi persona, es que prefiero que para mí hayas sido sólo eso: un sueño.

Luz