Caminaba por alguna plaza de mi
ciudad, era un día soleado; tenía los auriculares puestos y de mi hombro
colgaba el mismo bolso de siempre. El sol había alterado un poco mis sentidos,
no me sentía muy bien. Deseaba llegar pronto a casa, la jornada de trabajo
había sido pesada. Mientras sentía que
cada paso que daba era en vano y escuchaba una de mis canciones favoritas, vi
de espaldas a Josué. Sí, estaba segura de que era él; caminaba unos diez o doce
metros delante de mí, de verdad, sé que era él. Aun con los años que habían
pasado él era inconfundible. Dejé el paso lento y traté de caminar más rápido
para poder alcanzarlo y saludarlo; hacía tanto tiempo que no lo veía ni sabía
de él que de pronto comencé a correr. Grité su nombre y lo tomé del brazo en
cuanto tuve la oportunidad. Volteó hacia mí su cabeza y dijo:
- ¿Se te ofrece algo?
- Hola Josué – le dije esbozando una tímida
sonrisa.
- Disculpa, ¿te conozco? ¿cómo es que sabes mi
nombre…? – pude ver confusión en su rostro.
- Ah, entonces no me recuerdas… estuvimos juntos
en el bachillerato, soy Isabel, Isabel Delgado ¿te suena?
- Lo siento, no sé quién eres.
Mi cara cambió de expresión al
escuchar sus palabras. Me parecía realmente increíble que no me recordara si habíamos
sido grandes amigos. Se rascó una oreja. Noté su incomodidad, “no ha cambiado
nada”, pensé.
- Olvídalo – le dije, algo desilusionada – quizá
es una equivocación mía. Adiós.
No hizo más que mirarme un momento,
sin decir nada. Continué mi camino y decidí ir lo más rápido posible sin mirar atrás,
pues él se había quedado parado. Me sentía tan avergonzada y decepcionada por
lo que acababa de ocurrir.
Cuando llegué a mi departamento
me di cuenta de que había dejado abierta la ventana de mi habitación, había decenas
de papeles en el suelo gracias al viento; ignoré el suceso y me quité el
calzado, tenía hinchados los dedos de los pies por usar esas zapatillas de
tacón que tanto odio – el día las había requerido, “asista con vestimenta
formal Isabel, nos visitará alguien importante” había dicho mi jefe un día
antes –, pedían refrescarse a gritos. Tenía la espalda tensa y me moría de
calor. Caminé descalza hasta el baño y abrí la llave de agua. Me quité la ropa,
me recogí el cabello y me sumergí en el agua de inmediato, cerré los ojos para
relajarme un momento.
Intentaba eliminar de mi mente lo
de Josué, trataba de pensar que aquél chico no era él, pero me era imposible. En
verdad, estaba segura de que era él. Lo que me tenía inquietada era por qué no
me recordaba. De pronto tuve la sensación de estar dormida, pero aún
consciente. Comencé a soñar despierta o algo por el estilo.
Tenía 17 años aún. Estaba recostada en el pasto y escuchaba una canción
en unos discman, sólo tenía un auricular, compartía el otro con alguien más. La
canción era triste, aunque no recuerdo cuál. Mis manos descansaban en mi
estómago y tenía los ojos cerrados. Sin duda mi acompañante era Josué, no
podría ser alguien más; esa imagen era algo borrosa…
- ¿No te has
puesto a pensar que esta canción podría definir nuestra vida? – abrí los ojos
en cuanto él habló.
- ¿Definir nuestra
vida? – contesté – ¿por qué lo dices? Nuestras
vidas no son tan trágicas ni hemos pasado por cosas como esa.
-
Pues… quizá
algún día lo comprendas. Nuestra vida está determinada por esta canción…
Regresé de esa ensoñación gracias
al ruido del agua, que empezaba a desbordarse de la tina, cerré la llave y volví
a mi posición anterior. ¿Qué canción era esa?, me pregunté varias veces. Los
acordes sonaban en mi cabeza pero no podía recordarla, ¿Cómo es posible que la
haya olvidado? ¿Cómo es posible que Josué no me recuerde? Me hacía tantas
preguntas pero a ninguna le encontraba respuesta. Me envolví en la toalla y fui
a mi habitación; comencé a sacar del armario mis discos viejos, dispuesta a
encontrar esa canción. En alguna de las cajas aún sin desempacar después de la
mudanza, me encontré aquellos viejos discman, estaban empolvados y tenían un
disco adentro. Sospechaba que no funcionarían pero aun así lo intenté. Y ocurrió,
la música de aquella canción comenzó a sonar, y yo seguía sin recordar cuál
era.
Josué siempre decía cosas que me dejaban pensando, parecía que tenía
siempre algo que decir para cualquier situación: “quizá algún día lo
comprendas. Nuestra vida está determinada por esta canción”.
Me senté en el suelo, recargué mi
cuerpo en la pared y permanecí un buen rato escuchando esa canción (una y otra
vez) hasta quedarme dormida. Desperté a media noche con la sensación de haber soñado
algo pero no recordaba qué. Los discman ya no funcionaban pero la canción había
penetrado en mi cabeza.