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jueves, 31 de marzo de 2016

Que la urbe nos consuma

Lo juro.
Por momentos he deseado que la ciudad fuera más grande.
Más extensa.
Más poblada.
Más gris.
Más llena de personas cuyas caras se perdieran
sin que pudiera yo reconocerlas.
Que las masas aumentaran
y se volvieran impersonales.
Que nadie pudiera reconocer mi rostro,
ni en la acera, ni en el súper, ni en el transporte público.
En ningún lugar.
Que no sintiera yo que me persiguen las miradas.
Que no sintiera yo dos pupilas que inadvertidas me reconocen.
Que no viera yo en cada cara el asecho de un corazón lastimado.
Que no sintiera sobre mí el peso de haber tomado algo que no me pertenece
(aunque jamás será mío y no puede ser de nadie).
Que no creyera yo saber el nombre de cada persona que pasa a mi lado.

Que no fuera este pueblo un infierno 
de rostros demacrados. 

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