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jueves, 5 de julio de 2012

I



Una cucaracha caminó rápidamente por la acera cuando me acerqué a la puerta, recorrí el cerrojo y entré. El departamento estaba frío, como siempre; era el mes de mayo. Un par de platos y vasos descansaban en la mesa desde la hora del almuerzo, había demasiado silencio. Me dirigí a la puerta contigua a mi habitación, toqué dos o tres veces a manera de aviso y entré.
     Mario estaba sentado en su cama con los codos en las rodillas, era evidente que acababa de despertar. Me senté a su lado y le conté lo que había sucedido. Sin saber qué hacer, me abrazó, trató de decir algunas palabras de aliento pero su peculiar personalidad fría se lo impidió; así que sólo me abrazó fuerte, mientras en mí ya era imposible contener el llanto.
     Después de unos minutos, me separé de él y le di las gracias con un beso en la mejilla. Un beso que no era más que eso, un beso, un beso de agradecimiento. Me puse de pie. Caminé hacia la entrada de la habitación y cuando estaba frente a la puerta volteé.

           -  Deberías sacar tu guitarra, creo que debemos volver a tocar - le dije.

Me miró extrañado y esbozó una simple sonrisa, como de compasión, mientras yo daba media vuelta para ir a mi habitación.

Luz

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