Ella solía decir que tenía un
extraño talento para que la dejaran de querer. Que todo hombre con quien alguna
vez lo había intentado había terminado por aburrirse de ella. Vivía diciéndole
al mundo que enamorarse no estaba más en sus planes, porque de ningún modo
aceptaría volver a perder el control y el orden en su vida por alguien que
terminaría huyendo.
Eso me dijo el día que estuve con
ella por primera vez. Y desde entonces, parecía repetirlo sólo con la mirada
cada que nuestros ojos se encontraban al fornicar. Quería que quedara claro,
quería no enamorarse, quería evadir cada oportunidad para ello.
Y yo tampoco pretendía eso, no.
Yo tampoco buscaba enamorarme. Disfrutaba charlar con ella, pasear con ella,
comer juntos. Buscar algún sitio que visitar algunos fines de semana. Ir a
algún concierto. Y claro, acostarnos… coger era lo que más disfrutaba de ella y
era en sí el motivo por el que ambos continuábamos haciendo todo lo anterior.
Sexo sin compromiso, sin ataduras, libertad absoluta.
Pero no puedo decir que
disfrutaba, por ejemplo, el modo en el que se desprendía de mí después de cada
encuentro.
“Finge que somos algo y duerme
toda la noche a mi lado, sólo por hoy”, le decía a veces.
Cuando por alguna
razón sentía la necesidad de creer que el amor funcionaba, porque sí, en muchos
sentidos yo era como ella: evasivo, indiferente, ermitaño.
Y ante eso todo lo que ella hacía
era sonreír irónicamente y continuar con el movimiento casi involuntario, casi
inconsciente, de levantarse de la cama y caminar hacia la ventana. Fumaba un
cigarrillo, o simplemente se quedaba mirando hacia afuera, sentada en el suelo
mientras la cortina acariciaba levemente su silueta.
Algunas veces la sentí
recostándose, algunas veces despertamos juntos. Pero en esos momentos ella
evitaba siempre el contacto de sus ojos con los míos:
“No, no me mires al despertar. No
te enamores de mi aspecto somnoliento. No dejes que yo me enamore del tuyo…”
La rutina, si es que había
realmente una rutina, consistía en hacer algo juntos durante el día,
actividades que siempre variaban, casi siempre emborracharnos por la noche a
veces en bares tranquilos y charlando de la porquería en la que se había
convertido el país. Otras veces en bares arrabaleros en los que con una suficiente
cantidad de alcohol en el cuerpo terminábamos bailando o saltando y gritando al
ritmo de alguna banda de rock. Luego, seguía su departamento, o el mío, o el
hotel, según la ciudad en la que estuviéramos.
Y entonces sexo… salvaje,
experimental, erótico, varias posiciones, varias veces. Hasta el sudor, hasta
agotarnos, hasta los múltiples orgasmos. Y entonces todo, y entonces nada.
Se recostaba por un momento,
mientras recuperaba la respiración, reía y hacíamos comentarios plagados de
palabras obscenas sobre el acto mismo, sobre el acto de hacerlo sin compromiso
y sobre el claro hecho de que ni ella me pertenecía, ni yo a ella.
“Si tuviéramos algo serio esto ya
no sería tan divertido”, comentaba yo en el mismo tono de complicidad con el
que todo comenzaba.
Y se repetía: luego ella se ponía
de pie y caminaba hacia la ventana, hacia cualquier ventana en cualquier lugar,
en donde quiera que estuviéramos.


