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lunes, 10 de septiembre de 2012

Ruinas



Mi ciudad está en ruinas:
somos vulnerables,
¿cómo levantarse?
Siempre hay alguien dispuesto a pisotearte.

Se ha derrumbado,
tal  vez nunca tuvo cimientos.
¿puede importarme?
A veces, también da igual caer.

Mi ciudad está en ruinas:
restos de lo que intentaba ser,
residuos de aquello que un día
intentó echarse a andar.

Mis ruinas, sólo mías,
tristes ruinas:
anhelan encontrar un agujero,
en el tiempo, por el cual arrojarse sin piedad.

Calles que no pretenden evidenciar:
“ya no hay nadie a quien culpar”,
no hay razones, soluciones…
hay ruinas, y sólo eso.

 Luz






Lo que puede ocasionar una canción, 
aun cuando mi poema no sea de amor.
Thank you Bruce!

lunes, 13 de agosto de 2012

Bitácora del mes eterno / No crean todo lo que digo




Tal vez es imposible saber cuándo el amor se convierte en costumbre; supongo que la mayoría de las veces lo ignoramos y tratamos de pensar que todo está bien. Que todo, así, está bien.

Es verdad que la despedida me había resultado realmente dolorosa y sentía que mi vida había perdido algo esencial. Buscaba en mi cabeza algo que me hiciera creer que las cosas volverían a la normalidad tarde o temprano, y lo peor fue que lo encontré sin saber por qué.

Pasé varios meses esperando una noticia, esperando un encuentro o algo que me indicara que “eso” volvería a la normalidad. Leía todo el tiempo, escribía y hacía infinidad de cosas para distraerme y hacer de la espera algo no tan largo y desesperante.
Funcionaba, de verdad que funcionaba.

Recuerdo que fui a la biblioteca acompañada de Alberto para retacarnos de libros y así no aburrirnos en vacaciones. Claro… para no aburrirnos. La señorita que atendía nos dijo que sólo podíamos tomar siete como máximo durante el verano. Eso nos entristeció.
Volvimos a creer que nos hacía falta alguien.
Sí, ese alguien.
Entonces, cuando terminamos con los únicos siete libros que habíamos tomado prestados, estuvimos de acuerdo en que debíamos tomar cartas sobre el asunto.
Le dije que tenía algo de dinero ahorrado. Entonces él recordó que también guardaba algo.
Y nos fuimos un día muy temprano a las librerías de aquella ciudad cercana que rebasaba por mucho a la nuestra.
Regresamos contentos, cada uno con una considerable provisión para las eternas vacaciones. Las vacaciones del mes que siempre me ha resultado eterno. Y en ese año lo fue más.

Sí, era julio y las vacaciones se extendían como nunca. Llegó un momento en el que mis días se habían convertido en rutina – aun sin estar en clases todavía. A diario revisaba las novedades en la Internet, me distraía un rato en la computadora, leía – mi parte favorita – y después tenía una serie de instantes extraños, de esos en los que la mente viaja a otro mundo, y muchas veces regresé sin nada.

“El tiempo se vuelve insoportablemente lento”, le dije un día a Alberto. Asintió con la cabeza y echó a andar un largo suspiro.
“Tal vez julio no termine jamás”, dijo después de un rato.

Llovía, y después el calor era insoportable. De verdad no consigo comprender por qué en mi infancia adoraba tanto este mes, este y el que le sigue.
Julio se me presentaba como algo horroroso, algo que parecía no tener fin y aunque trataba de hacerlo llevadero con varias actividades, no lo conseguía.
Y entonces me enfermé.
Un día por la mañana descubrí que no podía moverme como de costumbre, mi espalda experimentaba un fuerte dolor y cualquier esfuerzo me parecía imposible. No hice mucho caso, pues creía que se debía a que mi periodo menstrual se aproximaba – era un dolor parecido al que antes ya había experimentado cuando andaba en “mis días”, pero más fuerte. Salí de casa para distraerme de los asuntos familiares sin decir nada a nadie sobre mi espalada.
Tal vez fue un error, tal vez no.

Cuando volví, el dolor había aumentado en gran cantidad. El camino se me había hecho larguísimo, pues andaba muy despacio. No soportaba el dolor y eso comenzó a asustarme. No pude evitar soltar en llanto cuando entré a casa.
No recuerdo bien cuántos días pasaron, pero tengo la sensación de que fueron muchos. No podía hacer nada, algo le sucedía a mis ojos que se cansaban demasiado pronto cuando me disponía a leer. Ahora mi única herramienta de entretenimiento era escuchar música.
Al día siguiente fui al médico.

Sólo pueden ocurrir dos cosas: o muero, o no. La espalda no es algo que pueda reemplazar con una prótesis o que siquiera pueda amputarse. El recuerdo de una novela de Bukowski retumbaba en mi memoria.
El médico me recetó como tres tipos de pastillas diferentes y tres inyecciones para aliviar el dolor. Me dijo que no hiciera nada de esfuerzo, que ya pasaría, que sólo cumpliera con las pautas de su receta. Contractura muscular.
Recuerdo que durante los días que estuve en cama no hacía otra cosa más que pensar en aquella relación que acababa de terminar meses atrás. Parecía que durante todo ese tiempo, las distracciones y ocupaciones eventuales en mi vida, había logrado que ese asunto no me preocupara mucho y, en cierto modo, había creado un muro de respaldo en el que con letra grande y marcada descansaba la frase: “Todo está bien, ya volverás a la normalidad”.

Enfermo es cuando uno se da cuenta de cuánto necesita a las demás personas. Sí, ya sé que siempre he dicho que no necesito mucho de los otros, pero parece que cada vez que me enfermo renace el amor por ciertas personas.
Pues sí, parecía en esos días que mi amor lejos de agotarse estaba aumentando y que la distancia no estaba acariciando al olvido, todo lo contrario: reforzaba el sentimiento, o eso parecía entonces. ¿Imaginación?

Ahora no podía dejar de recordar aquél libro de Kundera.
Tenía que ser, es verdad que las cosas no pasan porque ya estén escritas o algo por el estilo pero… tenía que ser, me negaba a creer que el amor terminaba después de todo.
Me negaba, pero en el fondo lo sabía.

El dolor terminó. Mi vida volvía a la normalidad, sólo que ahora no estaba tranquila. Tenía que entablar una conversación con alguien; y tenía que hacerlo YA si quería que la tranquilidad volviera.

Estúpido amor, ¿qué no era producto de las coincidencias?
En la mente creábamos una serie de ellas. Eran siete.
Siete, como las de la levedad que es insoportable. Sí, Kundera.
¿Era el destino o no lo era?

Flashback.
El primer encuentro,
la fiesta,
la visita,
la otra fiesta,
el concierto,
el primer día de clases,
las escaleras al segundo piso.

Sí, eran siete.
Estúpido amor, parecía adolescente.

“Caras, caras, no quiero saber nada de ellas. Estoy harta de que me persigan. ¡Basta! Ya es suficiente carga la que tengo con esto, déjenme en paz, tan sólo quiero tranquilidad”.
No sex, no drugs, no love. Nothing.

La lluvia seguía, pero con más calma: ¡como si eso no me restregara en la cara que el pinche mes de julio seguía siendo eterno! Apenas era 24, o 23, o 22. A lo mejor aún era 2 o 3 de julio.
El amor es una puta costumbre. “Una vil costumbre que no me quiere dejar en paz”.

lunes, 30 de julio de 2012

Soñé



Esta noche soñé con tus brazos
y el tibio calor de tu pecho.
Soñé que mis manos tocaban tu rostro
y que tus ojos me veían como antes:
esa tierna mirada que bastaba
para comprender tu silencio.

Esta noche soñé que volvías
tú, y no era yo quien hablaba.
Tu dedo índice en los labios
me rogaba silencio,
nos invadía un natural abrazo
permitiendo el reconocimiento.

Soñé, entre otras cosas,
que todo volvía a su lugar
- lo que se supone, es su lugar.
La vida real era una pesadilla
y yo elegía estar dormida.

Estar dormida y soñarte
de tal manera
que no me pesara más:
mirarte.


Luz

sábado, 21 de julio de 2012

Este tiempo…



Este tiempo me pesa,
las horas se derraman lentamente.

Minuto a minuto
el día se hace eterno…
y día a día:
más insoportable.

Este tiempo que me odia,
me retuerce y me obliga a no evitarlo;
este tiempo que se aferra
a no soltarme.

El que podría recorrer a prisa
pero que me exige siempre
detenerme, en cada segundo:
insoportablemente lento.


Luz

miércoles, 18 de julio de 2012

II


Me quedé dormida por largo rato.
Desperté en medio de una tarde soleada, la luz se filtraba por mi ventana de una manera casi insoportable. De inmediato vino a mí el recuerdo de un sueño, el sueño que recientemente había llegado a su fin.
Era extraño, pero tenía la sensación de que el sueño era, precisamente, despertar en una tarde soleada con una luz que casi me impedía abrir por completo los ojos. Lo otro, sólo debía ser mi realidad.
La costumbre de hacer las mismas cosas todos los días me había llevado a pensar que el momento presente no era más que uno de esos sueños incómodos en los que lo único que deseas es despertar. Pero la verdad era que un ciclo terminaba y, como siempre, yo no encontraba la manera de llegar al final.
Despertar era la pesadilla y el sueño me reconfortaba al creer que todo seguía en el ligero aire de la normalidad.
Era un ciclo, en efecto, y yo sentía que sólo daba vueltas en un círculo o, mejor dicho, en una esfera… en una burbuja, pero ni siquiera tenía claro si quería o no seguir ahí.
“La tarde era bonita, después de todo”, pero esa burbuja no me dejaba salir…

Luz


jueves, 5 de julio de 2012

I



Una cucaracha caminó rápidamente por la acera cuando me acerqué a la puerta, recorrí el cerrojo y entré. El departamento estaba frío, como siempre; era el mes de mayo. Un par de platos y vasos descansaban en la mesa desde la hora del almuerzo, había demasiado silencio. Me dirigí a la puerta contigua a mi habitación, toqué dos o tres veces a manera de aviso y entré.
     Mario estaba sentado en su cama con los codos en las rodillas, era evidente que acababa de despertar. Me senté a su lado y le conté lo que había sucedido. Sin saber qué hacer, me abrazó, trató de decir algunas palabras de aliento pero su peculiar personalidad fría se lo impidió; así que sólo me abrazó fuerte, mientras en mí ya era imposible contener el llanto.
     Después de unos minutos, me separé de él y le di las gracias con un beso en la mejilla. Un beso que no era más que eso, un beso, un beso de agradecimiento. Me puse de pie. Caminé hacia la entrada de la habitación y cuando estaba frente a la puerta volteé.

           -  Deberías sacar tu guitarra, creo que debemos volver a tocar - le dije.

Me miró extrañado y esbozó una simple sonrisa, como de compasión, mientras yo daba media vuelta para ir a mi habitación.

Luz

lunes, 2 de julio de 2012

Este México triste


Este México triste *

Y en punto de las doce de la noche, sonaba en la radio el Himno Nacional de los Estados Unidos Mexicanos, después de anunciar el supuesto triunfo – en las elecciones nacionales – del  partido que durante setenta años mantuvo a México por los suelos, o por debajo. Y en la tele se veía cómo la cara sonriente del candidato inspiraba alegría a la multitud simpatizante. Y la gente lo alababa, y le gritaba “¡Presidente, presidente!”… ingenua, casi estúpidamente. Y las partes contrarias permanecían tranquilas ante un “ganador”, ya asignado desde el inicio de la campaña.
Y ese himno, como todos los días a la media noche, sonaba en la radio,  pero ahora distinto. Tristemente sonaba, sonaba…
Y se dijo que la gente coreaba el tradicional “Cielito lindo”, una burla, una vil blasfemia para el pueblo mexicano, el que mantiene la economía, el que sigue trabajando y al que esta “democracia” no beneficia nunca. Y los hubo emocionados: “¡Ganamos, sí se pudo, Enrique Peña Nieto presidente!”; mientras nuestro cansado México sollozaba, mientras solloza.
El himno, ese símbolo patrio tan “añorado y apreciado” por los mexicanos esta vez sonaba apagado, irónicamente, ante el ridículo espectáculo ideado por los medios televisivos, ante todas esas hipócritas caras sonrientes.
Se dice que los mexicanos somos muy “patrióticos”, pero ¿lo somos en verdad? Porque si es así habría que revisar qué entendemos por patriotismo; en México hasta la definición de bienestar está deteriorada. Me parece estúpido decir que amamos nuestro país y permitir que sea gobernado por alguien tan incapaz – por un títere solamente –, y me parece más estúpido decirlo y que muchos ignoren – o finjan ignorar – el más que evidente fraude electoral.
Y que estas elecciones habían sido las peores de la historia, decían: sí, tal vez, pero había un candidato en el cual algunos depositábamos nuestra confianza. Candidato al que los medios de comunicación masiva han estado atacando desde siempre, quien adquirió una pésima reputación ante gran parte de la población gracias a ello. Cierto es que el fraude electoral, como sucedió también seis años antes, fue en su contra. Los mexicanos que teníamos esperanzas para el sexenio que comienza, terminamos decepcionados. Daba vergüenza mostrar nuestros pulgares marcados con tinta indeleble: “no lo logramos, perdimos… otra vez hubo mano negra”.
Es triste ver volver a la dictadura de los setenta años, parece que nuestra nación no tiene memoria. La dictadura que provocó las peores crisis en la historia del país, una devaluación realmente aberrante en la moneda nacional. La dictadura asesina, ladrona, corrupta y estúpida que dejó en ruina a miles – millones – de mexicanos. Encabezada, claro, por el peor presidente de nuestra historia, detrás del monigote “triunfador”.
Es triste ver como los ciudadanos prefirieron apoyar al candidato que según los estándares sociales es el más simpático; es triste ser testigo de que dichos votos fueron comprados a precios hasta humillantes. Es peor saber que hay fraude: que probablemente (que seguramente…) el resultado fue alterado. Es triste ver que en nuestro país ni las revoluciones terminan con la corrupción.
Mejor que nos lo digan abiertamente, que nos impongan su dictadura, que eliminen la democracia, que nos hablen con la verdad, que nos digan que el que llegue al mando será seleccionado por unos pocos, que dejen de burlarse y de gastar dinero en campañas políticas, que nos eviten ir a la casilla…
O, ¿de algo sirve nuestro voto?

Luz



*Título inspirado en el libro y poema de Juan Bautista Villaseca: Este México triste.