Tal vez es imposible
saber cuándo el amor se convierte en costumbre; supongo que la mayoría de las
veces lo ignoramos y tratamos de pensar que todo está bien. Que todo, así, está
bien.
Es verdad que la
despedida me había resultado realmente dolorosa y sentía que mi vida había
perdido algo esencial. Buscaba en mi cabeza algo que me hiciera creer que las
cosas volverían a la normalidad tarde o temprano, y lo peor fue que lo encontré
sin saber por qué.
Pasé varios meses esperando
una noticia, esperando un encuentro o algo que me indicara que “eso” volvería a
la normalidad. Leía todo el tiempo, escribía y hacía infinidad de cosas para
distraerme y hacer de la espera algo no tan largo y desesperante.
Funcionaba, de verdad
que funcionaba.
Recuerdo que fui a la
biblioteca acompañada de Alberto para retacarnos de libros y así no aburrirnos
en vacaciones. Claro… para no aburrirnos. La señorita que atendía nos dijo que
sólo podíamos tomar siete como máximo durante el verano. Eso nos entristeció.
Volvimos a creer que
nos hacía falta alguien.
Sí, ese alguien.
Entonces,
cuando terminamos con los únicos siete libros que habíamos tomado prestados,
estuvimos de acuerdo en que debíamos tomar cartas sobre el asunto.
Le dije que tenía algo
de dinero ahorrado. Entonces él recordó que también guardaba algo.
Y nos fuimos un día
muy temprano a las librerías de aquella ciudad cercana que rebasaba por mucho a
la nuestra.
Regresamos
contentos, cada uno con una considerable provisión para las eternas vacaciones.
Las vacaciones del mes que siempre me ha resultado eterno. Y en ese año lo fue
más.
Sí, era julio y las
vacaciones se extendían como nunca. Llegó un momento en el que mis días se
habían convertido en rutina – aun sin estar en clases todavía. A diario
revisaba las novedades en la Internet, me distraía un rato en la computadora,
leía – mi parte favorita – y después tenía una serie de instantes extraños, de
esos en los que la mente viaja a otro mundo, y muchas veces regresé sin nada.
“El tiempo se vuelve
insoportablemente lento”, le dije un día a Alberto. Asintió con la cabeza y
echó a andar un largo suspiro.
“Tal vez julio no
termine jamás”, dijo después de un rato.
Llovía, y después el
calor era insoportable. De verdad no consigo comprender por qué en mi infancia
adoraba tanto este mes, este y el que le sigue.
Julio
se me presentaba como algo horroroso, algo que parecía no tener fin y aunque
trataba de hacerlo llevadero con varias actividades, no lo conseguía.
Y entonces
me enfermé.
Un día
por la mañana descubrí que no podía moverme como de costumbre, mi espalda
experimentaba un fuerte dolor y cualquier esfuerzo me parecía imposible. No
hice mucho caso, pues creía que se debía a que mi periodo menstrual se
aproximaba – era un dolor parecido al que antes ya había experimentado cuando
andaba en “mis días”, pero más fuerte. Salí de casa para distraerme de los
asuntos familiares sin decir nada a nadie sobre mi espalada.
Tal
vez fue un error, tal vez no.
Cuando volví, el dolor
había aumentado en gran cantidad. El camino se me había hecho larguísimo, pues
andaba muy despacio. No soportaba el dolor y eso comenzó a asustarme. No pude
evitar soltar en llanto cuando entré a casa.
No
recuerdo bien cuántos días pasaron, pero tengo la sensación de que fueron
muchos. No podía hacer nada, algo le sucedía a mis ojos que se cansaban
demasiado pronto cuando me disponía a leer. Ahora mi única herramienta de
entretenimiento era escuchar música.
Al
día siguiente fui al médico.
Sólo pueden ocurrir
dos cosas: o muero, o no. La espalda no es algo que pueda reemplazar con una
prótesis o que siquiera pueda amputarse. El recuerdo de una novela de Bukowski
retumbaba en mi memoria.
El
médico me recetó como tres tipos de pastillas diferentes y tres inyecciones
para aliviar el dolor. Me dijo que no hiciera nada de esfuerzo, que ya pasaría,
que sólo cumpliera con las pautas de su receta. Contractura muscular.
Recuerdo
que durante los días que estuve en cama no hacía otra cosa más que pensar en aquella
relación que acababa de terminar meses atrás. Parecía que durante todo ese
tiempo, las distracciones y ocupaciones eventuales en mi vida, había logrado
que ese asunto no me preocupara mucho y, en cierto modo, había creado un muro
de respaldo en el que con letra grande y marcada descansaba la frase: “Todo
está bien, ya volverás a la normalidad”.
Enfermo es cuando uno
se da cuenta de cuánto necesita a las demás personas. Sí, ya sé que siempre he
dicho que no necesito mucho de los otros, pero parece que cada vez que me
enfermo renace el amor por ciertas personas.
Pues
sí, parecía en esos días que mi amor lejos de agotarse estaba aumentando y que
la distancia no estaba acariciando al olvido, todo lo contrario: reforzaba el
sentimiento, o eso parecía entonces. ¿Imaginación?
Ahora no podía dejar
de recordar aquél libro de Kundera.
Tenía
que ser, es verdad que las cosas no pasan porque ya estén escritas o algo por
el estilo pero… tenía que ser, me negaba a creer que el amor terminaba después
de todo.
Me
negaba, pero en el fondo lo sabía.
El dolor terminó. Mi
vida volvía a la normalidad, sólo que ahora no estaba tranquila. Tenía que
entablar una conversación con alguien; y tenía que hacerlo YA si quería que la
tranquilidad volviera.
Estúpido amor, ¿qué no
era producto de las coincidencias?
En
la mente creábamos una serie de ellas. Eran siete.
Siete,
como las de la levedad que es insoportable. Sí, Kundera.
¿Era
el destino o no lo era?
Flashback.
El
primer encuentro,
la fiesta,
la
visita,
la otra fiesta,
el
concierto,
el primer día de
clases,
las
escaleras al segundo piso.
Sí, eran siete.
Estúpido amor, parecía
adolescente.
“Caras, caras, no
quiero saber nada de ellas. Estoy harta de que me persigan. ¡Basta! Ya es
suficiente carga la que tengo con esto, déjenme en paz, tan sólo quiero
tranquilidad”.
No sex, no drugs, no love. Nothing.
La lluvia seguía, pero
con más calma: ¡como si eso no me restregara en la cara que el pinche mes de
julio seguía siendo eterno! Apenas era 24, o 23, o 22. A lo mejor aún era 2 o 3
de julio.
El
amor es una puta costumbre. “Una vil costumbre que no me quiere dejar en paz”.