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sábado, 6 de junio de 2015

Mis veranos por la universidad

El verano de 2010 no lo recuerdo con exactitud. Recuerdo la noticia de mi admisión en la Universidad y el curso que precedió al ingreso. Recuerdo únicamente la desgana y la desorientación con las que entré: no saber exactamente dónde me encontraba ni a dónde podría, o no, llegar.

El verano de 2011 recibí una noticia que me entusiasmó: algo que para muchos no vale la pena, algo que quizá desencajaría con el perfil intelectual al que entonces aspiraba y del que ahora prefiero mantenerme al margen. Un sueño de niña, si así lo quieren ver. Un deseo producto del capitalismo, si prefieren trasladarlo a ideologías, y del fanatismo, si nos vamos más lejos. Un rasgo de la “gente común”, como dirían algunos que porque leen se sienten superiores, superhéroes, superhombres, súper… sí, una pendejada para cualquiera que no comprenda el trasfondo que personalmente edifiqué ante ello: los creadores del soundtrack de mi vida volverían a México en noviembre y yo los vería por primera vez. Así pasé el verano, así se amenizaron mis días. Fuera de la incertidumbre que me invadía a diario con respecto a “qué quería para mi futuro”, ese hecho tan efímero mantuvo mi orden, incluso mi disciplina.

El verano de 2012 leí veinte libros, récord personal que no he logrado superar. Vuelvo mi mente hacia aquellos días y recuerdo el particular estado en el que me encontraba. Culminaba una etapa de mi vida y por fin entendía la razón por la que me ocurrían tantas cosas que antes habían parecido injustas. Entraba en un estado de tranquilidad y la literatura era el único medio para lograr dicho objetivo por completo.

El verano de 2013 no leí tantos libros. No obstante, vislumbré lo que se convertiría en mi plan académico a corto plazo. Me arrojé a una aventura y descubrí entre otras cosas lo que es enfrentarse al mundo en soledad, aspecto que me hizo titubear en un principio pero que luego disfruté como nunca. Conocí una ciudad que me enamoró y di inicio a una relación que no tenía ni pies ni cabeza pero que idealicé de más como siempre y me dañó como nunca. Pero, debo decir: en ese momento no había tiempo para pensarla de manera negativa; en ese momento, sin dejar de lado dificultades e inconvenientes, parecía dirigirse favorablemente.




El verano del 2014 tomé una de las peores decisiones de mi vida. Y lo que le dio dicho adjetivo fue decidir pensando no en mí sino en alguien más: darle el poder a otra persona sin que lo pidiera. No ordené mis prioridades porque ni siquiera me contaba a mí misma en ellas. Salvo algunos detalles, ha sido el verano más depresivo de mi vida. Mi cabeza comenzó a pensar de más y se convenció al mismo tiempo de que estaba mal y de que no. Meses después comprobé que aunque realmente necesitaba ayuda, tenía razón en muchas de mis conjeturas. La peor caída, de la cual creo haberme recuperado a pesar de los estragos: polvo que se quedó bajo mi cama.


El verano de 2015 aún no llega. Será mi primer verano como pasante de licenciatura. Para él y para su porvenir he pensado en mí y en mi bien, en mis prioridades y en mis planes próximos. No sólo en los míos, aclaro, pues me fascina que puedan complementarse con los de otro ser. (El otro ser, que por distinto encaja y a ratos desencaja con el mío pero que sin duda quiero a mi lado para andar el nuevo camino. O para continuarlo después de una pausa de 6 años). Cuesta trabajo en muchos sentidos y aunque el panorama del futuro aparece atrayente, depende de sacrificios, mismos que estoy dispuesta a aceptar pero que me introducen en la nostalgia todo el tiempo. No, no es fácil. Y parece que de lleno entro en la edad adulta. No madura si me someten a evaluaciones estrictas, pero sí a la edad que puede pertenecerme por completo, sí a la edad que puedo explotar de todos los modos posibles, sí a la edad en que puedo obtener más logros y compartirlos.