Lo juro.
Por momentos he deseado que la ciudad fuera más
grande.
Más extensa.
Más poblada.
Más gris.
Más llena de personas cuyas caras se perdieran
sin que pudiera yo reconocerlas.
Que las masas aumentaran
y se volvieran impersonales.
Que nadie pudiera reconocer mi rostro,
ni en la acera, ni en el súper, ni en el transporte
público.
En ningún lugar.
Que no sintiera yo que me persiguen las miradas.
Que no sintiera yo dos pupilas que inadvertidas me
reconocen.
Que no viera yo en cada cara el asecho de un corazón
lastimado.
Que no sintiera sobre mí el peso de haber tomado
algo que no me pertenece
(aunque jamás será mío y no puede ser de nadie).
Que no creyera yo saber el nombre de cada persona
que pasa a mi lado.
Que no fuera este pueblo un infierno
de rostros demacrados.
de rostros demacrados.
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