Entradas populares

miércoles, 27 de junio de 2012

Estar



Parece que no sólo se trata del orgasmo
sino de despertar con alguien;
parece que va más allá de la agitación:
es poder recostarse en un hombro a instantes.

No se trata del coito:
es la seguridad,
la confianza al desnudarse
no sólo el cuerpo,
también el alma.

No es más que la tranquilidad
que inspira el estar juntos
y la ternura que provocan las miradas constantes.
No es sólo sexo,
también se trata de dormir juntos.

Es aquel vínculo eterno
en la unión de dos seres conociéndose íntimamente.
Y sentir fría la cama,
necesitar del otro
cuando la noche reclama su ausencia.


Luz

jueves, 21 de junio de 2012

Leves sucesos


1
Adrián me ofreció entrar en su departamento, yo acepté con naturalidad. Actuamos de manera normal, como si hubiésemos entrado juntos muchas veces, como si no fuera la primera vez que yo entraba.
Su departamento era muy acogedor; era sencillo pero muy cómodo, constaba de una sola habitación, una sala comedor, cocina, cuarto de baño y un pequeño estudio. Había una terraza inmediata a la sala, desde ella se podían ver los grandes edificios de la ciudad.
           Durante el medio día habíamos recorrido las calles sin sentido alguno, por el simple gusto de caminar. Habíamos encontrado algo especial entre los dos: la compañía y las charlas – en ocasiones des-comunes – algo habían fortalecido el lazo entre los dos. Adrián era de esas personas dispuestas a escucharlo todo y ahora conocía prácticamente toda mi vida, salvo algunos detalles.
Caminábamos por momentos en silencio y de repente nos deteníamos en algún lugar a descansar, o tan sólo a contemplar. Cuando sentimos hambre, él propuso cocinar en su casa, yo acepté. Por eso estábamos en su departamento.

I
Fue curiosa la manera en que nos conocimos: yo intentaba conseguir una entrada para algún concierto y los revendedores exigían precios que rebasaban mi presupuesto. Trataba de encontrar más opciones pero estaba a punto de rendirme cuando él se acercó a mí:

         -          ¿Buscas boleto? – dijo algo incrédulo.
        -          Así es, pero estoy a punto de perderme a mi banda favorita porque no les llego al precio a los de la reventa – contesté.
         -          ¿Enserio es tu banda favorita? – dijo sorprendido.
         -          Sí, ¿Por qué la sorpresa?
       -       No, por nada – hizo una pausa y añadió – verás… – volvió a pausar – tengo una entrada extra, mi novia… bueno, mi ex vendría conmigo y pues… no sé, ¿cuánto traes?
      -          ¿De qué entrada es? Me alcanza máximo para los lugares de en medio, eso con los precios sin cargos…
        -          Dame lo que tengas, mi entrada es más cara pero no quiero que se desaproveche y no encontré ningún interesado en comprarlo.
        -          ¿Hablas enserio?
        -          Sí, es entrada general, hasta adelante ¿cómo ves?
        -          Va, acepto – dije mientras sacaba el dinero que traía en mi cartera, dejando sólo para el transporte de regreso a casa.
Después del concierto iniciaría lo que con el tiempo reconocimos como “la amistad más curiosa de nuestras vidas”; haber saltado, cantado y gritado juntos todo el tiempo nos condujo a ello. Al finalizar el evento, conversamos por varias horas, sorprendidos los dos por la facilidad con la que coincidíamos a pesar de nuestras edades. Me dijo que tenía 30 años, yo recién había cumplido 19. Me acompañó a tomar un taxi y nos pasamos los números telefónicos.
Hablábamos a menudo de nuestros problemas, él siempre sacaba a flote los líos laborales y sus recaídas emocionales, yo lo escuchaba y de vez en cuando le daba algún consejo, aunque siempre con la vaga impresión de que él creería que yo no sabía nada al respecto, o al menos eso me imaginaba.
Yo le contaba sobre la universidad y las materias que tomaba, le hablaba de mis problemas personales y en varias ocasiones reflexionábamos sobre temas y acontecimientos recientes y sobre nuestra concepción de las cosas. A veces no podía evitar sentirme tonta, pues la diferencia de edades le daba una perspectiva distinta a cada uno.  Él siempre decía:
       -          No te preocupes Rebeca, creo que tu cabecita tiene más edad que tu cuerpo. – y su rostro expresaba una sonrisa amigable, después reíamos y seguíamos en lo nuestro.
Me gustaba la manera en que llevaba su vida, era prácticamente la manera en que yo quería hacerlo. Notaba la libertad con que hacía las cosas y admiraba su madurez ante todo. Con él podía hablar de cualquier cosa y él sabía que podía hacer lo mismo conmigo. A él recurría cuando tenía problemas, de cualquier tipo, y sus consejos siempre me eran de gran ayuda. Me gustaba salir con él, no éramos más que amigos y eso nos gustaba. Por eso era “la amistad más curiosa de nuestras vidas”.


2
        -          Pon algo de música – me dijo mientras soltaba sus llaves en una pequeña mesa – tú eliges, mis discos están en el estudio – lo señaló con el dedo –, se escuchará en todo el departamento, hay bocinas.
Con una seña se asentimiento, solté mi morral en un sofá y me dirigí al estudio, él entró a la cocina para verificar qué tenía para comer. Había muchos discos, lo cual me sorprendió; comencé a revisar y escogí uno de una banda típica de los años noventa, me encantaban por su pesimismo ante todo y por la fuerza de sus guitarras. Lo coloqué en el estéreo y se reprodujo al instante.
        -          ¡Uy! Buenísima elección – dijo Adrián desde la cocina.
Le sonreí después de acercarme y dije:
        -          ¿Qué comeremos hoy señor?
        -          Patrañas… tú siempre queriendo que me sienta viejo.
        -          Y tú que siempre te lo crees – reímos.
        -          Tengo bistec de pollo en el refrigerador y hay arroz, podemos cocerlo.
        -          De acuerdo, ¿Hay verdura? Puedo hacer una ensalada si quieres.
        -          ¡Oh, perfecto! Sí, sí hay.
Sonaban aquellas guitarras estridentes y la voz desgarradora de aquel vocalista ya muerto. Preparamos la comida y nos dispusimos a consumirla.

II
Siempre creí que Adrián era un poco resrvado, de los que suelen entablar amistades con pocas personas, por su difícil carácter; era de aquellas personas que encerraban demasiadas sorpresas y que pocos llegaban a escubrirlas. Él era feliz así y estar dentro de su vida me hacía sentir privilegiada. Realmente valoraba su amistad.
          Muchas veces no podía comprender su temperamento, pero con el paso del tiempo fui advirtiendo que yo era igual que él. “Por algo simpatizamos”, pensaba a menudo. Nos conocíamos mutuamente.
            Jamás pretendimos ser más que amigos, el eterno tema de la edad nos hacía ver el asunto como algo imposible y hasta con algo de gracia – cuando por las calles percibíamos las miradas sorprendidas de la gente. Lo descartábamos por completo, los dos sabíamos que no podía suceder y que no iba a suceder. No había problema alguno, pues ninguno de los dos lo pretendía; nunca había recibido piropos de su parte, ni él de la mía. Precisamente por eso nuestra amistad crecía cada vez más.
               
3
Terminábamos de comer cuando se escuchó la última canción del disco que yo había elegido. La tarde se había vuelto silenciosa y me di cuenta de que comenzaban a caer algunas gotas de lluvia allá fuera.
      -          Parece que será una lluvia intensa, mira esas nubes – dijo Adrián señalando la ventana con el dedo. Nos acercamos a ella y miramos cómo algunos relámpagos iluminaban de tanto en tanto aquella tarde que parecía estar cerca de convertirse en noche gracias al efecto de las espesas nubes.
    -          El día – dije – se ve justo como se veían aquellas tardes de junio hace algunos años. ¿Recuerdas la historia que te conté?
     -          Sí.
     -          Así eran los días, no sé por qué llovía tanto, durante varias semanas el cielo estuvo nublado y yo, aunque triste, disfrutaba la hermosura de ese clima momentáneo. Solía estar sola en casa la mayoría del tiempo y reproducía en el estéreo, a un volumen alto, algún álbum tranquilo, casi siempre era el mismo: me encantaba, aún me encanta. Me recostaba en la alfombra de la sala, apagaba todas las luces y lo escuchaba completo, con los ojos cerrados. Algunas veces lloré, otras sólo me invadía la nostalgia en la garganta – suspiré.
Adrián se acercó a mí y me abrazó, me fue imposible contener las lágrimas.
     -          Tranquila, – susurraba en mi oído – tranquila.
Permanecimos así un buen rato. De pronto, me soltó lentamente y dijo:
   -          Creo que sé de qué álbum hablas, y lo tengo entre mis discos. ¿Quieres escucharlo con las luces apagadas, en la alfombra?
     -          Bueno…

Entró al estudio, yo caminé un momento por el departamento. Me detuve ante un mueblecito y observé el retrato que descansaba ahí; era una foto, y en ella estaban Adrián y su ex novia, o al menos suponía que era ella.

III
La historia que le había contado – la de las tardes lluviosas – había ocurrido antes de que David y yo iniciáramos una relación, él también sabía de esos momentos de nostalgia, y solía decirme: “En ocasiones, uno necesita sentirse triste para valorar las cosas, supongo que a eso se debe que a veces extrañemos la soledad”.
Pero aquellas tardes lluviosas eran tristes por otra persona, alguien que después de todo me había lastimado y que a la fecha le había el rastro: Jorge. Apenas recuerdo algo de él, de hecho me he llegado a preguntar por qué mi vida parecía un tormento cuando él se fue. Era muy joven entonces y él me llevaba tres años; parecía buscar algo serio pero siempre algo lo arruinaba.
Fue él quien me dio a conocer las drogas; no es que me haya vuelto adicta o algo por el estilo, de hecho fueron raras las veces que la consumí. Gracias a él la conocí, que era distinto. Probé LSD y marihuana en compañía de él, dos o tres veces, y aun después de la desilusión que me llevé cuando me di cuenta de que jamás podríamos estar juntos “en forma”, me había hecho del mismo contacto con el que se surtía. La verdad es que sólo lo busqué en dos ocasiones – cuando ya me encontraba con David – y jamás lo volví a hacer, no era lo mío eso de depender de sustancias extrañas.
                Pero justo ese sábado por la mañana, antes de encontrarme con Adrián, me topé a dicho contacto.
     -          ¿Qué hay Rebeca? Qué bueno que te veo, necesito ayuda.
     -          ¿Qué sucede?
     -        Mira, necesito algo de dinero, traigo un apuro… qué pena decirte esto: mi novia podría estar embarazada y me pidió que le lleve una pastilla… la verdad es que no ajusto y… pues, salí a ver si encontraba a alguien que me compre estas – y me mostró tres pastillas, que al instante reconocí como LSD. Te lo dejo barato – continuó – sólo quiero salir de este apuro.
Pensé decirle que no traía dinero, pero después creí que podría ser una buena idea despejarme un rato al llegar a mi casa. Así que le tendí un billete de doscientos pesos.
     -          ¿Es suficiente? Es lo único que puedo darte –dije.
     -          ¡Perfecto! No sabes cuánto te lo agradezco Rebeca, de verdad. Toma.
Tomé las pastillas, las guardé en el bolsillo del pantalón y nos despedimos.

4
La primera canción inició, en efecto: era el álbum del que yo le hablaba. Creo que me conocía tanto que le era fácil adivinar mis debilidades musicales. Adrián salió del estudio con el control remoto y me miró observar la foto.
     -          No la he quitado porque me gusta pensar que aún existe una esperanza – dijo – pero en el fondo sé que ya todo está perdido con ella.
Hice una mueca y le di unos golpecitos en el hombro. Nos recostamos en la alfombra de su sala y cerramos los ojos, disfrutábamos una canción tranquila.
De pronto sentí algo de comezón en el vientre, después de rascarme metí las manos en los bolsillos del pantalón. Sentí algo en el bolsillo derecho, lo tomé extrañada, abrí los ojos: eran las pastillas que había conseguido en la mañana:
     -          Adrián…
     -          ¿Qué pasa?
     -          ¿Has consumido drogas alguna vez?
     -          Sí… ¿Por qué la pregunta?
     -          ¿Te agradan? ¿Has probado LSD?
     -          Pues, algo. Sí, lo he probado, en alguna reunión cuando tenía como veintidós años… la verdad es que no me considero consumidor constante pero he probado de varias, ¿por qué la pregunta?
     -          Porque tengo tres pastillas… – abrió los ojos, se enderezó un poco y me miró algo sorprendido.
Entonces le dije:
     -          No estaba entre mis planes, pero hoy en la mañana coincidí con un conocido, traía un apuro, necesitaba dinero, me ofreció tres pastillas de LSD. Acepté.
     -          ¿Y estás segura de que es LSD?
     -          Sí.
     -          ¿Enserio, y cómo lo sabes? – dijo en tono incrédulo.
     -          Porque ya lo he probado… ¿quieres?
Volvió a recostarse y miró hacia el techo, se quedó pensativo un momento. Después habló:
     -          No estaría mal. Mañana es domingo, no trabajo, y eso me permite reponerme del efecto, pero la que me preocupa eres tú, imagina que tienes un mal viaje y no puedas llegar a casa, o peor, que tus padres te vean bajo el efecto.
    -          Daaah, no hay problema por eso – dije en tono burlesco. No están en casa, salieron a visitar a mis abuelos este fin de semana. Además, hace tiempo que se conforman con que les lleve buenas calificaciones.
Reímos.
     -          De acuerdo, acepto. Necesitamos algo líquido. ¿Agua, jugo o refresco? No creo que quieras alcohol ¿o sí?
     -          No, con jugo está bien.
     -          Muy bien – dijo mientras se ponía de pie.
Me enderecé y comencé a destapar las pastillas mientras Adrián regresaba con dos vasos a la mitad de jugo de naranja. Le di una pastilla y tomé otra para mí. Nos miramos un momento y después la ingerimos. Sonaba la pista número once, mi canción favorita del disco, una letra desgarrante acompañada de notas desgarrantes.
Seguimos como si nada hasta que comenzó el efecto.

IV
Ni Adrián, ni yo habíamos podido superar nuestras recientes desilusiones. Tal vez mostrábamos tranquilidad pero sabíamos que aún faltaba tiempo para que cualquiera de los dos pudiera reponerse. Faltaba aún más, al menos de mi parte, para que pudiéramos considerar estar con alguien más en. Ni a él ni a mí, nos preocupaba mucho estar con alguien que no fuera, en mi caso David, en el suyo su ex.
De saber que esas pastillas que conseguí por casualidad aquella mañana provocarían algo como lo que provocaron, quizá jamás le hubiese dicho a Adrián que las tenía o, simplemente, le hubiese dicho a aquel contacto que no podía ayudarlo y evitarnos la tentación de ingerirlas. No me arrepiento – a veces – de lo que pasó aquella tarde – casi noche – pero sí me arrepiento de no haber actuado de la manera adecuada.

5
De pronto las cosas cambiaron, la música sonaba mejor, las cosas tomaban nuevas formas. Todo era tan tranquilo y acogedor que hubiera deseado estar así para siempre.
           Adrián – que estaba recargado en un sofá – me miraba de una manera distinta y me acariciaba el cabello. Yo estaba recostada en sus piernas y le observaba en medio del efecto. Algo ocurría y ninguno de los dos podíamos adivinar qué era. El estado de confort nos hacía reír de vez en cuando.
           De pronto, casi sin verlo venir, nos besamos. Como quien no es dueño de sus propios movimientos, como quien olvida ser dueño de su propio cuerpo; como quien no puede resistirse y continúa hasta llegar lejos. Muy lejos.
6
Salí del departamento de Adrián sin que él lo notara. Eran como las tres de la mañana, aún lloviznaba. Decidí caminar porque quería hacer un recuento de las cosas que había hecho en el día. No me importó mucho la hora, la ciudad era tranquila en esos días; además, siempre me ha gustado caminar cuando la calle está completamente sola.
            Intentaba recordar en qué momento habíamos perdido la noción de las cosas y habíamos roto lo que con el tiempo construimos. No lograba entender por qué había pasado lo que pasó y me remordía haber conseguido LSD justo ese día.
       Por mi cabeza daba vuelta un sinnúmero de posibilidades, estaba tan confundida que ya ni mis prioridades estaban claras. “Todo fue una serie de acontecimientos, pensaba, las cosas fueron apareciendo cronológicamente, desde hace tiempo, desde hace algo de tiempo…”
           Y así era, porque parecía que tanto las pequeñas como las grandes cosas que me habían sucedido desde años antes de conocer a Adrián, estaban ligadas y sólo llevaban a un lugar. Claro que yo me resistía a aceptarlo por completo.
           En un mismo día había recorrido por lo menos cinco años de mi vida. Había comenzado por la época en la que había conocido las sustancias alucinógenas, había pasado por las tardes lluviosas de junio y por las conversaciones al respecto con mi anterior pareja y, de algún modo, por gran parte de los estragos que me había dejado. Llegaba a un lapso no muy largo, en el que había adquirido “la amistad más curiosa de mi vida”. Y me detenía ahí: justo en el momento en el que recorría el trayecto descrito, justo en el momento en que esas tardes lluviosas de junio, acompañadas de unas pastillas, provocaban algo inesperado; algo tan inesperado que no hacía otra cosa más que confundirme. ¿Qué pretendía o a dónde me dirigía esa serie de acontecimientos?

7
Mi teléfono celular sonó cuando me encontraba a dos cuadras de casa. Casi eran las cinco de la mañana. Había caminado mucho pero no lo sentía tanto, las gotas de agua seguían insistiendo y comenzaba a verse algo de tráfico por las calles. El teléfono sonaba y yo no sabía si contestar: era Adrián. ¿Qué le diría si lo hacía? ¿Qué estaba pensando él? ¿Por qué marcaba?
Decidí no contestar: ninguno de los dos sabría qué decir y era mejor evitarlo. Seguí caminando hasta llegar a mi puerta. El teléfono sonaba de nuevo. “Una serie de acontecimientos que llevan a un solo fin – pensaba –, una serie de acontecimientos que probablemente indiquen lo que debo hacer… tal vez los últimos cinco años de mi vida han estado trabajado para encontrar una sola cosa, una sola cosa… una sola cosa de la que ni siquiera puedo estar segura, ¿Por qué me llama? ¿Debería volver?”. Y pensar que aquellas tardes lluviosas de un año que comenzaba a borrarse de mi memoria habían ocasionado todo. Estaba empapada, de pie frente a la puerta de mi casa con el celular en la mano, seguía sonando…




lunes, 18 de junio de 2012

Comenzó mal




Busco, sobre todo,
deshacerme del disfraz
que impuso en mí la sociedad,
burlar el estereotipo
de un montón de siglos
en los que esta vida era normal.

Busco algo casi imposible
pero con el tiempo podría funcionar.
Quiero que el mundo vea
que nuestra historia comenzó mal.

Simplemente, me he cansado
de ser mujer en este lugar.



viernes, 8 de junio de 2012

Hasta la mente



Estaba en el quinto piso de mi mente cuando llegaste y tuve que bajar para abrirte. Me causó gran fatiga bajar las escaleras porque hacía tiempo que nadie llamaba a la puerta para visitarme. Cuando por fin llegué y te vi afuera, no pude evitar sonreír, tenía tiempo sin verte y que vinieras por iniciativa propia significaba mucho para mí. Decidí dejarte pasar. Fue enredoso el camino por toda mi anatomía, tardamos mucho en llegar hasta la cabeza.
     Ya a punto de llegar, decidimos hacer una pausa; estábamos cansados así que lo mejor era detenernos un momento. Nos sentamos en los pulmones, mi respiración estaba agitada, falta de condición física, tú apenas y habías sentido el viaje; aunque estabas agotado, sé que hubieras podido seguir la ruta con apenas unas gotas de sudor en tu frente: eres fuerte, yo no, hacía tiempo que había dejado los ejercicios matutinos que en un tiempo fueron rutina y en ese momento veía las consecuencias.
-           
       - Será algo complicado llevarte a donde me encontraba cuando llegaste – te dije mientras recuperaba la respiración, los pulmones seguían exaltados.
-         - Eso creo, no está tan lejos, pero hace un buen tiempo que no estamos ahí.
-     - Exactamente, algo debió ocurrir cuando te fuiste aquella vez, el laberinto presente en mi cuerpo creo nuevos muros, se ha reforzado y créeme que hasta a mí me ha resultado difícil memorizarlo.
-       - No te preocupes, se hará lo que se pueda – dijiste con tono de consuelo y colocaste tu brazo derecho en mi hombro, algo raro debí sentir pero no recuerdo qué.

Permanecimos así durante un largo rato, como recordando el por qué de estar ahí, el por qué de estar así. De pronto sentí unas ganas desesperadas por caminar otra vez, me puse de pie y te insinué que hicieras lo mismo, captaste el mensaje y te paraste. Jalé tu brazo para que siguiéramos caminando pero tú no lo hiciste.

-        -  ¿Qué sucede? – te pregunté.
-        - Nada, sólo que de repente sentí que esto no estaba pasando.
-        - ¿Por qué?
-        - No te preocupes, sé que es real, ¿podemos ir a otro lado antes de llegar hasta tu mente?
-        - Claro, ¿A dónde? ¿por qué?
-        - Creo que es algo que debemos hacer, tenemos que llevar un registro hasta tu memoria. Quiero que sea algo que no se nos olvide jamás, algo que nos compruebe que hice bien al regresar – dijiste, y yo experimenté cierta confusión.
-        - Vamos – terminé por decir, aunque aún no comprendía nada.