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sábado, 28 de enero de 2012

EL VIEJO POETA

El viejo tenía gran parecido a un escritor famoso y reconocido de la época, aunque en el lugar en el que vivía nadie lo sabía, probablemente ni él. Tenía cabello canoso y bigote al estilo de Pancho Villa, ojos pequeños entre unos parpados arrugados prematuramente por la edad y su cara siempre parecía expresar cierto enojo. Se acercaba a los setenta años. Era poeta, o eso decía. Traía siempre consigo un cuaderno maltratado.
     El periódico local – de pésima ortografía y redacción, con publicaciones tan insignificantes en un pueblo en que nada pasaba – publicaba sus poemas cada semana en una de sus secciones; no le pagaban por ello, pues no tenían suficientes recursos, de hecho, era él quien de vez en cuando daba algo de dinero a los editores para la subsistencia del diario.
     Se decía ser un gran escritor y poeta, “mi especialidad, por supuesto, es la poesía”, señalaba cuando se encontraba en alguna reunión con la gente influyente y adinerada del pueblo y hasta con los más pobres. Lo mencionaba siempre, no estaba contento si no lo hacía, la gente lo tomaba con naturalidad, era el viejo poeta del pueblo, al que todos admiraban porque él era el único. Gran parte de quienes lo escuchaban se quedaban asombrados, o al menos eso aparentaban.
     Afirmaba poseer el hábito de la lectura, pero aunque contaba con una biblioteca, en casa, más extensa y completa que la pública, no era capaz de leer medio libro al año. Era de los que dicen leer a los grandes sin demostrar que realmente lo hacen; pero eso nadie se lo discutía, el logro educativo máximo alcanzado por el ochenta por ciento de la población era terminar la educación primaria, únicamente. Pocos – de hecho casi nadie – leían, y el tipo de literatura, si se le podía llamar así, que acostumbraban eran esas novelas baratas que siempre tienen el mismo fin (como las telenovelas, la mayoría prefería verlas con antenas libres). Él era el sabio del pueblo, o así parecía.
     Había recibido una enorme herencia de su padre desde joven, que le permitía vivir en una casa grande, – más lujosa que la del mismo alcalde – con toda clase de comodidades sin hacer absolutamente nada. Tenía, en cuestiones de dinero y subsistencia, su vida y la de sus hijos – incluso nietos – asegurada, con los mismos lujos que él llevaba. Pero no tenía hijos. Se había casado a los cincuenta y  cinco años de edad con una joven de veintitrés que lo seguía sólo por su fortuna. Ella esperaba con ansias su muerte para apropiarse de las riquezas del poeta.
     Sí, era un gruñón, algunos niños de aquel poblado le tenían miedo: era cojo y con esa cara de pocos amigos que se cargaba parecía un ser malvado. “Quizá es el viejito del costal – rumoraban algunos niños – puede que esté escondiendo el costal y lo saque cuando ve la oportunidad de raptar a alguien”. Sus madres los regañaban si los escuchaban, el viejo era influyente, era el más rico del pueblo, era el sabio, el poeta.
     Era amigable cuando le convenía y explotaba cuando las cosas no se hacían como él quería. Alguna vez, según se dice, golpeó al encargado de transcribir en la imprenta por no centrar un poema; el periódico había sido distribuido con ese “fatal error”. Peores eran sus errores de ortografía, que él juraba perfecta; claro que de eso pocos sabían, así que lo mismo daba escribir bien o mal, siempre y cuando se entendiera. Eso sí, el poema tenía que estar justo como el de su cuaderno. Era un viejo arrogante, presuntuoso, altanero, pero todos le tenían respeto. El alcalde había mandado poner una placa con su nombre en una de las calles principales, junto a la plaza. Era una leyenda en vida, era el poeta: el viejo poeta… y además tenía dinero.
     Qué decir de sus poemas, los únicos temas usados eran amor, desamor y su patria. Decía que su “poesía” debería encontrarse entre los clásicos cuando él muriera.
De nuestros momentos juntos
no queda ni el recuerdo,
me holvide del amor
y eso que te estrañaba muncho muncho.
No deviste irte
y aunque este sufriendo
me bengare algun dia.
Sufriras aun mas que llo
y no podras soportarlo.
Del amor que nos teniamos
no quedo nada nada. *


*Una disculpa al viejo poeta, no centré su poema.

miércoles, 11 de enero de 2012

Culpas, pecados y remordimiento...


Yo odiaba ver a Jesús con la corona de espinas y mi madre lo sabía; ver la sangre en su rostro siempre me causó pavor… Mis padres siempre me dijeron que sólo se trataba de una representación, que servía para que viéramos el daño que le habíamos causado y el amor que él nos tenía; yo terminé rogándole que en mi habitación no hubiera imágenes referentes a la iglesia, siempre sentía sus miradas sobre mí y una enorme culpa que no comprendía. Me causaban miedo, y ese miedo se convertía en arrepentimiento. Si iba a hacer alguna travesura, procuraba hacerla fuera de su vista… 



Fragmento de algún ensayo que entregué para alguna clase.

viernes, 6 de enero de 2012

Lluvia nocturna

Tierra mojada, olor que me encanta. Es de noche, y el aroma me llega desde la ventana…
Llovió con fuerza, pero muy poco tiempo, yo permanezco de pie frente a la ventana.
Afuera se ven pasar varios vehículos, el sonido del agua encharcada al ser expandida por las llantas me provoca escalofríos de vez en cuando. Bebo una taza de café con leche.
Ese olor a tierra mojada me trae tantos recuerdos que ya no sé cuál recordar. Me gusta el olor, pero no todos los recuerdos son agradables; aquella tarde en que murió mi padre llovía y en su entierro perduraba ese olor; cuando conocí a Daniel llovió fuertemente y por la noche, en la calle, corríamos empapados buscando refugio, el mismo olor estuvo presente cuando la lluvia cesó. Cuando me sentí más mediocre que nunca, después de la entrega de uno de mis trabajos universitarios, salí con tremendas ganas de irme a dormir y no saber más de mí hasta el siguiente día: desperté después de una lluvia matutina y la tierra mojada se manifestaba en mi nariz. Aquél día en que me gradué de la universidad… era tan normal, pero ese olor al salir del evento lo hiso algo peculiar.
Una camioneta con la marca de una paquetería reconocida pasa a gran velocidad y expande gran cantidad de agua por la calle, alguna gente que pasa por la acera grita insultos al conductor después de ser mojados repentinamente. Escalofríos más fuertes que nunca. Reacciono. Basta de tantos recuerdos, ese olor a tierra mojada sigue presente… quizá esperando algún acontecimiento nuevo al que asociarse.

martes, 3 de enero de 2012

Apariencias

Unos lo consiguen,
hay quienes no lo encuentran.
Muchos lo persiguen,
y hay quienes aún lo esperan.

Todos o nadie lo merecemos,
muchos o pocos lo entienden,
quien lo consigue se engaña,
al final todos perdemos.

Yo no sé si todos sufren,
si no sufres no funciona.
funciona si realmente lo encuentras,
pero si lo encuentras se evapora.

Sé que nadie es perfecto
y todo se basa en la apariencia;
como si sólo importara eso,
o de eso depende nuestra sentencia.


Luz