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jueves, 15 de diciembre de 2011

Problemas...



Hay problemas en casa,
hoy tuve que salir corriendo…
El árbol de navidad destellaba
y sin embargo el ambiente era triste.
Aquella virgen de cara bondadosa
tenía expresión de triunfo:
mi padre miraba el suelo.
Martha se fue – dijo una voz,
y el eco que ésta provocó
me causó escalofríos…

Volverá – dijo él.
Volverá y me llevará con ella – pensé.

Mientras Clara y Lorena discutían por un viejo
y empolvado álbum de fotografías;
Jorge ansiaba estar de vuelta en su ciudad, volver a casa...
No quieres estar ahí – le dije sin hablar;
Es obvio que no me escuchó…

--- ¡Vamos Beatriz! ¿Por qué jodidos no habías llegado?,
¿Sabes lo peligrosa que es la carretera a esta hora?
--- Ah sí… llegué bien, gracias por preguntar… me iré a recostar.

--- ¿Cómo estás Ale? ¿Todo bien?
--- Qué jodidos te importa…
¿Por qué no te largas a rezar un Padre Nuestro?,
¿Eso es lo que dicen que funciona no?
Es inútil, debo huir…

Hay problemas en casa,
pero no te preocupes,
todo se resuelve si rezas un rosario completo
por las noches;
todo se resuelve si lo haces,
qué más da si lo haces de mala gana,
se resolverá…

jueves, 20 de octubre de 2011

¿Ver?

“Veo el mundo, siento su presencia”

Tenia siete años cuando mi madre me llevó por primera vez al oculista, después de tanta insistencia de mi entonces maestra de primaria. Entramos a un edificio de dos plantas (muy colorido) y subimos al segundo piso, donde tuvimos que esperar como veinte minutos fuera del consultorio. Tomamos asiento. Mientras esperábamos, me dediqué a observar los posters que estaban pegados en la pared; si mal no recuerdo, tenían muestras de aproximaciones a la vista de cada persona según la enfermedad que tuviera en los ojos. Yo no sabía nada de eso, me dediqué únicamente a ver las caras, mientras la secretaria veía una telenovela de mal gusto.
Entonces salió el oftalmólogo, un hombre alto, de unos treinta años y de tez clara, portaba una camisa azul semi oscuro y una bata blanca encima, usaba lentes. Nos hiso pasar. Se portó muy amable con mi madre y conmigo; le hiso algunas preguntas como, ¿es la primera vez que la trae a consulta? ¿Qué es lo que le han observado, para creer que ocupa lentes?
Después de que mi madre le contó toda la historia, me preguntó a mí, qué dificultades tenía al ver (le contesté que ninguna, al menos yo, no notaba algo significativo) y procedió a aplicarme el examen de agudeza visual, donde tuve que describir una serie de letras y números en un cartel; después pasó al examen computarizado, donde tuve que describir un paisaje (eran unas montañas y cerca de ellas había una pequeña casita, a lo lejos se veían animales, como corriendo, creo que eran ovejas. Atrás se veían otras formas, las cuales, según recuerdo, me fue imposible reconocer). Después de un momento hiso algunas anotaciones y por fin habló:

-          Sí señora, su hija ocupa lentes, los tendrá que usar en la escuela y cuando esté frente a la televisión. Digamos que no es mucho lo que ocupa pero si es muy necesario que los utilice, para que su problema no aumente.



Después le explicó a mi madre que la enfermedad que yo padecía era astigmatismo (la curvatura irregular de la córnea, que impide ver de manera clara los objetos cercanos) y llenó la ficha para encargar mis lentes.
Cuando salimos, miré nuevamente los posters, vi el que decía astigmatismo; me pareció exagerada la forma en que representaba como veía. Yo no veo así – pensé.

Días después regresamos a recoger los que serían ahora mis ojos…
El oftalmólogo me llevó hacia una ventana que daba a una plaza y me dijo:

-          Fíjate bien como ves ahora – hiso una pausa – ahora cierra tus ojos, te pondré los lentes; vas a abrirlos, cuando lo hagas dime cómo ves, si te gusta o no. ¿De acuerdo?
-          Sí – respondí.

Miré la plaza, vi que tenía varios árboles: bultos verdes entre un pasto más descolorido y algunos niños corriendo ahí. Después, como se me había indicado, cerré los ojos. El oculista me colocó los lentes. Cuando volví a abrir los ojos, miré más detalladamente todo. Ahora no sólo veía los árboles, también veía sus hojas y sus distintos tonos, podía distinguir las caras de algunos niños. Me quedé impresionada, no sabía qué decir o qué hacer. Tan sólo miré. Vi gente sentada en las bancas, algunos perros jugueteando y un puesto de golosinas, entre otras cosas. Distinguí con todo detalle lo que veía.


Contemplé cómo era todo en verdad, algo que se me había ocultado antes. Las cosas que yo creía que eran así o eran igual para todos, ahora tomaron su forma, de una manera mas detallada; cosas que no podía ver antes a menos que forzara mucho la vista (sin ser consciente de ello).
No hice nada, tan sólo miré; hasta que mi madre fue a buscarme, recuerdo que el oculista soltó un risita amistosa. Mi madre le dio las gracias, nos despedimos y fuimos a casa.

A lo que voy con esto, es, que siempre creí que todos veían como yo lo hago, no sabia que las cosas podían ser vistas más fácilmente para otras personas. Yo creía ver bien, pero con mis anteojos nuevos, veía mucho mejor. Es cierto que recibí burlas en la escuela (el típico apodo de cuatro ojos o cegatona) y fue duro afrontarlo, claro, pero después de un tiempo llegué a la conclusión de que, al menos para mí, era bueno ocupar lentes, y es que todos aquellos que no los necesitaban y se burlaban, nunca apreciarán verdaderamente lo que es ver, mirar, observar, contemplar, darte cuenta de que las cosas son de una manera, admirar la belleza de un simple objeto, que por el hecho de no verlo como es y después hacerlo con todos sus detalles, se vuelve hermoso. Sí, ese momento, esa plaza, nunca se borrará de mi memoria. Aprecio ver algo cuando no uso los lentes y después mirarlo con ellos, puedo percatarme de que no es exactamente como yo creía y disfruto demasiado notar esa diferencia.
Ahora, no me imagino una vida en la que vea todo perfectamente; si así fuera, creo que el hecho de ver perdería para mí, gran parte de su sentido…

Lo que temo y siempre he temido es quedar completamente ciega. Y aunque, como ya dije, me encanta poder notar la diferencia de traer o no lentes; hoy, me cuesta demasiado, en verdad, escuchar de la oculista la desagradable noticia:

-          Aumentó la graduación que necesitan tus ojos, no te preocupes, hay quienes necesitan más.

Sí, claro, como si eso me confortara…







Luz


domingo, 14 de agosto de 2011

"..."

Ese día, algo frío, con viento como cualquier domingo en otoño, por la mañana; desperté agotada después de un desvelo (un desvelo sano que en esa ocasión no incluía alcohol). Me dirigí a la planta baja de mi casa para entrar al WC. Mi hermano, al parecer acabando de despertar, bajaba las escaleras delante de mí.

Nuestros padres nos llamaron a la sala después de un rato:

--Hoy es nuestro aniversario de bodas – dijo mi padre – espero que nos acompañen a la iglesia. Sólo están ustedes dos, me gustaría que por lo menos hoy nos acompañen.

Hubo un momento de silencio, en realidad no sé cuanto duró, pero durante este periodo de tiempo evoqué a una parte de mi vida: en familia…
 
Cuando era niña, íbamos todos los domingos a misa, algo que desde siempre me pareció aburrido, pero lo que venía cuando ésta terminaba me agradaba y no había objeción de mi parte. Cuando mi padre tenía algo de dinero extra en la cartera, solía comprarnos una nieve, una paleta helada o algún antojo. Para mí, eso representaba más que el solo placer de comer algo de lo que no había siempre, lo que realmente me emocionaba era el hecho de pasar un momento agradable con mi familia (siempre incompleta).

Al cabo de un tiempo cada quien tomó su rumbo y creencias (incluso costumbres, a pesar de vivir mis padres y la mayoría de mis hermanos juntos).

Solíamos, aparte, asistir a la iglesia juntos cuando era día del padre, de la madre, la familia… o cualquier día que – según la devoción de mis padres – ameritara hacerlo, pero en algún punto de nuestra vida las caras cambiaron de semblante. Sí, íbamos casi todos, pero en realidad, sólo iban mis padres…

Recuerdo perfectamente la cara molesta de algún miembro de la familia (no siempre, y no todos al mismo tiempo) por tener que estar presente en una iglesia en lugar de poder hacer cualquier otra cosa.



La ya común cara de inconformidad ante este tema se plasmo en nuestros rostros, mientras nos lanzábamos mutuamente una mirada, mi hermano y yo.



--Son las 8:00 – continuó mi padre insinuando con su estricta puntualidad como de costumbre – la misa es a las 9:00, espero que nos acompañen…

--Aún hay tiempo – concluyó mi madre, y los dos se dirigieron a su habitación para cambiarse.



Sentada, como ida, aún con los recuerdos flotando en mi cabeza; con cara de fastidio y recostada en el sillón, escuché por fin la voz de mi hermano:



--¿Irás?

--No quiero – respondí.

--mmm… ni yo

--Tampoco quiero problemas ¿sabes? Me harta el hecho de pensar que el resto del día tendré que soportar un ambiente tan tenso si digo que no voy – dije después de unos segundos.

Tras meditar un poco, mi hermano contestó:

--Si tú vas, yo voy. Quizá sea una especie de engaño, pero hay que darles el gusto de vez en cuando ¿No crees? Trata de ponerte en su lugar.

--Pues sí, vamos… qué lastima que sólo estemos tú y yo. No es justo. – dije, y reímos irónicamente.



Subimos cada uno a su habitación para cambiarnos de ropa y así concluir con lo que nuestros padres pedían.

Retrasados, como siempre, gracias a mi madre (que siempre tarda horas en salir) y a una visita repentina que terminó enseguida, salimos a las 9:00 en punto. Mi padre actuando con su impaciencia ante la impuntualidad, encendió la camioneta y arrancó a gran velocidad para llegar a tiempo.



--Llegaremos tarde – dijo.

--Los sacerdotes no inician la misa exactamente a la hora que dicen – dijo mi hermano.

--Eso es porque siempre confiesan gente antes de iniciar la misa – terció mi madre a modo de excusa.

Siempre encuentran algo para justificar mientras se trate de religión, pensé.

--Deberían acercarse y confesarse – continuó – se supone que es por lo menos una vez al año, y ustedes… ¿Cuántos años hace que no lo hacen?

--Es que eso no hace falta – murmuró mi hermano.

Si Dios nos escucha, porqué hablar con alguien más, me pregunté en silencio a modo de sarcasmo y pensé cuánto se contradecía la religión católica.

--Es como si no ordenaras tu habitación – dijo mi padre – hay un completo desorden, todo está sucio… llega un momento en que tienes que limpiar. Así es la conciencia.

Mi cara expresó una mueca inconforme.

--Aunque no hayan cometido delitos deben hacerlo – agregó mi madre.



Hubo otro instante de silencio: mi mente le daba vueltas a todo lo que acababan de decir.



No podemos solucionar nuestros problemas familiares ni convivir un momento en armonía, ¡pero eso no importa! Porque somos católicos y mientras tengamos fe, todo estará bien. ¡Vamos a la iglesia! ¡Recemos! ¡Alabemos al señor! ¡Aleluya, aleluya!

¿Y nosotros? Donde, ¿Dónde estamos nosotros? Eso no importa…



El recorrido hacia el templo estuvo lleno de argumentos expresados por mis padres: confesión, penitencia, los mandamientos. Salvación, perdón de los pecados…



Después de una pequeña pero significativa reflexión y explicación por parte de mi hermano, acerca de lo que había leído recientemente con respecto a la religión católica, y agregándole un poco de su cosecha (de vez en cuando criticando y cuestionando), mi padre estacionó el vehículo:



--¡Llegamos tarde! Ya inició la misa.



El rostro de mi hermano y el mío nuevamente se mostraron inconformes.



¿De qué sirve discutir sanamente sobre el tema con ellos? No hay manera de hacerlos cambiar de opinión o de que por lo menos comprendan y acepten nuestros puntos de vista al respecto.



Avanzamos hacia el templo, ellos entraron, mi hermano y yo permanecimos de pie junto a la puerta por un momento.



--Si hay lugar acá adentro – dijo mi padre, insinuando que entráramos y tomáramos asiento.

No hay de otra…, pensé.



………………………………………………………………………………………….....



Después de un interminable sermón, en el que estuve de acuerdo prácticamente en nada, me encontraba totalmente ansiosa por que terminará de hablar aquél hombrecillo con vestido que estaba frente a todos los asistentes.



Durante el momento de la paz, me topé con caras conocidas, seres que de modo insistente o no, constante o no tanto, se han dedicado a jodernos la vida a mí y a mi familia… pero ahí estaban, demostrando su ferviente fe cristiana, enfrentándose al qué dirán y haciéndose pasar por gente honrada. Respetados por aquellos que en realidad no los conocen, vanagloriándose de lo que son o fueron en algún tiempo; actuando fingidamente y estirando su mano hacia mí para dar “la paz”, con su típica sonrisita hipócrita… sí, como si hubiese paz, como si desearan “la paz”. Como si todo lo que han cometido fuera digno de perdonarse.

Extendí mi mano sin más, un saludo fingido, aunque menos que el de ellos, tan sólo por “cumplir”, cometiendo lo que mi madre siempre espera que haga en situaciones como esta: “que no quede de ti”.



Quería ponerme de pie y salir de ahí, salir de esa farsa con la que de algún modo estaba cooperando; el simple hecho de estar ahí me hacía sentir hipócrita. Pero como siempre, el remordimiento frente a unos padres que han sido buenos conmigo y mis hermanos, me detuvo.



Permanecí perdida otros instantes, miré como un niño se aproximaba desesperadamente frente a su padre pidiéndole una moneda para introducirla en la canasta de la limosna.

Recordé que en algún momento de mi infancia hice lo mismo; antes de pensar que ese dinero ganado con tanto esfuerzo por mi padre, era, más que regalado o donado a la iglesia, arrojado a la basura, mientras él lo ofrecía con toda buena intención…



¡Dios! Si existes y eres tan bueno y misericordioso, ¿Por qué no esclareces la mente humana?



   Luz


jueves, 28 de julio de 2011

Recordando... nada más


Entretener, Asumir ó Escapar

En realidad nunca entendí que se sentía,
pero siempre quise intentarlo
y nunca lo conseguía.

Creía que eso te curaba,
que podías escapar.
Ignoraba lo mucho que te gustaba
y a donde llegabas al terminar.

Siempre pensé que te drogabas
más por entretenerte
que por no asumir la verdad.

Intentaba detenerte,
pensaba que lo iba lograr...
Pero esto ya no tenia remedio,
y siempre, había sido igual.



Luz

lunes, 25 de julio de 2011

Mi tiempo sin tiempo

Cuando sueño, pierdo el sentido del tiempo, ya no importa la hora, el tiempo se detiene, es como si dejara de existir con la intención de permitirme disfrutar un momento de tranquilidad, como si estando dormida se olvidaran los problemas y la rutina. Sueñe lo que sueñe, me agrade o me aterre, sea lo que sea...
 
Soñar, soñar no implica una medición de tiempo; porque puedes perderte en un mundo distinto en el que nada tiene sentido si lo comparas con el mundo común, es un mundo en el que poco te importa si hay o no coherencia, lo único que te interesa es estar adentro y no entender como llegaste hasta ahí; Estar en un mundo confuso y disfrutarlo, porque no sabes en qué momento volverás al mundo común, nunca sabes el momento en el que terminará.

Te sumerges en lugares desconocidos, no te preocupas por nada, no hay horas, el tiempo pasa sin que tú lo percibas, de hecho el tiempo no existe, simplemente, termina.

Y pareciera que cuando despiertas te das cuenta de que lo que acabas de experimentar no tiene relación con el lugar en el que ahora te encuentras, debes volver a las tareas diarias, saber si es lunes o martes, si estas en mayo o abril, si son las ocho, las nueve o las diez de la mañana, si es tarde o temprano, si te quedaste dormida, si tienes que estar a cierta hora en cierto lugar; si hay problemas de cualquier tipo, si sientes que los días pasan sin provecho.

Otra vez, miras el calendario, ¿Qué hay que hacer hoy? La rutina vuelve a tu vida y, nuevamente, deseas estar dormida…



Luz


jueves, 23 de junio de 2011

"Trabajar como negro para vivir como un perro"


Estaba ordenando algunos apuntes de la clase que tomo con el maestro Fernando Solana para llevar a cabo una pequeña reflexión sobre la cosificación o reificación. Escuchaba, desde antes, música de los Enanitos Verdes para recordar los viejos tiempos; entonces escuché una frase de la voz de Marciano Cantera “Sin nada hemos venido y nos iremos igual…” ¿A caso tiene importancia adentrarnos tanto en el materialismo y llegar a un grado fetichista tan extremo? De cualquier modo todo objeto obtenido en vida, incluso el poder, se quedará aquí cuando sucumbamos.
Pensé en la clase pasada, ese día me llegó una pedrada directa cuando el maestro mencionaba algo sobre el fetichismo y el consumismo, yo, que me he quejado parte de mi existencia del materialismo, de la comercialización y este tipo de cosas, caí en la cuenta de que, por desgracia y costosamente lo digo: soy parte de ello…
Intenté reflexionar más sobre el tema y llegar a un fin complaciente para mí, pero no lo logré, nuevamente pensé: “lo peor es que formo parte de ello”. Tengo un montón de cosas que realmente no tienen utilidad, son un simple gusto, un lujo que decido darme de vez en cuando.
Se sabe, que con esto de la tecnología ya no es necesario comprar discos, hoy en día, todo se descarga de internet, sin embargo colaboro para que las bandas de mi agrado vivan en una fortuna o de menos mejoren su economía mientras yo sigo estresándome en el trabajo para recibir mi pequeño sueldo y subsistir a los gastos de la universidad, y aun así, ahorro parte del dinero y me pregunto: ¿Qué disco compraré esta vez?, por el simple hecho de disfrutar la música, por algo que llegó tan inocentemente he caído en lo que nunca quise caer… y así puedo ejemplificar con varios objetos, hasta la ropa me resultó producto del fetichismo en ese momento, y eso que poco me importa lo que visto…
Me enojé, he esperado desde el año pasado a que mi banda predilecta visite de nuevo México y pueda verlos en vivo, he ahorrado incluso sin saber fecha ni costo, mientras que ellos sólo siguen con las sorpresas de su 20 aniversario; objetos y tiliches que me veo tentada a comprar pero no lo hago, sigo teniendo mis prioridades: la escuela, y obviamente no caer mas en trampas de este tipo. ¿Dónde está la ideología anticapitalista de mi banda favorita? ¡Si hace algunos  años declararon la guerra a la empresa de venta de boletos más conocida por dar más caro un boleto para uno de sus conciertos, que uno de sus álbumes! Ellos, llevándome “entre las patas”, también cayeron en la trampa.
Todo lo anterior me hizo pensar y recordé lo que John Zerzan escribió en sus apuntes: “Somos aplastados y cegados por la fuerza reificante de la etapa del capitalismo que comenzó en el siglo XX”.  ¿Realmente estoy siendo aplastada? ¿Cómo me defiendo ante esto? Nos arrastra, no nos queda de otra, esta época nos percude el cerebro y nos trata como marionetas, es tarea independiente si alguien decide cortar las cuerdas…
Todo es visto como cosa ahora, todo y nada se escapa, el ser humano es útil hasta que hace bien las cosas,  es explotado toda su vida y es despedido cuando está viejo, y entonces ¿Qué consiguió con todos sus años de esfuerzo? Ver a su equipo de futbol favorito en un estadio y conseguir una playera original del equipo, autografiada si tiene suerte por alguien que jamás recordara su cara y que sin embargo disfrutará de la fortuna que esto le genera, mientras el aficionado sigue viviendo en la misma condición el resto de su vida.
Ya lo había pensado, “Hoy en día la gente trabaja para comprar lo más nuevo, lo que está de moda, y no para comer…” incluso un coleccionista, aunque coleccione antigüedades, es víctima del fetichismo. Y cómo me cuesta aceptar que a veces me dejo llevar por ello, ¡ay pedradas! - me digo - y eso que no colecciono, formalmente, nada…
Cada vez me resulta más difícil saber si está bien o mal, si puedo deshacerme de ello o si tengo que acostumbrarme a vivir así, ¡Todo el mundo se acostumbra! Pero yo no quiero sumarme a ese grupo, alguna salida debo encontrar, creo que es tiempo de dejar de culpar a la época en que nací…




 Luz
Fuente:
Dale Pascual
Amigos
Bailarina
 "Esas cosas que hacemos" John Zerzan.

jueves, 9 de junio de 2011

LA TECNOLOGÍA DE NUESTROS TIEMPOS




Desde siempre, en toda la historia de la humanidad, la tecnología ha estado presente conforme a la época en que se encuentre, desde inventos como el papel, la imprenta, hasta el teléfono, la televisión, la computadora etc. Pero algo que realmente sorprendente es cómo a partir del siglo XX (principalmente las últimas décadas) los avances tecnológicos han superado de una manera demasiado notoria los de siglos anteriores.
Todo esto, mas que traernos un beneficio, nos ha vuelto más flojos y es la principal causa de que el ser humano se encuentre cosificado. Inició como una necesidad, abarcando aspectos que pudiesen “sí ser  necesarios” para llevar una vida algo más cómoda, pero con el tiempo su rumbo cambió tan drásticamente que se convirtió en un método de consumo.
La tecnología ha hecho de nuestra época una época oscura, pues ha vuelto la vida del ser humano una vida artificial en la que lo único que importa es el aspecto material, en la que las comodidades y lujos ciegan su mente y cada vez le exigen más, a tal grado, que está acabando con los recursos naturales que le quedan, “las máquinas están gobernando el planeta, la vida está perdiendo todo sentido”.
Estamos atravesando un tiempo de decadencia que se hace pasar por el tiempo del avance, por un tiempo que quiere que nos sintamos afortunados de haber nacido en él y a su vez, un tiempo que nos dice: “no hagas nada, todo está hecho…” un tiempo al que consumiendo los nuevos juguetes mantendrás contento, y peor aun ¡te mantendrá contento! Sin embargo, estamos en retroceso…
Es verdad que muchísimos objetos nos han facilitado la vida, pero cuando no los teníamos no nos hacían falta, ni siquiera pensábamos en necesitarlos; además, muchos de ellos fueron creados con un objetivo totalmente distinto al que se interpretó, como sucedió con el Internet; su primer objetivo fue el de comunicar una computadora con otra para compartir archivos; y actualmente es el medio mas utilizado para el ocio, las redes sociales están de moda y el individuo se preocupa mas por su “vida cibernética” que por su vida real. Desgraciadamente, ya varias generaciones se vieron influenciadas por ésto. Primero fue la televisión, después los videojuegos y ahora es el internet, ¿Qué sigue?
John Zerzan se interroga “¿Cómo es posible que una expresión tan reificada como <Los niños son nuestro mas preciado futuro> no parezca repugnante a todo mundo?”. Yo me pregunto: ¿Será que ese “preciado” futuro que espera a la humanidad estará regido totalmente por las máquinas? ¿Podrá la humanidad sobrevivir a eso? Lo único que me viene a la mente es aquélla frase que Rodrigo (Rockdrigo) González cantó alguna vez: “la maquina me ha vuelto una sombra borrosa”. La tecnología, acompañada de sus métodos de consumo, ¿borrará por completo la esencia del ser humano?

Luz



No estoy totalmente en contra de la tecnología, simplemente es una reflexión...