1
Adrián me ofreció entrar en su departamento, yo acepté con
naturalidad. Actuamos de manera normal, como si hubiésemos entrado juntos
muchas veces, como si no fuera la primera vez que yo entraba.
Su departamento era muy acogedor; era sencillo pero
muy cómodo, constaba de una sola habitación, una sala comedor, cocina, cuarto
de baño y un pequeño estudio. Había una terraza inmediata a la sala, desde ella
se podían ver los grandes edificios de la ciudad.
Durante el medio
día habíamos recorrido las calles sin sentido alguno, por el simple gusto de
caminar. Habíamos encontrado algo especial entre los dos: la compañía y las
charlas – en ocasiones des-comunes – algo habían fortalecido el lazo entre los
dos. Adrián era de esas personas dispuestas a escucharlo todo y ahora conocía
prácticamente toda mi vida, salvo algunos detalles.
Caminábamos por momentos en silencio y de repente
nos deteníamos en algún lugar a descansar, o tan sólo a contemplar. Cuando sentimos
hambre, él propuso cocinar en su casa, yo acepté. Por eso estábamos en su
departamento.
I
Fue curiosa la manera en que nos conocimos: yo intentaba conseguir una
entrada para algún concierto y los revendedores exigían precios que rebasaban
mi presupuesto. Trataba de encontrar más opciones pero estaba a punto de
rendirme cuando él se acercó a mí:
-
¿Buscas boleto? – dijo algo incrédulo.
-
Así es, pero estoy a punto de perderme a mi
banda favorita porque no les llego al precio a los de la reventa – contesté.
-
¿Enserio es tu banda favorita? – dijo
sorprendido.
-
Sí, ¿Por qué la sorpresa?
- No, por nada – hizo una pausa y añadió – verás…
– volvió a pausar – tengo una entrada extra, mi novia… bueno, mi ex vendría
conmigo y pues… no sé, ¿cuánto traes?
-
¿De qué entrada es? Me alcanza máximo para los
lugares de en medio, eso con los precios sin cargos…
-
Dame lo que tengas, mi entrada es más cara pero
no quiero que se desaproveche y no encontré ningún interesado en comprarlo.
-
¿Hablas enserio?
-
Sí, es entrada general, hasta adelante ¿cómo
ves?
-
Va, acepto – dije mientras sacaba el dinero que
traía en mi cartera, dejando sólo para el transporte de regreso a casa.
Después del concierto iniciaría lo que con el tiempo reconocimos como “la
amistad más curiosa de nuestras vidas”; haber saltado, cantado y gritado juntos
todo el tiempo nos condujo a ello. Al finalizar el evento, conversamos por
varias horas, sorprendidos los dos por la facilidad con la que coincidíamos a
pesar de nuestras edades. Me dijo que tenía 30 años, yo recién había cumplido
19. Me acompañó a tomar un taxi y nos pasamos los números telefónicos.
Hablábamos a menudo de nuestros problemas, él
siempre sacaba a flote los líos laborales y sus recaídas emocionales, yo lo
escuchaba y de vez en cuando le daba algún consejo, aunque siempre con la vaga
impresión de que él creería que yo no sabía nada al respecto, o al menos eso me
imaginaba.
Yo le contaba sobre la universidad y las materias
que tomaba, le hablaba de mis problemas personales y en varias ocasiones reflexionábamos
sobre temas y acontecimientos recientes y sobre nuestra concepción de las
cosas. A veces no podía evitar sentirme tonta, pues la diferencia de edades le daba
una perspectiva distinta a cada uno. Él
siempre decía:
-
No te preocupes Rebeca, creo que tu cabecita
tiene más edad que tu cuerpo. – y su rostro expresaba una sonrisa amigable,
después reíamos y seguíamos en lo nuestro.
Me gustaba la manera en que llevaba su vida, era prácticamente la
manera en que yo quería hacerlo. Notaba la libertad con que hacía las cosas y
admiraba su madurez ante todo. Con él podía hablar de cualquier cosa y él sabía
que podía hacer lo mismo conmigo. A él recurría cuando tenía problemas, de
cualquier tipo, y sus consejos siempre me eran de gran ayuda. Me gustaba salir
con él, no éramos más que amigos y eso nos gustaba. Por eso era “la amistad más
curiosa de nuestras vidas”.
2
-
Pon algo de música – me dijo mientras soltaba
sus llaves en una pequeña mesa – tú eliges, mis discos están en el estudio – lo
señaló con el dedo –, se escuchará en todo el departamento, hay bocinas.
Con una seña se asentimiento, solté mi morral en un sofá y me dirigí
al estudio, él entró a la cocina para verificar qué tenía para comer. Había
muchos discos, lo cual me sorprendió; comencé a revisar y escogí uno de una
banda típica de los años noventa, me encantaban por su pesimismo ante todo y
por la fuerza de sus guitarras. Lo coloqué en el estéreo y se reprodujo al
instante.
-
¡Uy! Buenísima elección – dijo Adrián desde la
cocina.
Le sonreí después de acercarme y dije:
-
¿Qué comeremos hoy señor?
-
Patrañas… tú siempre queriendo que me sienta
viejo.
-
Y tú que siempre te lo crees – reímos.
-
Tengo bistec de pollo en el refrigerador y hay
arroz, podemos cocerlo.
-
De acuerdo, ¿Hay verdura? Puedo hacer una
ensalada si quieres.
-
¡Oh, perfecto! Sí, sí hay.
Sonaban aquellas guitarras estridentes y la voz desgarradora de aquel
vocalista ya muerto. Preparamos la comida y nos dispusimos a consumirla.
II
Siempre creí que Adrián era un poco resrvado, de los que suelen
entablar amistades con pocas personas, por su difícil carácter; era de aquellas
personas que encerraban demasiadas sorpresas y que pocos llegaban a escubrirlas.
Él era feliz así y estar dentro de su vida me hacía sentir privilegiada.
Realmente valoraba su amistad.
Muchas veces no
podía comprender su temperamento, pero con el paso del tiempo fui advirtiendo
que yo era igual que él. “Por algo simpatizamos”, pensaba a menudo. Nos
conocíamos mutuamente.
Jamás pretendimos
ser más que amigos, el eterno tema de la edad nos hacía ver el asunto como algo
imposible y hasta con algo de gracia – cuando por las calles percibíamos las
miradas sorprendidas de la gente. Lo descartábamos por completo, los dos
sabíamos que no podía suceder y que no iba a suceder. No había problema alguno,
pues ninguno de los dos lo pretendía; nunca había recibido piropos de su parte,
ni él de la mía. Precisamente por eso nuestra amistad crecía cada vez más.
3
Terminábamos de comer cuando se escuchó la última canción del disco
que yo había elegido. La tarde se había vuelto silenciosa y me di cuenta de que
comenzaban a caer algunas gotas de lluvia allá fuera.
-
Parece que será una lluvia intensa, mira esas
nubes – dijo Adrián señalando la ventana con el dedo. Nos acercamos a ella y
miramos cómo algunos relámpagos iluminaban de tanto en tanto aquella tarde que
parecía estar cerca de convertirse en noche gracias al efecto de las espesas
nubes.
-
El día – dije – se ve justo como se veían
aquellas tardes de junio hace algunos años. ¿Recuerdas la historia que te
conté?
-
Sí.
-
Así eran los días, no sé por qué llovía tanto,
durante varias semanas el cielo estuvo nublado y yo, aunque triste, disfrutaba
la hermosura de ese clima momentáneo. Solía estar sola en casa la mayoría del
tiempo y reproducía en el estéreo, a un volumen alto, algún álbum tranquilo,
casi siempre era el mismo: me encantaba, aún me encanta. Me recostaba en la
alfombra de la sala, apagaba todas las luces y lo escuchaba completo, con los
ojos cerrados. Algunas veces lloré, otras sólo me invadía la nostalgia en la
garganta – suspiré.
Adrián se acercó a mí y me abrazó, me fue imposible contener las
lágrimas.
-
Tranquila, – susurraba en mi oído – tranquila.
Permanecimos así un buen rato. De pronto, me soltó lentamente y dijo:
-
Creo que sé de qué álbum hablas, y lo tengo
entre mis discos. ¿Quieres escucharlo con las luces apagadas, en la alfombra?
-
Bueno…
Entró al estudio, yo caminé un momento por el departamento. Me detuve
ante un mueblecito y observé el retrato que descansaba ahí; era una foto, y en
ella estaban Adrián y su ex novia, o al menos suponía que era ella.
III
La historia que le había contado – la de las tardes lluviosas – había ocurrido
antes de que David y yo iniciáramos una relación, él también sabía de esos
momentos de nostalgia, y solía decirme: “En ocasiones, uno necesita sentirse
triste para valorar las cosas, supongo que a eso se debe que a veces extrañemos
la soledad”.
Pero aquellas tardes lluviosas eran tristes por
otra persona, alguien que después de todo me había lastimado y que a la fecha le
había el rastro: Jorge. Apenas recuerdo algo de él, de hecho me he llegado a preguntar
por qué mi vida parecía un tormento cuando él se fue. Era muy joven entonces y
él me llevaba tres años; parecía buscar algo serio pero siempre algo lo
arruinaba.
Fue él quien me dio a conocer las drogas; no es que
me haya vuelto adicta o algo por el estilo, de hecho fueron raras las veces que
la consumí. Gracias a él la conocí, que era distinto. Probé LSD y marihuana en
compañía de él, dos o tres veces, y aun después de la desilusión que me llevé
cuando me di cuenta de que jamás podríamos estar juntos “en forma”, me había
hecho del mismo contacto con el que se surtía. La verdad es que sólo lo busqué
en dos ocasiones – cuando ya me encontraba con David – y jamás lo volví a
hacer, no era lo mío eso de depender de sustancias extrañas.
Pero justo ese
sábado por la mañana, antes de encontrarme con Adrián, me topé a dicho
contacto.
-
¿Qué hay Rebeca? Qué bueno que te veo, necesito
ayuda.
-
¿Qué sucede?
- Mira, necesito algo de dinero, traigo un apuro…
qué pena decirte esto: mi novia podría estar embarazada y me pidió que le lleve
una pastilla… la verdad es que no ajusto y… pues, salí a ver si encontraba a
alguien que me compre estas – y me mostró tres pastillas, que al instante
reconocí como LSD. Te lo dejo barato – continuó – sólo quiero salir de este
apuro.
Pensé decirle que no traía dinero, pero después creí que podría ser
una buena idea despejarme un rato al llegar a mi casa. Así que le tendí un
billete de doscientos pesos.
-
¿Es suficiente? Es lo único que puedo darte
–dije.
-
¡Perfecto! No sabes cuánto te lo agradezco
Rebeca, de verdad. Toma.
Tomé las pastillas, las guardé en el bolsillo del pantalón y nos
despedimos.
4
La primera canción inició, en efecto: era el álbum del que yo le
hablaba. Creo que me conocía tanto que le era fácil adivinar mis debilidades musicales.
Adrián salió del estudio con el control remoto y me miró observar la foto.
-
No la he quitado porque me gusta pensar que aún
existe una esperanza – dijo – pero en el fondo sé que ya todo está perdido con
ella.
Hice una mueca y le di unos golpecitos en el hombro. Nos recostamos en
la alfombra de su sala y cerramos los ojos, disfrutábamos una canción
tranquila.
De pronto sentí algo de comezón en el vientre,
después de rascarme metí las manos en los bolsillos del pantalón. Sentí algo en
el bolsillo derecho, lo tomé extrañada, abrí los ojos: eran las pastillas que había
conseguido en la mañana:
-
Adrián…
-
¿Qué pasa?
-
¿Has consumido drogas alguna vez?
-
Sí… ¿Por qué la pregunta?
-
¿Te agradan? ¿Has probado LSD?
-
Pues, algo. Sí, lo he probado, en alguna reunión
cuando tenía como veintidós años… la verdad es que no me considero consumidor constante
pero he probado de varias, ¿por qué la pregunta?
-
Porque tengo tres pastillas… – abrió los ojos,
se enderezó un poco y me miró algo sorprendido.
Entonces le dije:
-
No estaba entre mis planes, pero hoy en la
mañana coincidí con un conocido, traía un apuro, necesitaba dinero, me ofreció tres
pastillas de LSD. Acepté.
-
¿Y estás segura de que es LSD?
-
Sí.
-
¿Enserio, y cómo lo sabes? – dijo en tono
incrédulo.
-
Porque ya lo he probado… ¿quieres?
Volvió a recostarse y miró hacia el techo, se quedó pensativo un
momento. Después habló:
-
No estaría mal. Mañana es domingo, no trabajo, y
eso me permite reponerme del efecto, pero la que me preocupa eres tú, imagina
que tienes un mal viaje y no puedas llegar a casa, o peor, que tus padres te
vean bajo el efecto.
-
Daaah, no hay problema por eso – dije en tono
burlesco. No están en casa, salieron a visitar a mis abuelos este fin de
semana. Además, hace tiempo que se conforman con que les lleve buenas
calificaciones.
Reímos.
-
De acuerdo, acepto. Necesitamos algo líquido.
¿Agua, jugo o refresco? No creo que quieras alcohol ¿o sí?
-
No, con jugo está bien.
-
Muy bien – dijo mientras se ponía de pie.
Me enderecé y comencé a destapar las pastillas mientras Adrián
regresaba con dos vasos a la mitad de jugo de naranja. Le di una pastilla y
tomé otra para mí. Nos miramos un momento y después la ingerimos. Sonaba la
pista número once, mi canción favorita del disco, una letra desgarrante acompañada
de notas desgarrantes.
Seguimos como si nada hasta que comenzó el efecto.
IV
Ni Adrián, ni yo habíamos podido superar nuestras recientes
desilusiones. Tal vez mostrábamos tranquilidad pero sabíamos que aún faltaba
tiempo para que cualquiera de los dos pudiera reponerse. Faltaba aún más, al
menos de mi parte, para que pudiéramos considerar estar con alguien más en. Ni
a él ni a mí, nos preocupaba mucho estar con alguien que no fuera, en mi caso
David, en el suyo su ex.
De saber que esas pastillas que conseguí por
casualidad aquella mañana provocarían algo como lo que provocaron, quizá jamás
le hubiese dicho a Adrián que las tenía o, simplemente, le hubiese dicho a
aquel contacto que no podía ayudarlo y evitarnos la tentación de ingerirlas. No
me arrepiento – a veces – de lo que pasó aquella tarde – casi noche – pero sí
me arrepiento de no haber actuado de la manera adecuada.
5
De pronto las cosas cambiaron, la música sonaba mejor, las cosas
tomaban nuevas formas. Todo era tan tranquilo y acogedor que hubiera deseado
estar así para siempre.
Adrián – que estaba
recargado en un sofá – me miraba de una manera distinta y me acariciaba el
cabello. Yo estaba recostada en sus piernas y le observaba en medio del efecto.
Algo ocurría y ninguno de los dos podíamos adivinar qué era. El estado de
confort nos hacía reír de vez en cuando.
De pronto, casi
sin verlo venir, nos besamos. Como quien no es dueño de sus propios movimientos,
como quien olvida ser dueño de su propio cuerpo; como quien no puede resistirse
y continúa hasta llegar lejos. Muy lejos.
6
Salí del departamento de Adrián sin que él lo notara. Eran como las
tres de la mañana, aún lloviznaba. Decidí caminar porque quería hacer un recuento
de las cosas que había hecho en el día. No me importó mucho la hora, la ciudad era
tranquila en esos días; además, siempre me ha gustado caminar cuando la calle
está completamente sola.
Intentaba
recordar en qué momento habíamos perdido la noción de las cosas y habíamos roto
lo que con el tiempo construimos. No lograba entender por qué había pasado lo
que pasó y me remordía haber conseguido LSD justo ese día.
Por mi cabeza
daba vuelta un sinnúmero de posibilidades, estaba tan confundida que ya ni mis
prioridades estaban claras. “Todo fue una serie de acontecimientos, pensaba,
las cosas fueron apareciendo cronológicamente, desde hace tiempo, desde hace
algo de tiempo…”
Y así era, porque
parecía que tanto las pequeñas como las grandes cosas que me habían sucedido
desde años antes de conocer a Adrián, estaban ligadas y sólo llevaban a un
lugar. Claro que yo me resistía a aceptarlo por completo.
En un mismo día
había recorrido por lo menos cinco años de mi vida. Había comenzado por la
época en la que había conocido las sustancias alucinógenas, había pasado por
las tardes lluviosas de junio y por las conversaciones al respecto con mi
anterior pareja y, de algún modo, por gran parte de los estragos que me había
dejado. Llegaba a un lapso no muy largo, en el que había adquirido “la amistad
más curiosa de mi vida”. Y me detenía ahí: justo en el momento en el que
recorría el trayecto descrito, justo en el momento en que esas tardes lluviosas
de junio, acompañadas de unas pastillas, provocaban algo inesperado; algo tan
inesperado que no hacía otra cosa más que confundirme. ¿Qué pretendía o a dónde
me dirigía esa serie de acontecimientos?
7
Mi teléfono celular sonó cuando me encontraba a dos cuadras de casa. Casi
eran las cinco de la mañana. Había caminado mucho pero no lo sentía tanto, las
gotas de agua seguían insistiendo y comenzaba a verse algo de tráfico por las
calles. El teléfono sonaba y yo no sabía si contestar: era Adrián. ¿Qué le
diría si lo hacía? ¿Qué estaba pensando él? ¿Por qué marcaba?
Decidí no contestar: ninguno de los dos sabría qué
decir y era mejor evitarlo. Seguí caminando hasta llegar a mi puerta. El teléfono
sonaba de nuevo. “Una serie de acontecimientos que llevan a un solo fin – pensaba
–, una serie de acontecimientos que probablemente indiquen lo que debo hacer…
tal vez los últimos cinco años de mi vida han estado trabajado para encontrar
una sola cosa, una sola cosa… una sola cosa de la que ni siquiera puedo estar
segura, ¿Por qué me llama? ¿Debería volver?”. Y pensar que aquellas tardes
lluviosas de un año que comenzaba a borrarse de mi memoria habían ocasionado
todo. Estaba empapada, de pie frente a la puerta de mi casa con el celular en
la mano, seguía sonando…



