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sábado, 31 de diciembre de 2011

Día

Despertar y tener que cumplir con las responsabilidades cotidianas, tratar de que el día sea bueno pensando que será malo. Levantarte con los peores ánimos y aun así esperar que algo bueno suceda, meditar un momento y esperar que eso relaje el cuerpo para estar “de buenas” durante dieciocho horas, aproximadamente.
Darte un baño y arreglar tus cosas: llenas la mochila de un montón de cosas que a veces ni tú comprendes por qué van contigo siempre, cosas que no son cosméticos o artículos usualmente llevados por mujeres; en tu bolso se encuentran siempre cuadernos, libros, los anteojos, lápices y bolígrafos, pedazos de papel en los que ocasionalmente escribes algo espontáneo, el reproductor de mp3 acompañado de los audífonos, y una memoria USB. Tus utensilios femeninos se reducen a una toalla sanitaria, que odias llevar contigo porque te trae recuerdos desagradables pero que llevas siempre para prevenir accidentes, así como una liga para sujetar tu cabello cuando te desespere traerlo suelto. Aquella mochila se vuelve misteriosa ante los ojos de algunas personas, para los tuyos es infinitamente necesario llevarla contigo: no, no te convencerían nunca de dejarla o de confiar el contenido a cualquier persona.
Salir de casa y encontrarte con la misma gente de siempre, no saludas nunca a menos que ellos tomen la iniciativa: la misma gente, siempre los mismos seres con sus vidas que jamás comprenderás y que tampoco te interesa hacerlo.
Ver a las nuevas generaciones decaer te enoja siempre, los niños en la calle ya no corren, ahora juegan con juguetes más caros que los que alguna vez tuviste en tu infancia; exigen cosas que tú jamás pensaste tener; encontrártelos a diario mientras caminas, te provoca cierta vergüenza por haber nacido en una época no muy alejada a la de ellos. Alguna vez deseaste con todas tus fuerzas haber nacido por lo menos diez años antes, pero eso es imposible… y de cierto modo comprendes que aunque hubiese sido así, tú vida no sería la misma que llevas ahora.

Desear morir pero al mismo tiempo
tener tantos planes en mente;
no te comprendes ni a ti misma,
y el mundo espera que lo comprendas a él…

No sabes si haces lo correcto,
aunque a veces te motiva creer que es así.

No tienes ni la más mínima idea
de lo que es realmente sufrir
pero te atormentas diariamente.

Nadie comprende la inconformidad que sientes, nadie entiende que disfrutas estar viva pero que de vez en cuando prefieras estar en soledad. Nadie, nadie puede entender tu reacción de fastidio en algunas ocasiones, nadie en este maldito mundo capta que hay días en los que no quieres hablar ni escuchar la voz de alguien más. Hay días en los que quisieras ser el único ser existente de este planeta, y al parecer hoy es uno de ellos.
    Y ahí estás, tú, con tu mochila en los hombros; caminando por la calle en la misma dirección de siempre, ese camino acostumbrado en el que te encuentras con todo tipo de acontecimientos: peleas, risas, pláticas ajenas, el velorio de algún difunto al pasar cerca de la funeraria, y a veces sucesos menos ordinarios. El humo de los camiones que te provoca dolor de cabeza, las estúpidas miradas de la gente que parece no tener más qué hacer. Caminar por un lugar tan concurrido, ser testigo de las nuevas modas, estúpidamente seguidas, y ver como las gentes son adsorbidas por un sinfín de métodos publicitarios.
Lo único que te hace perderte en estos momentos es la música en tus oídos, quisieras poner el volumen del mp3 a toda su capacidad, no lo haces por precaución. Escuchar melancólicamente aquellas notas compuestas antes de tu nacimiento o quizá durante tu infancia; extrañas inmensamente algo que nunca pudiste ver: el deseo de haber vivido en otra época es jodidamente grande, ésta no te proporciona mucho de lo que hubieras querido hacer, y aun así te alivia pensar que pudiste estar peor.
    Tomar el transporte público para llegar a tu destino, alguna clase en la universidad. Una vez arriba te arrepientes de no haberte ido caminando; está tan lleno de gente que el aire resulta difícil de respirar, debiste irte caminando, eso siempre te ayuda a pensar.
Diversos pasajeros, algunos ignoran tu presencia, otros clavan miradas fijas sobre ti durante un buen rato, casi siempre logran que te sientas incomoda y que quieras bajar. Tráfico, incidentes, mal funcionamiento del camión, algunas veces el tramo hasta la escuela se vuelve eterno, faltan dos paradas para llegar, te encuentras tan desesperada que decides bajar y caminar el resto del trayecto. Siempre funciona, caminar te da un poco de tranquilidad y al parecer tu humor mejora un poco. Además, recuerdas que la clase que tomarás en unos minutos es de tus favoritas. Algo bueno debe pasar hoy, piensas mientras atraviesas la entrada de la universidad.
    En clase todo está bien, te agrada estar ahí, es como un pequeño escape, tu mente deja por un momento de pensar en todo lo que pensabas momentos antes. Sin embargo eso termina cuando sales del aula. Buscas un lugar cómodo para poder leer algo de tu interés, qué importa que tengas una montaña de lecturas pendientes para las asignaturas que cursas, quieres desaparecer un rato, quieres liberarte por un momento de ese estrés. Te sientas en el pasto y te recargas en el tronco de un árbol.
    Alguna frase leída retumba en tu cabeza e inconscientemente te encuentras de nuevo tratando de desenmarañar el enjambre de tus pensamientos.
En tu mente escuchas dos voces; una te dice: suicídate, esta vida ya no puede ofrecerte más, necesitas descanso. La otra, un poco más insistente, habla: debes seguir en este mundo, anda, tienes tantas cosas por hacer y tu vida es todavía muy corta como para que termines con ella. Hay cosas buenas en este mundo, sólo tienes que saber cómo encontrarlas, las tienes cerca de ti, date cuenta.
En el fondo sabes que la opción de la segunda voz es la que prefieres, pero a veces estás tan cansada de creer que las cosas tienen remedio que quisieras mandar todo al carajo. Ahí están de nuevo esas voces, quieres gritar y correr de manera libre, hace tanto que deseas desencadenarte  y hacer las cosas a tu manera, sólo a tu manera: nuevamente ves eso muy lejos. Sólo piensas en buscar a esa persona y tomar un respiro con su presencia, tal vez él logre que tu vida dé un giro positivo. No lo verás hasta la próxima semana y eso te entristece, probablemente él es el único motivo por el que no te decides ante el suicidio. Esperar verlo más seguido, sus ocupaciones han hecho imposible que se vean como antes, no quieres que eso lo arruine; sabes bien que no quieres irte.
Debes ir a casa y después al trabajo, sabes que el día aún no termina así como sigues esperando que sea un día malo, sabes lo que te puede estar esperando en el trabajo; y peor aún, sabes lo que te espera en casa. Tus especulaciones son correctas, atinas en todo: este día no fue bueno, este día es como todos los demás, necesitas algo nuevo.
Entre el fastidio por todo lo ocurrido y el tremendo dolor de cabeza que te ocasionó atormentarte, como siempre, tanto por cosas que a fin de cuentas siempre terminan por parecerte estúpidas, surgen en ti unas desesperadas ganas por escribir. Por la noche, al llegar a casa, entras a tu habitación, tomas un bolígrafo y un cuaderno de tu mochila, acercas la silla a tu escritorio. Y comienzas a escribir estas líneas…

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