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viernes, 26 de abril de 2013

ENCUENTROS PERDIDOS




I
Iván me llamó para decirme que había olvidado que al día siguiente tenía que estar con su familia en una fiesta. Disculpándose, me pedía que hiciéramos algo un día después pero entonces tuve que decirle que eso no era posible: yo tenía un compromiso.
- Ya no te veré en mucho tiempo, entonces – dijo. Tal vez cuando regreses del viaje…
-  Espero que así sea, perdón… pero el viernes justo antes partir debo hacer varias cosas.
-  No te preocupes. Ojalá podamos aunque sea charlar por medios electrónicos.
-  Seguro que así será.
-  Nos vemos. Cuídate, buen viaje.
-   Hasta luego.
Sentí algo de nostalgia, sin saber por qué… recientemente me había topado con él después de varios años sin verlo y ahora el viaje que realizaría al tercer día se interponía. Apenas había colgado el teléfono y me dirigía a la cocina cuando el celular sonó de nuevo.
-  Deberías venir conmigo – dijo en cuanto contesté.
- ¿Qué? ¿Cómo crees? Es una fiesta familiar. No conozco a tu familia, ni ellos me conocen a mí.
-   No importa, ven. De verdad, si te vienes temprano puedo aprovechar para llevarte al lugar del que hablábamos el otro día. Yo me encargo de llevarte a casa sana y salva.
-   Iván… no sé.
-    Ándale, no tengo idea de cuándo te volveré a ver. ¿qué tal que uno de los dos muere?
-   ¡No digas eso! – le dije entre risas – De acuerdo, pero no tengo idea de cómo llegar.
-  Te veo en el centro mañana, temprano. Afuera del banco, en el que te encontré hace días ¿sí?
-    Está bien. Ahí estaré. Nos vemos.
-     Hasta entonces.

II
Habíamos estudiado juntos en el bachillerato. No éramos grandes amigos, pero nos agradábamos. En contadas ocasiones habíamos entablado pláticas. Parecía que teníamos algo en común, por muy vago que fuera. Cuando nos graduamos no volví a tener contacto con él, ignoraba qué había sido de su vida y lo único que lo traía de vez en cuando a mi cabeza era ver las viejas fotos de grupo.
          Por eso el día que lo encontré fuera del banco me sorprendí y no pude evitar acercarme a él. Su cara también era de sorpresa, como cuando encuentras casualmente algo que en un tiempo estuviste buscando desesperadamente.
           Era una mañana de verano, una mañana lluviosa. Me pareció que no había cambiado mucho desde la última vez que nos habíamos visto, pero era obvio que los años habían pasado. Seguía siendo muy alto, pero su cuerpo había dejado un poco atrás al muchacho en extremo delgado, ahora parecía un poco más embarnecido que antes y eso a pesar de no aparentarle un cuerpo según el canon estéticamente bello, le daba un toque atractivo del que antes carecía.
Salía del cajero automático cuando le vi, él parecía estar esperando a que la lluvia se calmase un poco para poder ir a su destino. Le reconocí al instante, y él a mí. Sonrió y con un ademán de mano me saludó.
-   ¡Iván! Cuánto tiempo… ¿cómo has estado?
-    Hola, bien. Ve, aquí esperando a que la lluvia aunque sea se calme. ¿Tú, cómo estás?
-    Igual, no hay mucho de nuevo… pero por ahora creo que hago lo mismo que tú.
Sonreímos.
Estuvimos en silencio un rato, un silencio de los que aparecen cuando no hay nada de qué hablar; pero éste parecía no ser para nada incómodo, los dos mirábamos caer la lluvia, uno al lado del otro, cubriéndonos únicamente con la parte del techo que sobresalía de aquella finca colonial que ahora funge como banco. Después, fue él quien decidió hablar primero:
-    ¿Sigues estudiando?
-     Sí, todavía. En un año termino la carrera, ¿tú?
-     Sí, también. Como estuve un año sin estudiar, a mí me falta un poco más para acabar.
Me dijo que estudiaba en una universidad privada de las que están a las afueras de la ciudad, que no le gustaba tanto pero que le era más barato que salir a otra ciudad. Yo le conté que me había quedado en la universidad pública y que recientemente había finalizado un semestre.
       A pesar de haber tenido una amistad algo ambigua en los tres años que compartimos, ahí estábamos, hablando como si fuéramos amigos íntimos, de toda la vida. Al principio con la reserva característica de quienes tienen tanto sin verse, y después tocando temas que no se tocan con cualquiera. Me contó que unos meses después de la graduación había muerto uno de sus hermanos – con el que yo ya sabía que tenía muy estrecha relación – y  que eso lo había tenido hundido en depresión por mucho tiempo. Me sorprendió mucho tal cosa, le dije que lo sentía y él hizo una rara expresión en su cara, como si hubiese recordado en pocos segundos todo el tormento que había atravesado. Después sonrió y dijo:
-   Es raro hablar esto contigo. Bueno, incluso es raro que hablemos después de tanto tiempo sin vernos.
-     Sí, eso parece. No hablábamos mucho en prepa.
-  Aunque sí lo hacíamos. No sé si recuerdes aquél libro que me prestaste en una ocasión, – afirmé con la cabeza – me gustó tanto que desde entonces comencé a leer por mi cuenta varios libros. Y en ocasiones cuando abro un libro por primera vez suelo recordar ese libro y el día en que te lo pedí prestado, sin dudarlo tú lo llevaste al día siguiente.
-   Bueno, – realmente me sorprendió escuchar eso – eso me ha demostrado que sí he tenido acciones buenas con las personas. Me agrada que haya sido así, jamás creí que constantemente me recordaras…
-      Por eso te hablo con facilidad, creo.
Cuando la lluvia se detuvo acordamos que sería bueno vernos de nuevo y continuar nuestra charla. Me dijo que él me buscaría para ello. Nos despedimos.
      Recuerdo que esa mañana, cuando iba camino a casa, comencé a recordar todo lo que sabía de Iván, lo que me había dicho al encontrarlo y lo que conocía desde nuestro paso por la escuela preparatoria.

III
Me presenté a la hora acordada afuera del banco. Él llegó casi después que yo y nos dirigimos a la parada del autobús que lleva hasta el lugar donde él vivía.
Ahí se llega gracias a una ruta especial que sale cada hora (¿o media hora?). Es un lugar alejado y por lo que Iván me había contado, tranquilo y aún libre de lo que llamamos civilización. Salir a la carretera me animó mucho, me convencí de que había hecho bien en aceptar la invitación de mi viejo amigo de bachillerato.
     Durante el camino hablamos mucho, fue como ponernos completamente al tanto de nuestras vidas. Creo que con sólo ese corto viaje tejimos un lazo entre los dos, un lazo resistente cuya causa se reducía tan sólo a un encuentro casual en el banco. Me sentía tan animada que ya ni siquiera recordaba los nervios que había sentido momentos atrás respecto a su familia. Me reía mentalmente diciéndome: “No es para tanto, ni que fuéramos una pareja de novios a punto de anunciar su compromiso”.
     Llegamos antes del medio día. El autobús se detuvo en una especie de plaza, muy pequeña, en la que, como toda plaza principal, había una iglesia – también pequeña – y algunas casas aún dispersas. Una sola tienda que parecía ser el centro de abastecimiento local y algunos niños corriendo alrededor de un pequeñísimo kiosco.
-   ¿Qué te parece? Es como una especie de pueblo ¿no?
-    Sí, muy pequeño y tranquilo.
-  Pertenece al municipio, pero en realidad nunca he sabido si somos colonia o un pueblo aparte – esto lo dijo con un tono sarcástico, así que no pude evitar y solté una leve carcajada.
-      Del municipio jamás sabremos si somos ciudad o sólo otro pueblo mágico.

Me comentó que su casa estaba todavía más retirada y que había que caminar para llegar a ella. En realidad no estaba muy lejos, tratándose de un lugar tan pequeño; pero considerando que la mayoría de las casas rodeaban la plaza, parecía estar alejada.
       Cuando llegamos, un fuerte aroma a comida penetraba la finca. Alcancé a distinguir el olor a mole poblano y lo saboreé de inmediato. Su madre salió de la cocina a nuestro encuentro y fue muy amable conmigo desde un principio. “Deberías llevarla a pasear un rato, hijo. Pronto estará todo listo para la fiesta”.
          Y así lo hicimos, Iván sacó dos bicicletas y fuimos a dar un paseo por los alrededores del pueblito. En momentos yo iba delante de él, en momentos lo hacíamos paralelamente. El sol de verano quemaba nuestros rostros, pero el roce con el viento al pedalear regalaba una sensación de frescura.
        Aquel paisaje era nuevo para mí. Algunos sitios parecían jamás haber sido tocados por las manos humanas, me gustaba pensar eso; me daba la impresión de que Iván y yo explorábamos el lugar antes que alguien más. Había unas enormes rocas color arena, rodeaban casi todo el panorama. El suelo semiseco cambiaba poco a poco en un extremo y pasaba de los huizaches a árboles un poco más húmedos. Hice esa observación porque me pareció curiosa, Iván me señaló con el dedo la razón: nos acercábamos a un estanque.
Paramos. Dejamos las bicicletas en el suelo y nos acercamos al agua.
-    ¿Es muy hondo?
-     En las orillas no, pero dicen que más al fondo sí.
-     ¿No es donde dices que se ahogó gente?
-     Sí, bueno eso decían. A veces creo que sólo era un cuento.
-     Ja ja… te decían eso para asustarte y que no entraras.
-     Creo, pero aún así solíamos hacerlo ja ja…
Rodeamos el estanque hasta encontrar alguna roca que funcionara como asiento. Nos sentamos y comenzamos, como por inercia, a lanzar piedritas al agua. La tarde era calurosa, pero era hermosa porque un silencio rural la invadía y tan sólo podía escucharse el chasquido de las piedras en el agua. Noté que algunas de las piedras eran como cuarzos, entonces Iván me explicó que una empresa japonesa había saqueado unas minas cercanas hace algunos años y que los que ahora veíamos sólo eran los restos.
Iván lanzaba con fuerza, tratando de alcanzar una mayor distancia, cuando volteé hacia él. Noté algo en sus ojos pero no pude distinguir exactamente qué, de pronto me miró y sonrió como preguntándose por qué le veía, entonces yo también sonreí; “¿qué?”, me dijo, “¡uy!”. Y comenzamos a reír, las carcajadas llegaron a nosotros casi instantáneamente y no pudimos controlarnos como por diez minutos. No sabíamos qué nos causaba tanta gracia pero la disfrutábamos sin darle demasiada importancia.
           Cuando por fin pudimos contenernos, él dijo:
-    Mejor regresamos a casa, ya debe estar todo listo, en lo que hagamos de camino nos dará hambre.

IV
La fiesta era de uno de sus sobrinos, cumplía 5 años y parecía que sus padres se habían esmerado mucho en celebrarlo. Estábamos en una especie de palapa, detrás de su casa. Había varias mesas adornadas con manteles estampados de dibujos animados, piñatas, un gran pastel y varias ollas con comida. Unas bocinas dispersaban a gran volumen música infantil y creo haber visto unos 15 o 20 niños correr por todas partes. Nos acercamos y tuve que saludar a varios de los hermanos y hermanas de Iván, presentándome, después nos sentamos para esperar la comida.
-     Tu familia también es numerosa ¿eh?
-     Lo sé… muchos se sorprenden.
-     Yo no.
-      ¡Claro que no! Vienes de donde mismo ja ja.
-     Bueno pero creo que me ganas.
-     En un tiempo mi casa era como una fábrica de niños – hizo una mueca graciosa, reí.
-     La mía también, pero con mi llegada paró la producción – volvimos a reír a carcajadas.
Comimos e hicimos todo el ritual de las fiestas infantiles. Todo parecía alegre, tanto que uno terminaba contagiándose y no podía evitar expresar una enorme sonrisa al ver que los niños se divertían tanto. Uno parecía perderse en esas risas inocentes para quienes todo era sencillo aún.
-   A veces logras apagar tu diálogo interior con esas risas – me dijo mientras me miraba directamente a los ojos… y yo volví a notar algo en los suyos, era como una mezcla de tristeza y alegría.
Me quedé mirándole un rato, después volteé hacia los niños, que golpeaban la piñata, y dije:
-     Tienes una familia hermosa, todos parecen muy unidos.
-     ¿De veras lo crees?
-  ¡Claro! No digo que sea perfecta, pero al menos están todos juntos. En casa no puede reunirse toda mi familia sin que se origine algún conflicto entre algunos de los miembros.
-    Bueno, en todas las familias hay problemas. – Esto lo dijo con una expresión que parecía decir: “en todas, también en ésta”.

V
“Ven, quiero mostrarte algo”, me dijo mientras se ponía de pie. Tres de sus sobrinos se habían acercado a nosotros y estaban contando chistes. Les dije que volvíamos en un momento, y ellos se miraron y soltaron unas risitas que parecían ser casi en secreto.
                Lo seguí.
-     ¿Qué cosa?
-     Es una sorpresa, algo como un regalo.
-     Yo no soy la festejada, ja ja.
-     Calla, es algo que me gustaría que conservaras.
Fruncí el entrecejo cuando entrábamos a su casa. Subimos las escaleras y llegamos hasta su habitación. Me senté en la cama mientras él sacaba una pequeña caja del buró. Después se sentó a mi lado, abrió la caja y me mostró lo que había allí.
-     Éstos las encontré cuando los japoneses saqueaban las minas. Noté que te atrajeron allá en el estanque, por eso quiero que los conserves.
-     ¿Cómo crees? Están hermosos, deben valer mucho, no puedo tenerlos, Iván.
-     Es un regalo, jamás te he regalado nada.
-      Yo tampoco.
-     ¿Cómo no? Tú me diste algo que agradeceré siempre-
-     ¿A sí? ¿qué…?
-    Gracias a ti amé leer.
No pude más que sonreír. Seguía sorprendiéndome que eso fuera real.
No dije más, su mirada seguía misteriosa; de pronto había brillo en sus ojos, pero parecía que algo lo opacaba.
Puso la caja en mis manos y se puso de pie. Yo hice lo mismo, pero no salimos de la habitación.

VI
Fue él quien me atrajo a sus brazos, pero fui yo quien dio el primer beso… y a ello convino lo siguiente. No volvimos a decir palabra alguna, nuestras manos y bocas hicieron todo el trabajo. El silencio fue testigo de todo: de la pena en las mejillas rojas, del calor y del tibio sudor, de las pausas… y de sus ojos, que continuaban con la misma mirada, que tanto me intrigaba.

VII
Supe que en su mirada se albergaba una tristeza incomparable, que no podía consigo mismo porque se sentía muy lastimado desde tiempo atrás. Supuse que los cuarzos me los había obsequiado en agradecimiento – por el libro, por los momentos que pasamos juntos antes de mi viaje, por la intimidad que habíamos logrado en tan poco lapso, aun cuando nos había separado un largo periodo de tiempo.
La verdad es que en momentos parecía que el destino de verdad estaba escrito de esta manera: como parte de la casualidad. Por eso cuando regresé de mi viaje me negué a creer lo que había sucedido; simplemente parecía que todo lo que había tenido con Iván había sido un sueño, un sueño que incluso aparentaba estar planeado.
A mi mente llegó esa idea – que todo era un plan – porque esa tristeza en su mirada era algo imposible de curar y él lo sabía, por eso él había decidido invitarme a su casa y pasar el día juntos antes de que yo saliera del país por un mes, porque él sabía que yo volvería y no lo encontraría más.
Me negaba a creer lo que mis oídos escuchaban por el teléfono cuando decidí llamarlo al volver, no podía creer que esa hubiera sido su decisión: morir. Y al mismo tiempo comprendía el por qué de esa, su mirada perdida.

jueves, 11 de abril de 2013

¿Vivir?

Permanezco,
estar aquí es como esperar un autobús,
un tren, un avión.

Intervalos de tiempo indefinido
¡Qué irónico el momento
de tomar té frente a la TV!
Repasar un recuerdo
y reír a carcajadas
(de nadie, más que de mí).



Multitud, cotidianidad, yo... nada.

martes, 26 de marzo de 2013

Déjà vu



Uno

Entras a una casa antigua, no la ves por fuera, tu vista sólo la abarca a partir de la puerta de entrada. Atraviesas un pasillo con luces tenues, las paredes tienen papel tapiz, – en general, están llenas de ornamentos – muros de colores cercanos al guindo, casi rojo. El ambiente es tranquilo y silencioso.

A tu izquierda encuentras unas escaleras de madera oscura, en forma de caracol, anchas y con un barandal opaco que les da un toque de fineza. Comienzas a subirlas, apresurada, pero no estás cansada ni lo haces con desesperación. Más bien te emociona lo que puedas encontrar allá arriba.

Subes, subes, subes… corres y llegas a la cima. Ahí hay una puerta: la abres y entras.

Una habitación acorde con la casa antigua en la que te encuentras. Hay muebles viejos pero bien conservados, la iluminación y el ambiente siguen siendo los mismos. Frente a ti hay una pantalla que parece tener la intención de comunicarte algo. Pero está apagada y no comprendes nada de lo que pasa.

Suena el despertador.


Dos

Entras a una casa antigua, no la ves por fuera, tu vista sólo la abarca a partir de la puerta de entrada. Atraviesas un pasillo con luces tenues, las paredes tienen papel tapiz, – en general, están llenas de ornamentos – muros de colores cercanos al guindo, casi rojo. El ambiente es tranquilo y silencioso.

De pronto alguien te toma de la mano izquierda (puedes ver el encuentro de los dedos), lo miras: es él.

A su izquierda encuentran unas escaleras de madera oscura, en forma de caracol, anchas y con un barandal opaco que les da un toque de fineza. Comienzan a subirlas, apresuradamente – él va adelante y jala de tu brazo para avanzar más rápido – pero ni tú ni él están cansados, nada de lo que hacen es con desesperación. Más bien te emociona lo que puedas encontrar allá arriba, y parece que a él también.

Suben, suben, suben… corren y llegan a la cima. Ahí hay una puerta: él la abre y después entran.

Una habitación acorde con la casa antigua en la que se encuentran. Hay muebles viejos pero bien conservados, la iluminación y el ambiente siguen siendo los mismos. Frente a ustedes hay una pantalla que parece tener la intención de comunicar algo. Está encendida, pero sigues sin entender lo que pasa.

Despiertas pensando en él.


Luz

viernes, 15 de marzo de 2013

Recurrente


Y de pronto tu cara y tu nombre me atraviesan:

apareces a través de coincidencias
apareces por sorpresa

como esta lluvia,
en esta época.

Pero…
yo estoy cansada,
de ilusiones fatigada…
ansiosa
de certezas imposibles.

A punto de escribir
que tus encuentros
han sido sólo casualidades,
con tinta indeleble

ordenándole a mi cabeza
una dosis de realidad

pidiéndole a mi mano
termine, de una vez por todas,
de escribir este poema.

Obligándome a no hablar más,
a callar lo incierto y repentino
que ahora pienso.

Y al mismo tiempo rogando
que mi pluma no se detenga,
que éstas no sean las únicas y últimas palabras
sobre eso que ni siquiera empieza.


Luz

miércoles, 6 de marzo de 2013

Pasto

No sabes dónde está tu mente
o cómo organizarla,
es lo mismo.

En medio de la multitud
y no esperas nada.


Dios vino hoy y se sentó en el pasto,
conmigo.
Estaba a punto de escribir y dijo:
- ¿Te robé la idea?

Sonreí

- No, ésta sigue en mi cabeza,
¿Tú puedes decirle que venga?

No pido mucho, 
sólo dile que traiga consigo su boca.

Dios tiene prisa.

domingo, 3 de marzo de 2013

Imagina que nada de esto tiene sentido



Imagina que ahora no estoy,
que aquello ocurrió en otro universo
que sólo fue parte de un sueño
que hoy despertamos.

Imagina que no hay nada bueno
que nuestras vidas son vacías
que continuamos la rutina
que cada camino es diferente.

Imagina que el mundo se detuvo
sólo imagina que alguna vez hubo tiempo,
que estuvo suspendido
que ahora corre…

que debes buscar
que pretendes encontrar
sólo eso, la manera, 
de volver a detenerlo.

Imagina que nada de esto tiene sentido.

viernes, 1 de marzo de 2013

Al tiempo

Quisiera sentir que te desvaneces,
todos y cada uno de tus segundos
desaparecer.

Quisiera verte caer y profanar
ese espacio que nunca existió.

Deberías jamás detenerte
y así no sentir que esto durará
eternamente.





Luz