I
Iván me llamó para decirme que había olvidado que al
día siguiente tenía que estar con su familia en una fiesta. Disculpándose, me
pedía que hiciéramos algo un día después pero entonces tuve que decirle que eso
no era posible: yo tenía un compromiso.
- Ya no te veré en mucho tiempo, entonces – dijo.
Tal vez cuando regreses del viaje…
- Espero que así sea, perdón… pero el viernes
justo antes partir debo hacer varias cosas.
- No te preocupes. Ojalá podamos aunque sea
charlar por medios electrónicos.
- Seguro que así será.
- Nos vemos. Cuídate, buen viaje.
- Hasta luego.
Sentí algo de nostalgia, sin saber por qué…
recientemente me había topado con él después de varios años sin verlo y ahora
el viaje que realizaría al tercer día se interponía. Apenas había colgado el
teléfono y me dirigía a la cocina cuando el celular sonó de nuevo.
- Deberías venir conmigo – dijo en cuanto
contesté.
- ¿Qué? ¿Cómo crees? Es una fiesta familiar. No
conozco a tu familia, ni ellos me conocen a mí.
- No importa, ven. De verdad, si te vienes
temprano puedo aprovechar para llevarte al lugar del que hablábamos el otro
día. Yo me encargo de llevarte a casa sana y salva.
- Iván… no sé.
- Ándale, no tengo idea de cuándo te volveré a
ver. ¿qué tal que uno de los dos muere?
- ¡No digas eso! – le dije entre risas – De
acuerdo, pero no tengo idea de cómo llegar.
- Te veo en el centro mañana, temprano. Afuera del
banco, en el que te encontré hace días ¿sí?
- Está bien. Ahí estaré. Nos vemos.
- Hasta entonces.
II
Habíamos estudiado juntos en el bachillerato. No
éramos grandes amigos, pero nos agradábamos. En contadas ocasiones habíamos
entablado pláticas. Parecía que teníamos algo en común, por muy vago que fuera.
Cuando nos graduamos no volví a tener contacto con él, ignoraba qué había sido
de su vida y lo único que lo traía de vez en cuando a mi cabeza era ver las
viejas fotos de grupo.
Por
eso el día que lo encontré fuera del banco me sorprendí y no pude evitar
acercarme a él. Su cara también era de sorpresa, como cuando encuentras
casualmente algo que en un tiempo estuviste buscando desesperadamente.
Era
una mañana de verano, una mañana lluviosa. Me pareció que no había cambiado
mucho desde la última vez que nos habíamos visto, pero era obvio que los años
habían pasado. Seguía siendo muy alto, pero su cuerpo había dejado un poco
atrás al muchacho en extremo delgado, ahora parecía un poco más embarnecido que
antes y eso a pesar de no aparentarle un cuerpo según el canon estéticamente
bello, le daba un toque atractivo del que antes carecía.
Salía del cajero automático cuando le vi, él parecía
estar esperando a que la lluvia se calmase un poco para poder ir a su destino.
Le reconocí al instante, y él a mí. Sonrió y con un ademán de mano me saludó.
- ¡Iván! Cuánto tiempo… ¿cómo has estado?
- Hola, bien. Ve, aquí esperando a que la lluvia
aunque sea se calme. ¿Tú, cómo estás?
- Igual, no hay mucho de nuevo… pero por ahora
creo que hago lo mismo que tú.
Sonreímos.
Estuvimos en silencio un rato, un
silencio de los que aparecen cuando no hay nada de qué hablar; pero éste
parecía no ser para nada incómodo, los dos mirábamos caer la lluvia, uno al
lado del otro, cubriéndonos únicamente con la parte del techo que sobresalía de
aquella finca colonial que ahora funge como banco. Después, fue él quien
decidió hablar primero:
- ¿Sigues estudiando?
- Sí, todavía. En un año termino la carrera, ¿tú?
- Sí, también. Como estuve un año sin estudiar, a
mí me falta un poco más para acabar.
Me dijo que estudiaba en una universidad privada de
las que están a las afueras de la ciudad, que no le gustaba tanto pero que le
era más barato que salir a otra ciudad. Yo le conté que me había quedado en la
universidad pública y que recientemente había finalizado un semestre.
A pesar de haber tenido una amistad algo
ambigua en los tres años que compartimos, ahí estábamos, hablando como si
fuéramos amigos íntimos, de toda la vida. Al principio con la reserva característica
de quienes tienen tanto sin verse, y después tocando temas que no se tocan con
cualquiera. Me contó que unos meses después de la graduación había muerto uno
de sus hermanos – con el que yo ya sabía que tenía muy estrecha relación –
y que eso lo había tenido hundido en
depresión por mucho tiempo. Me sorprendió mucho tal cosa, le dije que lo sentía
y él hizo una rara expresión en su cara, como si hubiese recordado en pocos
segundos todo el tormento que había atravesado. Después sonrió y dijo:
- Es raro hablar esto contigo. Bueno, incluso es
raro que hablemos después de tanto tiempo sin vernos.
- Sí, eso parece. No hablábamos mucho en prepa.
- Aunque sí lo hacíamos. No sé si recuerdes aquél
libro que me prestaste en una ocasión, – afirmé con la cabeza – me gustó tanto
que desde entonces comencé a leer por mi cuenta varios libros. Y en ocasiones
cuando abro un libro por primera vez suelo recordar ese libro y el día en que
te lo pedí prestado, sin dudarlo tú lo llevaste al día siguiente.
- Bueno, – realmente me sorprendió escuchar eso –
eso me ha demostrado que sí he tenido acciones buenas con las personas. Me
agrada que haya sido así, jamás creí que constantemente me recordaras…
- Por eso te hablo con facilidad, creo.
Cuando la lluvia se detuvo acordamos que sería bueno
vernos de nuevo y continuar nuestra charla. Me dijo que él me buscaría para
ello. Nos despedimos.
Recuerdo
que esa mañana, cuando iba camino a casa, comencé a recordar todo lo que sabía
de Iván, lo que me había dicho al encontrarlo y lo que conocía desde nuestro paso
por la escuela preparatoria.
III
Me presenté a la hora acordada afuera del banco. Él
llegó casi después que yo y nos dirigimos a la parada del autobús que lleva
hasta el lugar donde él vivía.
Ahí se llega gracias a una ruta
especial que sale cada hora (¿o media hora?). Es un lugar alejado y por lo que
Iván me había contado, tranquilo y aún libre de lo que llamamos civilización.
Salir a la carretera me animó mucho, me convencí de que había hecho bien en
aceptar la invitación de mi viejo amigo de bachillerato.
Durante
el camino hablamos mucho, fue como ponernos completamente al tanto de nuestras
vidas. Creo que con sólo ese corto viaje tejimos un lazo entre los dos, un lazo
resistente cuya causa se reducía tan sólo a un encuentro casual en el banco. Me
sentía tan animada que ya ni siquiera recordaba los nervios que había sentido
momentos atrás respecto a su familia. Me reía mentalmente diciéndome: “No es
para tanto, ni que fuéramos una pareja de novios a punto de anunciar su
compromiso”.
Llegamos
antes del medio día. El autobús se detuvo en una especie de plaza, muy pequeña,
en la que, como toda plaza principal, había una iglesia – también pequeña – y
algunas casas aún dispersas. Una sola tienda que parecía ser el centro de
abastecimiento local y algunos niños corriendo alrededor de un pequeñísimo
kiosco.
- ¿Qué te parece? Es como una especie de pueblo
¿no?
- Sí, muy pequeño y tranquilo.
- Pertenece al municipio, pero en realidad nunca
he sabido si somos colonia o un pueblo aparte – esto lo dijo con un tono
sarcástico, así que no pude evitar y solté una leve carcajada.
- Del municipio jamás sabremos si somos ciudad o
sólo otro pueblo mágico.
Me comentó que su casa estaba todavía más retirada y
que había que caminar para llegar a ella. En realidad no estaba muy lejos, tratándose
de un lugar tan pequeño; pero considerando que la mayoría de las casas rodeaban
la plaza, parecía estar alejada.
Cuando
llegamos, un fuerte aroma a comida penetraba la finca. Alcancé a distinguir el
olor a mole poblano y lo saboreé de inmediato. Su madre salió de la cocina a
nuestro encuentro y fue muy amable conmigo desde un principio. “Deberías
llevarla a pasear un rato, hijo. Pronto estará todo listo para la fiesta”.
Y
así lo hicimos, Iván sacó dos bicicletas y fuimos a dar un paseo por los
alrededores del pueblito. En momentos yo iba delante de él, en momentos lo
hacíamos paralelamente. El sol de verano quemaba nuestros rostros, pero el roce
con el viento al pedalear regalaba una sensación de frescura.
Aquel
paisaje era nuevo para mí. Algunos sitios parecían jamás haber sido tocados por
las manos humanas, me gustaba pensar eso; me daba la impresión de que Iván y yo
explorábamos el lugar antes que alguien más. Había unas enormes rocas color
arena, rodeaban casi todo el panorama. El suelo semiseco cambiaba poco a poco
en un extremo y pasaba de los huizaches a árboles un poco más húmedos. Hice esa
observación porque me pareció curiosa, Iván me señaló con el dedo la razón: nos acercábamos a un estanque.
Paramos. Dejamos las bicicletas en
el suelo y nos acercamos al agua.
- ¿Es muy hondo?
- En las orillas no, pero dicen que más al fondo
sí.
- ¿No es donde dices que se ahogó gente?
- Sí, bueno eso decían. A veces creo que sólo era
un cuento.
- Ja ja… te decían eso para asustarte y que no
entraras.
- Creo, pero aún así solíamos hacerlo ja ja…
Rodeamos el estanque hasta encontrar alguna roca que
funcionara como asiento. Nos sentamos y comenzamos, como por inercia, a lanzar
piedritas al agua. La tarde era calurosa, pero era hermosa porque un silencio
rural la invadía y tan sólo podía escucharse el chasquido de las piedras en el
agua. Noté que algunas de las piedras eran como cuarzos, entonces Iván me
explicó que una empresa japonesa había saqueado unas minas cercanas hace
algunos años y que los que ahora veíamos sólo eran los restos.
Iván lanzaba con fuerza, tratando
de alcanzar una mayor distancia, cuando volteé hacia él. Noté algo en sus ojos
pero no pude distinguir exactamente qué, de pronto me miró y sonrió como
preguntándose por qué le veía, entonces yo también sonreí; “¿qué?”, me dijo,
“¡uy!”. Y comenzamos a reír, las carcajadas llegaron a nosotros casi
instantáneamente y no pudimos controlarnos como por diez minutos. No sabíamos
qué nos causaba tanta gracia pero la disfrutábamos sin darle demasiada
importancia.
Cuando
por fin pudimos contenernos, él dijo:
- Mejor regresamos a casa, ya debe estar todo
listo, en lo que hagamos de camino nos dará hambre.
IV
La fiesta era de uno de sus sobrinos, cumplía 5 años
y parecía que sus padres se habían esmerado mucho en celebrarlo. Estábamos en
una especie de palapa, detrás de su casa. Había varias mesas adornadas con
manteles estampados de dibujos animados, piñatas, un gran pastel y varias ollas
con comida. Unas bocinas dispersaban a gran volumen música infantil y creo
haber visto unos 15 o 20 niños correr por todas partes. Nos acercamos y tuve
que saludar a varios de los hermanos y hermanas de Iván, presentándome, después
nos sentamos para esperar la comida.
- Tu familia también es numerosa ¿eh?
- Lo sé… muchos se sorprenden.
- Yo no.
- ¡Claro que no! Vienes de donde mismo ja ja.
- Bueno pero creo que me ganas.
- En un tiempo mi casa era como una fábrica de
niños – hizo una mueca graciosa, reí.
- La mía también, pero con mi llegada paró la
producción – volvimos a reír a carcajadas.
Comimos e hicimos todo el ritual de las fiestas
infantiles. Todo parecía alegre, tanto que uno terminaba contagiándose y no
podía evitar expresar una enorme sonrisa al ver que los niños se divertían
tanto. Uno parecía perderse en esas risas inocentes para quienes todo era
sencillo aún.
- A veces logras apagar tu diálogo interior con
esas risas – me dijo mientras me miraba directamente a los ojos… y yo volví a
notar algo en los suyos, era como una mezcla de tristeza y alegría.
Me quedé mirándole un rato, después volteé hacia los
niños, que golpeaban la piñata, y dije:
- Tienes una familia hermosa, todos parecen muy
unidos.
- ¿De veras lo crees?
- ¡Claro! No digo que sea perfecta, pero al menos
están todos juntos. En casa no puede reunirse toda mi familia sin que se
origine algún conflicto entre algunos de los miembros.
- Bueno, en todas las familias hay problemas. –
Esto lo dijo con una expresión que parecía decir: “en todas, también en ésta”.
V
“Ven, quiero mostrarte algo”, me dijo mientras se
ponía de pie. Tres de sus sobrinos se habían acercado a nosotros y estaban
contando chistes. Les dije que volvíamos en un momento, y ellos se miraron y
soltaron unas risitas que parecían ser casi en secreto.
Lo
seguí.
- ¿Qué cosa?
- Es una sorpresa, algo como un regalo.
- Yo no soy la festejada, ja ja.
- Calla, es algo que me gustaría que conservaras.
Fruncí el entrecejo cuando entrábamos a su casa.
Subimos las escaleras y llegamos hasta su habitación. Me senté en la cama
mientras él sacaba una pequeña caja del buró. Después se sentó a mi lado, abrió
la caja y me mostró lo que había allí.
- Éstos las encontré cuando los japoneses
saqueaban las minas. Noté que te atrajeron allá en el estanque, por eso quiero
que los conserves.
- ¿Cómo crees? Están hermosos, deben valer mucho,
no puedo tenerlos, Iván.
- Es un regalo, jamás te he regalado nada.
- Yo tampoco.
- ¿Cómo no? Tú me diste algo que agradeceré
siempre-
- ¿A sí? ¿qué…?
- Gracias a ti amé leer.
No pude más que sonreír. Seguía sorprendiéndome que
eso fuera real.
No dije más, su mirada seguía misteriosa;
de pronto había brillo en sus ojos, pero parecía que algo lo opacaba.
Puso la caja en mis manos y se
puso de pie. Yo hice lo mismo, pero no salimos de la habitación.
VI
Fue él quien me atrajo a sus brazos, pero fui yo
quien dio el primer beso… y a ello convino lo siguiente. No volvimos a decir
palabra alguna, nuestras manos y bocas hicieron todo el trabajo. El silencio
fue testigo de todo: de la pena en las mejillas rojas, del calor y del tibio
sudor, de las pausas… y de sus ojos, que continuaban con la misma mirada, que
tanto me intrigaba.
VII
Supe que en su mirada se albergaba una tristeza
incomparable, que no podía consigo mismo porque se sentía muy lastimado desde
tiempo atrás. Supuse que los cuarzos me los había obsequiado en agradecimiento
– por el libro, por los momentos que pasamos juntos antes de mi viaje, por la
intimidad que habíamos logrado en tan poco lapso, aun cuando nos había separado
un largo periodo de tiempo.
La verdad es que en momentos
parecía que el destino de verdad estaba escrito de esta manera: como parte de
la casualidad. Por eso cuando regresé de mi viaje me negué a creer lo que había
sucedido; simplemente parecía que todo lo que había tenido con Iván había sido
un sueño, un sueño que incluso aparentaba estar planeado.
A mi mente llegó esa idea – que
todo era un plan – porque esa tristeza en su mirada era algo imposible de curar
y él lo sabía, por eso él había decidido invitarme a su casa y pasar el día
juntos antes de que yo saliera del país por un mes, porque él sabía que yo
volvería y no lo encontraría más.
Me negaba a creer lo que mis oídos escuchaban por el
teléfono cuando decidí llamarlo al volver, no podía creer que esa hubiera sido
su decisión: morir. Y al mismo tiempo comprendía el por qué de esa, su mirada perdida.
GENIAL!!! :D
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